La Esposa Compartida Capítulo 30
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Capítulo 30

Cerré la puerta de mi despacho con un clic suave pero definitivo, aislando el murmullo de la oficina, los teléfonos que sonaban al fondo y el ir y venir de los compañeros.

Necesitaba aire, o al menos la simulación de tenerlo.

Me acerqué a la ventana, contemplé el tráfico de la ciudad durante un par de minutos y luego regresé lentamente a mi sillón.

Sobre mi escritorio descansaban los dos portafotos de plata que marcaban las fronteras de mi vida. Los atraje hacia mí con la yema de los dedos, como quien manipula reliquias sagradas.

En el primero estábamos los tres. Era una instantánea del verano pasado en Málaga.

Clara ocupaba el centro de la imagen, con la piel bronceada por el sol mediterráneo y una sonrisa limpia, desbordante, de esas que solo se tienen cuando se confía plenamente en la solidez del mundo que te rodea.

A sus lados, Carmen y yo aparecíamos con la simetría de un matrimonio modélico.

Recordé el olor a sal, las cenas en el paseo marítimo y la absoluta ignorancia de aquellos días en los que yo creía que la felicidad era una estructura inamovible.

El segundo portafotos me dolió más. Éramos solo Carmen y yo, recortados contra la inmensidad gris de un acantilado en los fiordos noruegos.

Hacía ya casi una década de aquel viaje.

En la foto, ella se apoyaba en mi pecho, envuelta en un abrigo grueso, con las mejillas encendidas por el viento helado del norte.

Tenía los ojos fijos en la cámara, reflejando una pureza y una devoción que hoy me parecían de otra vida.

Aquella era la Carmen con la que yo me había casado. Una mujer decente, una profesional intachable que guardaba su intimidad bajo llave y para la que yo era el único universo imaginable.

¿Dónde se había gestado la mujer que habitaba ahora su cuerpo?

¿En qué momento los fiordos noruegos se habían convertido en la cama de un hotel de paso?

Lo más terrible de todo era que, mientras contemplaba esa versión antigua y pulcra de mi esposa, mi entrepierna volvió a reaccionar con un latido caliente y pesado.

El recuerdo de su falda blanca de esa misma mañana, estirada sobre sus muslos potentes, emborronaba la postal de Noruega hasta hacerla desaparecer.

Miré el reloj de pulsera. Eran las Doce. Nuestra hora

Descolgué el teléfono fijo de la oficina, marqué su número y me acerqué el auricular al oído, escuchando el tono de llamada con una ansiedad que me devoraba las tripas.

Al tercer tono, la línea se abrió.

—Hola, mi amor —respondió con su calidez habitual. Parecía que seguíamos siendo los mismos.

—Te echaba de menos —dije en un susurro, modulando el tono para que sonara lo más natural posible.

Hubo una pausa apenas perceptible, el eco de un suspiro que delató cómo se relajaba su postura al otro lado de la línea.

—Y yo a ti… esperaba ansiosa tu llamada. Mientras terminaba de revisar un informe, estaba pensando en ti. En lo de anoche en la cama, en esta mañana en la cocina… Pero dime, amor, ¿cómo llevas el día?

—Bien, está siendo una jornada tranquila —respondí, acomodándome en el sillón y acariciando el borde del portafotos de Málaga—. Deseando que llegue la noche para verte entrar por la puerta de casa.

—Eres un cielo… —murmuró ella, y juraría que escuché el leve roce de su blusa al recostarse en su silla—.

Yo también he pensado mucho en nosotros mientras venía hacia aquí.

Me ha gustado cómo nos hemos despedido hoy.

Hacía tiempo que no te sentía tan… tan cerca de mí, tan conectado.

Me hace feliz ver que vuelves a ser el Julián de siempre, el que me cuida.

El silencio se instaló un segundo entre los dos, cargado de todo lo que nos habíamos dicho esa madrugada. No pude evitarlo. La espina seguía clavada profundamente en mi pecho y necesitaba sacarla.

—Anoche… cuando hablamos, me dijiste que no sabías si lo querías… —solté, sintiendo un nudo amargo en la garganta—. Creo que eso es lo que más me dolió.

Escuché el rumor de su respiración, pausada, comprensiva, buscando las palabras exactas para mitigar mi agonía.

—Creo que no supe explicarme… No sé lo que siento por él, pero te juro que no tiene nada que ver con lo que llevo sintiendo por ti durante veinte años. Eso puedo asegurártelo, Julián.

Aquellas palabras se filtraron en mi pecho como un bálsamo. Carmen lo decía en serio, podía jurarlo. Sentí una oleada de orgullo y de seguridad que no había experimentado durante semanas.

No importaba lo que pasara fuera de casa; Carmen me seguía queriendo. Yo era su anclaje, su hogar, el hombre al que acudía para encontrar paz. Ella no quería destruir nuestro matrimonio; al contrario, parecía que este nuevo pacto nos unía con más fuerza.

—Te queda muy bien esa falda blanca... Te juro que no he podido dejar de pensar en ti desde que saliste por la puerta.

Se escuchó una risita suave, una exhalación cómplice que me erizó el vello de los brazos.

—¿Ah, sí? —preguntó, y su voz ya no era la de la esposa cariñosa, sino la de la mujer de la cocina, la que jugaba a provocarme—. Ahora mismo tengo las piernas abiertas y subidas sobre la mesa… Hoy tampoco llevo bragas.

