La firma del ladrón Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Elena se recostó en la silla, con las manos todavía apoyadas sobre el teclado, sintiendo una mezcla de emociones que llevaba nueve años entrenándose para no dejar que interfirieran con el trabajo.

Esa tarde, por primera vez en mucho tiempo, no consiguió mantener esas emociones completamente a raya: la rabia fría y antigua que había heredado de su abuelo sin proponérselo, la certeza incómoda de que la historia, cuando se trataba de saqueo y de desplazamiento, rara vez terminaba de verdad, y algo parecido a un propósito renovado que no tenía nada que ver con comités de presupuesto ni con revisiones trimestrales.

Marcó el número de su padre en Cleveland, algo que no hacía en horario de trabajo casi nunca, y esperó, escuchando los tonos de llamada con la vista fija en el nombre de la sociedad chipriota resaltado en la pantalla.

—¿Elena? Son las diez de la mañana aquí. ¿Va todo bien?

—Todo bien, papá. Perdona la hora rara. —Se frotó los ojos, buscando las palabras exactas—. Necesito preguntarte algo sobre el abuelo. Sobre los cuadernos que guardas en el sótano, los del inventario del museo. ¿Alguna vez mencionó específicamente Vasylkiv? ¿La ciudad, no el apellido?

Hubo un silencio breve al otro lado de la línea, el tipo de silencio que Elena reconocía como el de su padre buscando en la memoria algo que llevaba años sin necesitar recordar.

—Mencionaba el nombre a veces, sí. Decía que una parte de la colección, antes de la guerra, había pasado por un almacén cerca de allí. ¿Por qué lo preguntas, hija? ¿Tiene esto que ver con tu trabajo?

—Puede que sí. Todavía no estoy segura. —Elena se quedó mirando el mapa de Europa sobre la mesa, con sus alfileres de colores, pensando en cuánto de aquella conversación podía compartir sin faltar a ningún protocolo y sin, al mismo tiempo, dejar a su padre con más preguntas de las que podía responderle esa tarde—.

¿Podrías fotografiar esas páginas del cuaderno, las que mencionan Vasylkiv, y mandármelas?

Es importante, papá. Más importante de lo que puedo explicarte por teléfono ahora mismo.

—Claro. Esta tarde mismo. —Otra pausa, más corta, cargada de la preocupación discreta que su padre nunca dejaba de sentir por ella desde que había elegido esta profesión en lugar de cualquier otra más segura—. Elena. Ten cuidado, sea lo que sea esto.

—Siempre tengo cuidado, papá.

—Tu abuelo decía lo mismo, cada vez que se metía en algún lío por defender la procedencia de una pieza que a nadie más le importaba ya. Y no siempre era verdad, en su caso.

Elena colgó, con una sonrisa pequeña y triste que no le llegó a los ojos, y volvió a mirar la pantalla, donde el nombre de Vasilkiv Trading Ltd. seguía resaltado en amarillo, esperando a que alguien decidiera qué hacer con él.

• • •

Antes de que Astier volviera, Elena pasó la hora siguiente sola en la sala, reconstruyendo con sus propias manos, sin esperar a que sus analistas llegaran a la oficina a la mañana siguiente, la cadena societaria completa que unía Vasilkiv Trading con el despacho de gestión patrimonial de Ginebra: tres saltos, como había estimado a primera vista, pero cada salto documentado ahora con su propio expediente mercantil, su propio director nominal, su propia fecha de constitución.

Todo quedó impreso y ordenado sobre la mesa, en la misma disposición metódica con la que ordenaba cualquier expediente físico, formando una línea de papel que avanzaba desde Chipre hasta Ginebra y que, en algún punto todavía invisible más allá de esa línea, debía terminar en un nombre concreto, en una cara concreta: en el hombre o la mujer que había decidido, semanas atrás, que la vida de Noor Haddad valía menos que un mensaje bien entregado.

