Capítulo 29
La tarde anterior, mientras estaba arrodillada con la polla de Alberto metida hasta mi garganta, sintiendo cómo las lágrimas asomaban a mis ojos por el esfuerzo, él me lo había dicho claramente:
—Quiero ver cómo te desenvuelves en un trío.
Me negué en redondo en ese mismo instante, apartando la boca apenas un segundo para respirar, aunque en el fondo ya sabía perfectamente lo que significaba llevarle la contraria. Si desobedecía, no satisfaría mi fuego interior, mi necesidad visceral de correrme.
Era su regla de oro, su método de adiestramiento: convertirme en una olla a presión y luego cerrarme la válvula.
Alberto sabía perfectamente que cuando mi cuerpo entraba en ese estado de necesidad absoluta, yo dejaba de ser la abogada brillante para convertirme en un animal sediento, atrapada en una agonía de latidos húmedos en la entrepierna.
Negarme el orgasmo era su forma de encadenar mi mente a través de mi carne.
Y yo estaba ansiosa, desesperada; llevaba todo el día acumulando una tensión insoportable, esperando ese momento que él me había arrebatado al apartarme con frialdad y mandarme a casa a medio hacer, dejándome ardiendo por dentro, obligada a contener las ganas de tocarme solo por el miedo cerval a que se enterara y prolongase mi castigo.
No recibí ni un solo mensaje suyo en todas esas horas.
Su silencio, esa indiferencia gélida con la que me atormentaba cuando decidía romper mis límites, era el peor tormento que Alberto podía infringirme.
Era mucho peor que cuando me sacaba fotos desnuda, imágenes que él aseguraba que intercambiaba con otros hombres; peor que el día que me obligó a salir completamente desnuda a la terraza de aquella suite; peor incluso que cuando me ató de pies y manos al cabecero de la cama, me vendó los ojos y se marchó del hotel durante dos horas y media, diciéndome que tenía otra cita.
Su desprecio me vaciaba. Por eso me había cobrado la deuda con Julián de esa manera tan perversa, usando su lengua para vaciar el veneno que Alberto me había inyectado.
Al llegar a las oficinas del bufete, crucé la recepción con el pulso acelerado. Pasé por delante de Eva sin tan siquiera darle los buenos días. Odiaba a esa mujer, siempre vestida como una secretaria de los años setenta.
A esas alturas, la secretaria de Alberto sabía de sobra lo que había entre nosotros; se le notaba en las miradas de reojo, en esa cortesía tensa que me dedicaba.
Yo sospechaba que, cuando se tomaba el café a media mañana con las compañeras de administración, iba con el cuento de que la impecable abogada Carmen Valcárcel se arrastraba por las alfombras del despacho de Alberto Valverde. Pero ya no me importaba.
No llamé a la puerta. Giré el pomo y abrí directamente. Sabía que a esa hora Alberto nunca tenía citas con clientes; le gustaba desgranar el periódico y tomarse el primer café solo en la intimidad de su despacho.
—Lo siento. No puedo hacerlo. Sabes que me gusta complacerte en todo lo que me pides. Pero por favor, Alberto… eso no —solté a bocajarro, sin preámbulos, sosteniendo el bolso contra mi costado con fuerza—. Todavía no estoy preparada para algo así.
—Buenos días, Carmen.
Su voz sonó tan calmada, tan ridículamente pausada, que me arrepentí de inmediato de haber entrado con tanto ímpetu, mostrando mis cartas desde el primer segundo.
Dejó el periódico encima de la mesa, estiró sus largas piernas y se recostó en su sillón de piel, dejándome espacio en el hueco que quedaba entre su cuerpo y la mesa.
Sabía perfectamente lo que significaba ese gesto.
Era una invitación. Me acerqué arrastrando el repiqueteo de mis tacones altos y me senté de lado sobre sus rodillas.
Automáticamente, me abrazó con una mano por la cintura, fijándome a él, mientras que la otra comenzó a acariciarme el muslo por debajo de la falda blanca, tensando la tela estrecha y haciéndome desear, con un gemido sordo en la garganta, que sus dedos llegaran más arriba.
Me encantaba cuando me follaba alguna mañana a primera hora en su despacho.
Sexo exprés, casi clandestino, donde el miedo constante a que alguien cruzara la puerta y nos pillara convertía cada roce en una descarga eléctrica.
La mayoría de las veces las prisas no me daban tregua ni para rozar el orgasmo, pero me fascinaba esa sumisión silenciosa, la satisfacción de saber que lo dejaba completamente saciado cuando me iba a trabajar.
—Estás muy guapa esta mañana —murmuró, rompiendo el hilo de mis pensamientos.
—Gracias, Alberto —respondí, acercándome a besarlo con una urgencia contenida—. Espero que me entiendas… Le he dado vueltas toda la noche, pero lo siento… no puedo.
Me apretó contra su cuerpo con una fuerza desesperada, y en ese preciso instante mi piel suplicó que me ordenara desnudarme y apoyarme contra la mesa. Pero se contuvo.
—¿Por qué piensas que no estás preparada para hacer un trío?
