Capítulo 19
A las diez y media de la mañana, con el piso de Belleville todavía identificado como vacío según el patrón de tres días documentado por Callum, el equipo completo se reunió por última vez antes de la operación en el piso franco de la Rue de la Roquette, repasando el plan con la misma disciplina metódica que Daniel aplicaba a cualquier golpe de su vida profesional, aunque esta vez el objetivo no fuera una vitrina ni una caja fuerte, sino información.
—Entramos Élise y yo —dijo Daniel, señalando en el mapa digital de Ollie el plano aproximado del edificio que Noor había conseguido reconstruir a partir de los registros catastrales públicos—.
Callum, tú te quedas en la calle, en el mismo puesto de observación de estos tres días, y nos avisas al primer indicio de que el hombre del abrigo oscuro, o cualquier otra persona, se acerca al edificio antes de lo previsto.
Ollie, Noor, vosotros dos os quedáis aquí, con los sistemas de comunicación abiertos, monitorizando cualquier actividad digital sospechosa que pueda indicar que nos han detectado.
—Cuarenta minutos dentro, máximo. —Élise ya se estaba enfundando unos guantes finos de látex, con la concentración profesional que sustituía, en momentos como aquel, cualquier resto de la tensión personal que llevaba días disolviéndose entre ella y Daniel—.
Fotografiamos todo lo que parezca relevante, no tocamos nada que no podamos devolver exactamente a su posición original, y salimos antes de que el margen de seguridad empiece a estrecharse.
Noor, sentada frente a las tres pantallas nuevas con los auriculares colgados del cuello en vez de puestos, sintió, mientras escuchaba la logística de la operación repetida en voz alta, una opresión nueva en el pecho que no tenía nada que ver con el miedo residual del ataque de días atrás y mucho con la conciencia, repentina y muy concreta, de que dentro de menos de una hora dos de las personas que más le importaban en el mundo iban a entrar en un piso que la misma organización que la había amenazado a ella usaba, con toda probabilidad, como base de operaciones.
—Ten cuidado —le dijo a Ollie, en voz baja, mientras el resto del equipo terminaba de revisar el equipo de comunicación en la otra punta de la habitación—. No sé por qué te lo digo a ti específicamente, si tú ni siquiera vas a entrar en el piso.
—Porque si algo sale mal ahí dentro, yo soy quien tiene que quedarse aquí sentado, viendo los datos de telemetría sin poder hacer absolutamente nada más que esperar.
—Ollie lo dijo con una ligereza deliberada, aunque no lograba tapar lo en serio que se lo estaba tomando, por dentro, desde que había aceptado, la noche anterior, formar parte oficial de aquello—.
Créeme, prefiero mil veces estar dentro del edificio que aquí fuera, contando los minutos.
—Entonces tenemos algo en común. Yo también prefiero estar haciendo algo con las manos que quedarme mirando una pantalla esperando a que aparezca un problema que ya no pueda arreglar a tiempo.
—Bienvenida al club de la gente que odia esperar. Llevamos años reclutando, aunque no siempre de manera voluntaria.
Noor sonrió, a pesar de todo, y por un momento breve, en medio de la tensión general que llenaba el piso franco esa mañana, algo pasó entre ambos que ninguno de los dos nombró en voz alta pero que los dos reconocieron con la misma claridad instintiva: la certeza tranquila de que, fuera lo que fuera lo que estuviera empezando a construirse entre ellos, no dependía ya de que el mundo a su alrededor dejara de ser peligroso.
• • •
Daniel y Élise llegaron al edificio de Belleville a las once y cuarto, vestidos con el uniforme discreto de una empresa ficticia de mantenimiento de calderas que Ollie había montado en menos de una hora, con tarjetas de identificación falsas lo bastante convincentes como para resistir cualquier mirada casual del vecindario, y una caja de herramientas que contenía, además de las herramientas reales necesarias para sostener la tapadera, el equipo de apertura de cerraduras que Élise manejaba con la misma precisión con la que Daniel manejaba cualquier sistema mecánico.
La cerradura del piso cedió en menos de noventa segundos, una cerradura doméstica estándar sin ninguna de las precauciones adicionales que cualquier operación seria habría exigido, un detalle que Daniel anotó mentalmente como confirmación de que aquel piso era, en efecto, un punto de paso y no una base operativa permanente.
Dentro, el apartamento estaba amueblado con lo mínimo indispensable —una mesa, dos sillas, un colchón sin hacer en el suelo de una de las dos habitaciones— y olía a tabaco de liar y a comida rápida fría, el olor específico de un lugar usado por hombres que pasaban allí horas, no días.
—Nada personal a la vista. Ninguna fotografía, ningún documento con nombre completo.