El aire empezó a faltarme en el despacho.

Aflojé el nudo de mi corbata con una mano mientras sostenía el teléfono con la otra.

Un golpe de sangre me encendió la entrepierna, endureciéndome por completo contra el pantalón del traje.

Cerré los ojos, visualizándola en su despacho en esa postura impúdica, con la falda blanca recogida a mitad de las caderas.

—¿Lo has visto hoy? —le solté a bocajarro, interrumpiendo su relato, incapaz de contener la urgencia por saber.

—Sí —respondió ella en un susurro, sin vacilar un solo segundo.

—¿Te ha follado? —la crudeza de la palabra me quemó la garganta, pero necesitaba oírlo.

—No —dijo de inmediato, con una sequedad que me hizo contener el aliento—. Aún no, mi amor. Lo hará esta tarde.

—¿Lo besaste?

—Sí.

—¿Y te tocó?

—Claro… —bajó el tono.

Solté el aire despacio. Sentía el pecho tan oprimido que me costaba ordenar las ideas.

—¿No vas a decirme quién es?

Al otro lado de la línea hubo un breve y deliberado silencio.

—Todavía no.

—¿Y por qué?

Su risa, baja, cristalina y profundamente despreocupada, llegó nítida a través del auricular, rozando los límites de mi paciencia.

—Porque, en el fondo, me divierte tenerte así. Dándole vueltas a la cabeza, comiéndote las uñas. ¿De verdad pensabas que me estaba acostando con tu cuñado?

Apreté el auricular con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

—Pensé en varios candidatos, sí. Supongo que entre los celos y la rabia se me fue la cabeza por completo.

Ella soltó otra carcajada, más suelta. Hacía tiempo que no la escuchaba reírse así conmigo, como si nuestra crisis fuera un divertido entretenimiento.

—¿De quién más sospechabas? Dime nombres. Si está entre ellos, te juro que te lo diré.

Aquello parecía un juego inocente sobre el papel, un intercambio de bromas de sobremesa, aunque ambos sabíamos perfectamente que cada palabra estaba cargada de dinamita.

—Además de Tony... pensé en Jorge, el marido de tu amiga Marta.

Ella soltó una exclamación divertida.

—¿Jorge? ¡Por Dios, no…! No es mi tipo en absoluto. Es demasiado delgado para mi gusto… Además, por lo que me contó Marta una vez entre copas, es un auténtico desastre en la cama. La tiene pequeña y se corre en menos de un minuto. Como los conejitos —añadió entre risas.

—¿De verdad hablas con Marta de esas cosas? —le recriminé, sintiendo un ramalazo de incomodidad.

—A veces… Las amigas hablan.

—¿Y ella sabe que tienes un amante y que yo…?

—No, por Dios bendito… Esas intimidades no se van aireando por ahí. Pero no cambies de tema, sigamos con la lista. ¿Quién más creías que podía ser el afortunado?

Titubeé un instante, tragándome el orgullo antes de soltar el siguiente nombre.

—No sé cómo se llama. El chico que vive encima de nosotros. Ya sabes… el militar. Una mañana os vi hablando en el portal y me pareció que había demasiada química.

Ella suspiró, recreándose en el análisis.

—Guapo, jovencito, muy buen cuerpo… Desde luego, no está mal para pasar el rato. Pero frío, muy frío. Te juro por lo más sagrado que tampoco es él.

—Solo dime una cosa —le exigí impaciente.

—¿Cuál? —respondió con total ligereza.

—¿Trabaja contigo?

Hubo una pausa breve, un susurro al otro lado antes de que decidiera soltar el anzuelo.

—Está bien, te daré una pista. El hombre que me hace llegar tarde cada noche también se dedica al derecho. Pero ojo, no te estoy diciendo que trabaje en mi bufete…

Fruncí el ceño de inmediato, sintiendo cómo las piezas empezaban a encajar de la manera más retorcida posible mientras mi mente volvía a acelerarse.

—Entonces... ¿es un compañero?

Volvió a reír, esta vez durante un par de segundos, como si mi pregunta hubiera confirmado exactamente lo que esperaba.

—Yo no he dicho eso. Tampoco he dicho que sea abogado.

Dejó que el silencio se alargara un instante antes de continuar, saboreando cada palabra.

—Podría ser un juez, un fiscal, un forense, un procurador, un letrado de la Administración de Justicia… incluso un perito. Hay uno nuevo que está… —Se relamió—. Hay mucha gente que se mueve alrededor de un juzgado.

Apreté la mandíbula. Cuanto más hablaba, menos sabía.

—Lo haces a propósito.

—Claro que sí —respondió con una dulzura casi insultante—. Y tengo que reconocer que disfruto teniéndote así.

—¿No vas a contarme nada? —insistí, apretando el auricular contra la oreja, devorado por la necesidad de hurgar en la herida.

Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio. El murmullo lejano de las oficinas de su bufete pareció desaparecer, dejándonos a los dos a solas en esa frecuencia clandestina.

—¿Qué quieres saber? —preguntó ella con un hilo de voz, desafiante.

Tragué saliva, sintiendo la boca completamente seca.

—Todo.

Ella dejó escapar una risa tenue, una exhalación cargada de incredulidad y morbo.

—Eso es demasiado, Julián.