Capítulo 30 #2
—No para mí. Quiero saberlo todo —sentencié, y la autoridad en mi propia voz me desconcertó—. Quiero saber qué te dice, cómo te hace sentir, cómo te toca… y cómo te folla.
Supe por su respiración que se estaba tocando.
—Dice que soy su perra —confesó Carmen, entregándose por completo al juego—. Y me gusta sentir que lo soy.
—Eres una puta… —exclamé con una mezcla salvaje de rabia y de morbo, con el pulso latiéndome con fuerza en las sienes ante la crudeza de su confesión.
Ella lanzó una carcajada limpia y descarada que me llegó a través del auricular como una burla deliciosa y humillante.
—Tendrás que esforzarte un poquito más, querido. Sé un poco original. Eso también me lo llama él.
No lo soportaba más. La erección era tan fuerte, tan dolorosa contra la tela del pantalón del traje, que necesitaba consolarme de inmediato.
Con mano torpe y temblorosa, me desabroché el cinturón, bajé la cremallera, saqué mi polla completamente rígida y comencé a masturbarme allí mismo, en el silencio de mi oficina.
Cada movimiento de mi mano iba guiado por las imágenes que ella misma me estaba inyectando en la cabeza.
—Me ha propuesto hacer un trío —soltó de golpe, y la confesión cayó como una bomba de relojería en el auricular, congelando por un segundo el movimiento rítmico de mi mano sobre mi miembro.
La crudeza de la idea se ramificó por mi cerebro a la velocidad del rayo.
—¿Un trío? —conseguí articular, con la voz rota, espesa por el esfuerzo y el shock—. ¿Con quién? ¿Con otra mujer?
—No, Julián —negó Carmen, y su respiración al otro lado se volvió más rápida, delatando que el simple hecho de verbalizarlo la estaba haciendo naufragar en su propio morbo—. Quiere compartirme con otro. Dice que quiere verme en medio de dos hombres. Y tengo que darle una respuesta esta misma tarde.
Un gemido de pura agonía y excitación se me escapó de la garganta.
Volví a cerrar la mano alrededor de mi polla y aceleré el movimiento, perdiendo por completo el control.
La idea era una aberración, una línea roja que dinamitaba cualquier rastro de dignidad, pero la imagen mental de mi esposa de rodillas, siendo utilizada por dos hombres, me empujó directo al abismo.
—¿Y qué vas a decirle? —le exigí saber, gimiendo sin pudor, arrastrando los pantalones a mitad de los muslos.
Tardó en responder. Al otro lado de la línea se hizo una pausa densa, rota únicamente por una respiración que se había vuelto corta y entrecortada. Entonces capté un eco rítmico, un leve siseo de tela y un gemido sofocado, húmedo. La depravación nos estaba consumiendo a los dos a distancia.
—¿Qué te gustaría que hiciera? —preguntó Carmen en un susurro, con la voz temblorosa, completamente quebrada por el placer físico de sus propios dedos.
Las palabras flotaron en el aire, densas y obscenas, destapando una realidad retorcida. Lo que buscaba no era mi complicidad; quería que yo, su propio marido, legitimara su degradación, que aprobara y bendijera su entrega absoluta a dos hombres.
—¿Quién es el otro? —interpelé con la voz rota, completamente asfixiado por el peso de mi propia excitación, con el corazón latiéndome a mil por hora mientras el aire me quemaba en el pecho.
—Te juro que no lo sé, mi amor… —murmuró ella al otro lado de la línea, con un hilo de voz tan frágil y tembloroso que parecía al borde del colapso emocional—. Estoy loca. Te juro que me he vuelto completamente loca con todo esto.
—Hazlo… Por favor, quiero que lo hagas —gemí con la voz rota, apretando los dientes hasta sentir dolor, perdiendo por completo los papeles y el último resquicio de dignidad mientras mi mano subía y bajaba frenéticamente, atrapado en una espiral de celos, rabia y un morbo insoportable.
El eco de su respiración entrecortada se convirtió de pronto en un gemido agudo que hizo que la espera de su respuesta fuera el preludio de su inminente orgasmo.
—¡Ah…! Me voy a correr, mi amor. Me corro… —el grito de Carmen rasgó el auricular, un alarido de puro orgasmo, salvaje y liberador, que me confirmó que se estaba entregando al abismo con mi bendición.
Escuchar su clímax fue el detonante definitivo.
Mi propio cuerpo colapsó. Me corrí con una violencia animal, manchando el suelo de mi despacho, liberando toda la rabia, el morbo y la tensión emocional que llevaba acumulando semanas.
Me quedé jadeando sobre la mesa, con la frente apoyada en la madera fría, el teléfono pegado a la oreja y el pecho hundiéndose a cada respiración.
Al otro lado, el eco de los jadeos de Carmen fue amansándose, volviéndose pausado, casi arrullador. La tormenta de depravación se disipó en un segundo, dejando paso a un silencio denso, pero extrañamente agradable.
—Gracias, mi amor… —susurró Carmen. Ya no había lascivia en su voz, sino una ternura infinita, limpia, idéntica a la de la mujer de los fiordos noruegos—. Te quiero. No lo olvides nunca. Pase lo que pase y te diga lo que te diga, recuerda que te quiero más que a nadie en este mundo.
—Yo también te quiero, Carmen —articulé, limpiándome las lágrimas que me habían brotado de los ojos por la intensidad del momento.
Miré el portafotos de Málaga. Clara seguía sonriendo en el centro.
Comprendí, con una calma absoluta y definitiva, que nuestra historia no se había roto; simplemente se había transformado.
Habíamos encontrado una forma retorcida de sostener nuestro mundo, un pacto de sangre y carne que nos mantendría unidos para siempre.
—Hasta la noche, cariño —dijo ella con dulzura.
—Hasta la noche, mi vida.
Colgué el teléfono. Sonreí de medio lado, me abroché los pantalones y me acomodé la corbata. Estaba tranquilo.
Fin