La firma del ladrón Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Y estas sociedades. —Noor señalaba, una a una, las entradas de la lista, cruzándolas ya con las bases de datos mercantiles públicas que tenía abiertas en la pantalla contigua—.

Reconozco dos de los nombres. Aparecieron, hace meses, en un rastro de transferencias que seguí cuando todavía intentaba averiguar quién nos vigilaba antes de que supiéramos que existía Nikitin, aunque entonces no supe encontrarles ningún sentido.

Con esto —tocó la pantalla, sobre el nombre subrayado en azul de una de las sociedades—, empiezo a ver una estructura.

Chipre, Malta, un despacho en Ginebra que aparece mencionado, de refilón, en dos informes públicos sobre gestión patrimonial poco transparente.

—¿Puedes seguir tirando del hilo esta noche? —preguntó Élise.

—Puedo intentarlo. Va a llevar horas, y no prometo nada concreto antes de mañana.

—Noor se frotó los ojos, con el cansancio acumulado de tres días de trabajo casi ininterrumpido empezando a notársele en los movimientos—.

Pero por primera vez desde que aquellos dos hombres entraron en mi casa, siento que estamos persiguiendo algo real, en vez de reaccionar a lo que ellos deciden hacer.

El equipo se dispersó poco después, cada uno a su propia tarea —Callum de vuelta a su puesto de vigilancia nocturna, Élise y Daniel a revisar, una vez más, las páginas fotografiadas en busca de cualquier detalle que se les hubiera escapado en la primera lectura—, y Noor se quedó sola frente a las pantallas, con Ollie sentado a su lado, ambos absortos en el mismo trabajo silencioso de rastrear nombres de sociedades a través de registros públicos y semipúblicos, hasta que, pasada la medianoche, Noor se recostó en la silla y se frotó los ojos con ambas manos, rendida por fin al cansancio que llevaba horas negándose a reconocer.

—Deberías dormir un poco —dijo Ollie, sin apartar la vista de su propia pantalla—. Esto seguirá aquí mañana.

—Tú tampoco has dormido más que yo.

—Cierto, pero yo tengo una capacidad sobrenatural de funcionar con cafeína y rencor acumulado que llevo años perfeccionando. No te la recomiendo como modelo de vida.

Noor se rio, una risa breve y genuina que le salió del pecho antes de que pudiera pensarla, y se quedó mirándolo un momento, con la luz azulada de las pantallas dibujándole a Ollie el perfil de la cara en la penumbra del piso.

—¿Puedo preguntarte algo que no tiene nada que ver con sociedades pantalla ni con transferencias bancarias?

—Adelante. Después de la semana que hemos tenido, cualquier pregunta que no empiece con la palabra «Chipre» me parece un descanso.

—¿Por qué haces esto? No el trabajo de esta noche, quiero decir. Todo esto. Robar arte, arriesgar la vida, meses de disciplina para un solo golpe. Daniel tiene su historia, según me ha contado Élise, algo sobre restaurar lo que otros solo quieren tener. ¿Tú qué historia tienes?

Ollie se quedó en silencio un momento, algo poco habitual en él, sopesando la pregunta con una seriedad que rara vez dejaba asomar por debajo del humor constante que usaba, casi siempre, como primera línea de defensa contra cualquier conversación demasiado personal.

—Crecí viendo a mi padre trabajar dieciséis horas al día en una empresa que lo despidió, sin ninguna compensación real, en cuanto cumplió cincuenta y cinco años y dejó de resultarles rentable.

Toda una vida de disciplina y de sacrificio, tirada a la basura por gente que nunca tuvo que sacrificar nada.

—Se encogió de hombros, como si el gesto pudiera restarle peso a lo que acababa de decir—.

Conocí a Daniel poco después, en un curso de seguridad informática que los dos hacíamos por razones completamente distintas, y descubrí que se me daba bien entrar en sistemas que otra gente construía para sentirse segura.

No sé si alguna vez hasta hoy le he puesto nombre exacto a lo que hago.

Supongo que es, en parte, la misma sensación que describe Daniel: que el mundo reparte las cosas de manera injusta, y que hay una satisfacción concreta en demostrar que ninguna caja fuerte, ningún sistema, ninguna fortuna acumulada por gente que nunca tuvo que trabajar dieciséis horas al día por ella, es tan segura como su dueño cree.

—Es una buena historia.

—Es la historia real, que no siempre es lo mismo que una buena historia.

—Ollie la miró, con una vulnerabilidad poco habitual en él asomándole a la voz—.

¿Y tú? Sorbona, doble titulación en ingeniería y ciencias de la computación, según me ha contado Élise.

Podrías estar ganando el triple de dinero, con la mitad del riesgo, en cualquier empresa tecnológica de París.

—Podría. Lo intenté, de hecho, durante ocho meses, justo después de graduarme.

Un trabajo respetable, un sueldo respetable, un jefe que me explicaba, cada semana, todas las razones por las que mis ideas eran demasiado arriesgadas para el negocio.

—Noor sonrió, sin ninguna alegría real en el gesto—.

Élise me ofreció ayudarla con un problema técnico, sin decirme al principio para qué lo necesitaba de verdad, y cuando por fin descubrí lo que estaba haciendo en realidad, sentí, por primera vez en ocho meses, que alguien me estaba pidiendo que usara todo lo que sabía, sin ponerle límites artificiales solo porque los límites hacían que otra gente se sintiera más cómoda.

—Entonces los dos hemos terminado aquí por la misma razón, en el fondo. Cansados de que alguien nos diga que tenemos que ser más pequeños de lo que somos.

—Puede ser. —Noor se quedó mirándolo, con la misma atención minuciosa que Élise y Daniel compartían y que, según empezaba a sospechar esa noche, no era exclusiva de ellos dos—.

O puede ser, simplemente, que ambos hemos tenido mucha suerte encontrando gente que nos deja ser exactamente así de grandes.

Ollie no contestó de inmediato. Extendió la mano, despacio, dándole tiempo a Noor de apartarse si quería, y cuando ella no lo hizo, le apartó un mechón de pelo suelto de la cara con un gesto mucho más torpe que el que Daniel le había hecho a Élise meses atrás en el restaurante de Marcel, pero no por ello menos sincero.

—Puedo besarte, o puedo hacer una broma terrible para romper la tensión del momento. Sinceramente, no estoy seguro de cuál de las dos cosas se me da mejor.

—Prueba con la primera. Guarda la broma para después.

El beso fue breve, tentativo, interrumpido casi de inmediato por la risa nerviosa de ambos, mucho menos cargado del peso específico que había definido el reencuentro entre Daniel y Élise y mucho más ligero, más nuevo, la clase de comienzo que todavía no sabía qué forma iba a terminar tomando, pero que ninguno de los dos, esa noche, sintió ninguna prisa por definir del todo.

—Para que conste —dijo Ollie, cuando se separaron—, esto no es lo que suelo hacer durante una investigación de crimen organizado internacional. Normalmente me limito al café malo y a los chistes malos.

—Para que conste, yo tampoco. —Noor volvió a mirar la pantalla, donde el nombre de la sociedad chipriota seguía esperando a que alguien terminara de rastrearlo hasta su origen, y sonrió, con un cansancio distinto ahora, más ligero, mezclado con algo parecido a la esperanza—.

Pero después de la semana que hemos tenido, creo que los dos nos merecíamos, como mínimo, una cosa buena.