La firma del ladrón Capítulo 20
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Capítulo 20

El hombre del pub de Southwark no volvió a aparecer en persona.

En su lugar, tres días después de la operación en Belleville, Callum recibió una llamada de un número oculto mientras caminaba de vuelta al hotel tras doce horas seguidas de vigilancia, y la voz al otro lado, la misma calma suavizada por décadas en Londres, ya no sonaba paciente.

—Señor Straker. Empezaba a preguntarme si nuestro pequeño anticipo se había perdido en el correo.

—Una pausa breve, calculada, del tipo que Callum ya reconocía como una amenaza formulada con la cortesía de quien nunca ha necesitado gritar para conseguir lo que quiere—.

Sus acreedores han estado hablando conmigo directamente esta semana, señor Straker.

Parece que se han cansado de esperar, y uno de ellos, en concreto, tiene socios que prefieren cobrar de maneras considerablemente menos civilizadas que un aviso por escrito.

—No tengo nada nuevo que ofrecerle.

—Eso es una lástima, porque mi paciencia, a diferencia de la de mis empleadores, tiene un límite bastante más concreto que el suyo.

—La voz se endureció, apenas, lo justo para que Callum sintiera, físicamente, el cambio de tono como una mano cerrándose sobre algo en su pecho—.

Le voy a dar cuarenta y ocho horas, señor Straker.

En cuarenta y ocho horas, quiero saber dónde está el resto de su equipo, todos ellos, no solo el señor Wren, y quiero saber, específicamente, si existe algún lugar seguro, algún refugio de reserva, adonde pudieran trasladarse en caso de que las cosas en París se complicaran.

Deme eso, y sus deudas desaparecen esta misma semana, con un extra generoso para sus molestias.

No me lo dé, y voy a asumir que ha decidido usted proteger a gente que nunca ha hecho nada por protegerlo a usted, y actuaré en consecuencia.

La línea se cortó antes de que Callum pudiera responder nada, dejándolo de pie en medio de la acera, con el teléfono todavía pegado a la oreja y una sensación de vértigo que llevaba semanas acumulándose y que, esa noche, amenazaba por fin con desbordarlo por completo.

• • •

La reunión donde se decidió el destino de Noor y de Élise tuvo lugar al día siguiente, en el piso franco de la Rue de la Roquette, sin que nadie sospechara todavía que Callum llevaba encima, como una piedra en el bolsillo, un plazo de cuarenta y ocho horas que ya había empezado a correr.

—Necesitamos separar los frentes. —Daniel extendió sobre la mesa el listado de sociedades fotografiado en Belleville, ahora anotado con las conexiones que Noor había conseguido establecer tras dos noches enteras de trabajo—.

Ollie, Callum y yo seguimos aquí, en París, tirando del hilo de «K.

» y de la sociedad de Ginebra. Pero Noor y Élise necesitan estar en algún sitio que nadie, absolutamente nadie fuera de este equipo, conozca.

Belleville ya está comprometido. Este piso lo va a estar en cuanto empecemos a movernos activamente contra la organización.

—Tengo un sitio. —Élise lo dijo con una simplicidad engañosa, que escondía lo que aquel ofrecimiento significaba en realidad para ella—.

Una casa heredada de mi abuela, en la Provenza, cerca de un pueblo demasiado pequeño para aparecer en la mayoría de los mapas de carreteras.

Nadie de mi vida profesional ha estado allí nunca.

Ni un solo comprador, ni un solo contacto del mercado negro, ni siquiera Noor hasta hace un momento, en realidad, aunque conoce su existencia desde hace años.

—¿Cuánto tardaríamos en llegar? —preguntó Noor.

—Cinco horas en coche desde París, por carreteras secundarias la mayor parte del trayecto.

—Élise se quedó mirando un punto indeterminado de la mesa.

Daniel, sentado frente a ella, reconoció en su cara la misma vulnerabilidad breve que le había visto la noche del taller, meses atrás—.

Es el único lugar del mundo donde nunca he sido La Musa.

Donde solo he sido, sencillamente, Élise, sin ningún apellido ni ninguna reputación que sostener.

—Entonces es exactamente el sitio que necesitamos. —Daniel le sostuvo la mirada un momento, sin ningún esfuerzo por ocultar la ternura, delante del resto del equipo—. Y prometo, Élise, que nadie de fuera de esta sala va a saber jamás dónde está.

Callum, sentado en el extremo de la mesa con el cuaderno de vigilancia todavía abierto delante de él, escuchó cada palabra de la conversación muy quieto; nadie, en medio de la logística de la planificación, se detuvo a interpretar aquello como algo distinto del cansancio habitual de tres días sin dormir bien.

Anotó, sin embargo, mentalmente, cada detalle que acababa de escuchar: una casa heredada, cerca de un pueblo pequeño de la Provenza, sin nombre concreto todavía pero con suficientes referencias —la región, la distancia desde París, la mención de una abuela— como para que alguien con los recursos adecuados pudiera acotar la búsqueda en cuestión de horas.