Encontró, en el tercer salto societario, un patrón que le resultó extrañamente familiar: la misma estructura de directores rotativos, la misma preferencia por jurisdicciones con revisión mercantil mínima, el mismo uso de nombres comerciales con resonancias geográficas discretas.

Ya había visto ese patrón, meses atrás, en otro expediente completamente distinto, uno que había archivado como irrelevante para el caso de El Relojero y La Musa: el expediente de una investigación de blanqueo de capitales vinculada a extorsión de pequeños negocios en el este de Polonia y en el oeste de Ucrania, cerrada dos años atrás por falta de pruebas suficientes contra un cabecilla que las autoridades locales nunca habían conseguido identificar con certeza, más allá de un apodo operativo recogido en escuchas telefónicas: «el Relojero de hierro».

Era una ironía que a Elena, sentada sola en la sala con vistas al Ródano ya completamente a oscuras al otro lado del cristal, le pareció, durante un instante, casi obscena por lo cerca que sonaba del propio alias del hombre al que llevaba nueve meses persiguiendo, sin ninguna relación real entre ambos casos más allá de la coincidencia involuntaria de un apodo.

Anotó la referencia del expediente cerrado en un post-it amarillo, lo pegó al borde de la pantalla, y se prometió a sí misma revisarlo con calma al día siguiente, con la mente despejada y sin la adrenalina residual de la reunión con Deel todavía corriéndole por las venas.

Pero incluso mientras apagaba el ordenador, incluso mientras recogía el mapa y las carpetas y se preparaba para el trayecto de veinte minutos hasta el apartamento que el FBI le mantenía alquilado cerca de la estación, no consiguió quitarse de la cabeza la sensación, cada vez más sólida, de que las piezas sueltas que llevaba meses coleccionando —Dresde, el foro vigilado, Vasilkiv Trading, el expediente cerrado de extorsión en Polonia y Ucrania— no eran fragmentos de casos distintos, sino ángulos distintos del mismo objeto, todavía sin forma clara, que apenas empezaba a intuir bajo la superficie.

Astier volvió a entrar en la sala unos minutos después y la encontró todavía frente al ordenador, con la expresión de alguien que acababa de encontrar algo que no sabía todavía si compartir con nadie más.

—¿Va todo bien, agente Vasko?

—Voy a necesitar que amplíe la vigilancia sobre el despacho de gestión patrimonial de Ginebra. Y voy a necesitar acceso completo a los registros mercantiles de una sociedad chipriota concreta, con carácter de urgencia, aunque tengamos que pasar por encima del procedimiento habitual de solicitud.

—Eso son dos peticiones bastante ambiciosas para una tarde en la que su propio jefe acaba de reducirle el margen de maniobra a seis semanas.

—Por eso mismo, capitán. —Elena cerró el portátil, con una determinación nueva instalándosele en la voz, distinta de la fatiga profesional con la que había defendido el caso ante Deel apenas una hora antes—.

Marcus quiere un nombre real en seis semanas.

Creo que acabo de encontrar el primer hilo que puede llevarnos hasta él, y no pienso dejar que se enfríe mientras esperamos a que el papeleo se ponga al día con la urgencia real de la situación.

—¿Y el ángulo de los dos ladrones? Deel esperará progreso también en eso, no lo olvide.

—El ángulo de los dos ladrones no va a ninguna parte, capitán.

Llevan meses sin dar un solo paso en falso que podamos aprovechar, y no van a empezar a darlo ahora, justo cuando alguien más peligroso que nosotros está a punto de encontrarlos primero.

—Elena se levantó, recogiendo el mapa con el mismo cuidado reverente de siempre, doblándolo por las mismas líneas gastadas de tantas veces anteriores—.

Si quiero un nombre en seis semanas, no lo voy a sacar de El Relojero ni de La Musa.

Voy a seguir el dinero. Y esta tarde el dinero me ha dado la primera pista real en nueve meses.