—Élise recorría la habitación principal con la cámara en la mano, fotografiando cada superficie con el orden metódico de quien ha hecho aquello cientos de veces antes, aunque nunca, hasta entonces, buscando pruebas contra una amenaza real en vez de un objeto de valor—.
Esta gente sabe lo que hace, Daniel. Nadie deja un piso tan limpio por accidente.
—Ahí. —Daniel señaló, bajo la mesa, una carpeta de cartón fina, casi invisible entre las patas metálicas de una de las sillas, olvidada o escondida con prisa por alguien que no esperaba una inspección tan minuciosa.
Dentro había media docena de páginas impresas: un listado de nombres de sociedades registradas en distintas jurisdicciones, algunas tachadas a mano con una línea firme, otras rodeadas con un círculo de bolígrafo azul, y en la esquina superior de la primera página, escrito a mano con una letra angulosa y precisa, un nombre que ninguno de los dos había visto antes en ningún foro, en ningún informe, en ninguna de las semanas de investigación cruzada que llevaban acumuladas entre los dos equipos: «K.
— confirmar transferencia antes del viernes».
—Fotografía cada página, por ambos lados.
—Élise ya tenía la cámara lista, con las manos firmes a pesar de la adrenalina que le corría por las venas desde el momento en que había cruzado la puerta—.
Y devuélvela justo donde estaba. Si esto es tan importante como parece, alguien va a notar en menos de un día si desaparece.
Encontraron, además, en el fondo de un cajón de la cocina, un teléfono desechable apagado, del tipo que se compraba en efectivo y se desechaba después de un único uso, y una libreta pequeña con anotaciones en cirílico que ninguno de los dos podía leer con fluidez pero que fotografiaron página por página, con la misma disciplina con la que fotografiaban todo lo demás, confiando en que Noor o algún contacto de confianza pudiera traducirlas más tarde.
—Treinta y cinco minutos —dijo Daniel, comprobando el reloj—. Cinco minutos de margen. Salimos ya.
Devolvieron cada objeto a su sitio exacto, con la precisión reverencial que ambos aplicaban a cualquier escena que necesitaran dejar intacta, y salieron del edificio con la caja de herramientas al hombro, caminando con la tranquilidad estudiada de dos técnicos que acababan de terminar un trabajo rutinario.
Ni un solo vecino, ni un solo transeúnte, les dedicó una segunda mirada.
• • •
Desde su puesto de observación en la cafetería de siempre, con la taza de café ya fría por tercer día consecutivo, Callum había pasado los treinta y cinco minutos exactos que Daniel y Élise estuvieron dentro del edificio con la vista fija en el portal, la mano derecha cerrada en torno al teléfono con el que daría la alarma al primer indicio de peligro.
Sentía una tensión en el pecho que no tenía nada que ver con la vigilancia rutinaria y mucho con la conciencia, insoportable en momentos así, de que si alguien de la organización de Nikitin aparecía en ese preciso instante, la responsabilidad de haber facilitado, aunque fuera indirectamente, la existencia misma de esa organización recaería sobre él con un peso que ningún entrenamiento militar lo había preparado nunca a sostener.
No había vuelto a saber nada del hombre del pub de Southwark desde aquella primera conversación, ni tampoco del sobre de cinco mil libras, que seguía en el mismo sitio donde lo había dejado, escondido bajo un juego de destornilladores en una caja de herramientas que ya no se atrevía a abrir sin que le temblara la mano.
Pero verlos entrar allí, verlos arriesgarse a algo que él, con una sola llamada de teléfono, podría haber evitado meses atrás simplemente rechazando el sobre en el momento en que se lo ofrecieron, le produjo esa mañana una náusea física que le costó disimular incluso ante el camarero que le rellenaba la taza de café sin que se lo pidiera.
Cuando Daniel y Élise salieron del edificio, caminando con la tranquilidad estudiada de dos técnicos de mantenimiento, Callum sintió un alivio tan intenso que por un momento le costó respirar con normalidad, seguido, casi de inmediato, por la certeza renovada de que aquel alivio no iba a durar, de que en algún momento, más pronto que tarde, el hombre del acento suavizado por décadas en Londres iba a volver a sentarse frente a él sin pedir permiso, y de que él, Callum Straker, todavía no sabía con certeza qué iba a responder cuando eso ocurriera.
• • •
—«K., confirmar transferencia antes del viernes» —repitió Ollie, esa misma tarde, con las fotografías de la carpeta ya ampliadas en su pantalla y el resto del equipo inclinado a su alrededor, en el piso franco—.
Una inicial no es mucho, pero es lo primero que tenemos que suena a un nombre real, no a un alias operativo.