Se marcharon esa misma tarde, Noor y Élise en un coche alquilado bajo un nombre nuevo, con el equipo esencial de Noor repartido en dos bolsas discretas y la promesa, de ambas partes, de mantener comunicación cifrada cada seis horas mientras durara la separación.

Daniel las despidió en la puerta del piso franco con un abrazo breve a Noor y un beso mucho más largo a Élise, uno que ninguno de los dos necesitó explicar delante del resto del equipo.

Se quedó mirando el coche alejarse por la Rue de la Roquette hasta que desapareció de la vista, inquieto, aunque atribuyó esa inquietud, equivocadamente, a la separación en sí misma y no a ningún peligro concreto todavía sin nombre.

• • •

Callum esperó hasta la medianoche, encerrado en el baño del hotel con el grifo abierto para disimular cualquier sonido, antes de marcar el número que el hombre le había dejado grabado en el propio teléfono desechable que le había entregado semanas atrás junto con el sobre de cinco mil libras.

—Provenza —dijo, sin preámbulo, con la voz tan baja que apenas se oía a sí mismo por encima del ruido del agua—. Una casa heredada, de la abuela de la mujer, cerca de un pueblo pequeño, a cinco horas de París por carreteras secundarias. Es todo lo que sé. No sé la dirección exacta.

—Es más que suficiente, señor Straker. Mucho más de lo que esperaba, sinceramente, dado el poco tiempo que le hemos dado.

—La voz al otro lado sonaba satisfecha, con una calidez fría que a Callum le revolvió el estómago de un modo que ningún whisky de los últimos meses había conseguido igualar—.

Sus deudas quedan saldadas esta misma semana, como prometí.

Y señor Straker, una última cosa, ya que hemos llegado hasta aquí con tan buena disposición por ambas partes: no habrá ningún daño innecesario.

Mis empleadores solo quieren hablar con las dos mujeres. Recuperar lo que se les debe. Nada más.

Callum colgó y se quedó mirando su propio reflejo en el espejo del baño del hotel, con el agua todavía corriendo.

Por primera vez en semanas, en meses quizás, dejó que las lágrimas le corrieran por la cara sin ningún intento de contenerlas.

No era alivio. Era la certeza fría y absoluta, que ninguna promesa de «nada más» lograba disolver, de que acababa de traicionar a la única familia real que había tenido desde que salió del ejército.

• • •

La casa de la Provenza recibió a Noor con la clase de belleza sencilla que ninguna fotografía le había hecho justicia cuando Élise se la había descrito, meses atrás, en una de las pocas conversaciones íntimas que habían compartido antes de que Daniel entrara en la vida de su amiga: piedra dorada envejecida por generaciones de sol, contraventanas azules descascarilladas por el tiempo de un modo que resultaba, más que descuidado, entrañable, y un huerto de lavanda que llevaba décadas creciendo sin más cuidado que el paso regular de las estaciones, extendiéndose en filas moradas hasta un límite de cipreses que separaba el terreno de la carretera comarcal más cercana.

—Es precioso, Élise. —Noor se quedó de pie en el patio, con el equipo todavía en las bolsas a sus pies, dejando que el aroma de la lavanda y el calor seco del atardecer provenzal le disolvieran, por primera vez en más de una semana, la tensión constante que le había atenazado los hombros desde la noche del ataque en Belleville—.

Entiendo por qué nunca has traído aquí a nadie de tu otra vida.

—Mi abuela solía decir que esta casa era el único sitio del mundo donde no hacía falta fingir ser nadie en particular.

—Élise abrió las contraventanas del salón principal, dejando entrar la luz dorada del atardecer sobre muebles cubiertos de sábanas que llevaban meses sin usarse—.

Venía aquí de niña, cada verano, y era la única época del año en que mis padres me dejaban en paz el tiempo suficiente como para descubrir que existía una versión de mí misma que no tenía nada que ver con ser «la hija de».

Cenaron esa noche en la terraza, con velas en vez de electricidad para no llamar la atención de ningún vecino lejano, compartiendo una botella de vino que Élise había encontrado en la bodega y que, según calculó en voz alta, probablemente llevaba allí desde antes de la muerte de su abuela.

Por primera vez desde el ataque, Noor se permitió reírse de verdad, con ganas, contándole a Élise los detalles torpes y adorables del beso de la noche anterior con Ollie, mientras las estrellas empezaban a asomar sobre el huerto de lavanda, nítidas como ninguna de las dos las había visto nunca en el cielo, siempre iluminado, de París.

—Prométeme una cosa —dijo Élise, ya tarde, con la botella casi vacía entre ambas—. Cuando todo esto termine, sea cual sea la manera en que termine, volveremos aquí las dos. Sin urgencias, sin amenazas, solo nosotras y la lavanda y el tiempo suficiente para no tener que fingir nada.

—Trato hecho.