—¿Para qué quieres meter a otra persona en lo nuestro? —le devolví la pregunta con un hilo de voz, sintiendo que el pecho se me estrechaba de repente—. ¿De verdad necesitas buscar fuera lo que se supone que ya tienes aquí? ¿Ya no te soy suficiente, Alberto?
Se inclinó y me besó. Me metió la lengua hasta el fondo de la boca, saboreándome con una exigencia que me obligó a aferrarme a sus hombros. Fue un beso espeso, cargado del olor a su café y a su colonia, que me recordaba de golpe quién mandaba allí dentro.
Cuando me soltó, me quedé jadeando sobre su pecho, con el carmín rojo seguramente arruinado. Lo miré, con el orgullo herido.
—Dime que soy mejor que esas niñatas… —le supliqué en un hilo de voz, con el orgullo herido arañándome la garganta.
Alberto soltó una carcajada limpia, seca y cínica que reverberó directamente contra mi pecho.
—¿Niñatas? ¿De qué niñatas hablas? —preguntó con falsa inocencia, disfrutando de mi debilidad.
Tragué saliva, sintiendo cómo el calor de la rabia y la vergüenza me encendía el cuello y las mejillas.
—El otro día escuché en el pasillo que te estás tirando a la nueva que está de prácticas en documentación.
—Es guapa, ¿verdad? —respondió sin afirmar ni negar nada, con una tranquilidad pasmosa. Y esa ambigüedad deliberada dolió mucho más que una confesión directa.
—Por Dios, Alberto… Eres un cerdo —siseé, haciendo el amago de incorporarme de golpe, pero sus manos de acero me sujetaron de la cintura, manteniéndome inmovilizada a la fuerza en su regazo.
—¿Estás celosa de una cría de veinte años, Carmen?
—arqueó una ceja, divertido, sabiéndose dueño de la situación—.
Te recuerdo que tú estás casada… y que aquí ninguno de los dos está en posición de exigir exclusividad.
Nunca te he pedido que dejes a tu marido porque te quiera solo para mí. ¿Te gustaría que lo hiciera?
Me sentí ridícula, pequeña, completamente expuesta ante su lógica aplastante. Para disimular la humillación, desvié la conversación hacia el abismo que me había propuesto la tarde anterior.
—Explícame lo del trío. Dime cómo sería —susurré, aparentando que no me lo tomaba demasiado en serio.
Su mano libre ascendió por fin, metiéndose debajo de la falda blanca y estrecha, comprobando al instante lo que ya sospechaba: que no llevaba bragas y que mi conejito estaba abierto y accesible para que lo tomara cuando él deseara.
—Imagínate compartida —explicó, mientras sus dedos bordeaban mi rajita—.
En medio de dos hombres a los que tendrás que complacer en todo.
Sin preguntas, sin condiciones. ¿Puede haber prueba mejor de que tu placer me pertenece por completo?
Eso me haría sentir muy orgulloso de ti.
Y eso te gusta, ¿verdad? Te devuelve a cuando sacabas buenas notas y deseabas llegar a casa para ver en los ojos de tu padre esa misma satisfacción.
La misma que llevas toda la vida buscando.
Suspiré profundamente, arqueando la espalda al sentir sus dedos torturándome la entrada, rozando la humedad que ya empezaba a brotar, amagando con entrar pero deteniéndose justo en el límite para hacerme suplicar.
—¡Ah…! —grité, retorciéndome de anticipación—. ¿Otro hombre? —pregunté, abriendo los ojos de golpe por el impacto—. Pensé que te referías a otra mujer…
Alberto curvó los labios en una sonrisa fría al ver mi desconcierto.
—¿Otra mujer? —repitió, con un deje de burla en la voz—. Quiero que me demuestres que eres suficiente hembra para complacernos a los dos.
Tragué saliva, sintiendo que el aire empezaba a faltarme en el despacho. El contraste entre la sobriedad de las estanterías llenas de códigos civiles y la crudeza de lo que me estaba proponiendo me causaba un vértigo mareante.
—Claro que soy capaz… —logré articular, mientras la yema de su dedo índice rozaba sutilmente mi clítoris, provocándome una sacudida eléctrica que me obligó a apretar las manos contra sus hombros.
—Imagínatelo, Carmen —susurró, pegando sus labios a mi oído mientras su mano huía con ese juego lento y exasperante bajo la falda—. Otro hombre y yo gozando de tu cuerpo a la vez.
—¿Quién es? —conseguí articular, mordiéndome los labios con tanta fuerza que casi me saqué sangre, incapaz de frenar la curiosidad morbosa que me subía desde las entrañas.
Alberto detuvo el movimiento de sus dedos justo en el centro de mi intimidad, dejándolos allí apoyados, obligándome a contener la respiración mientras saboreaba mi impaciencia.
Su sonrisa se volvió aún más afilada, disfrutando del momento exacto en el que la decencia terminaba de quebrarse en mi cabeza.
—Alguien a quien conoces —susurró, rozando su barbilla contra mi cuello, dejando que su aliento caliente me erizara la piel—. Un hombre que siempre ha deseado follarte. Pero no voy a decirte el nombre.
El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí una punzada de pánico real en el pecho.
—Estás loco… —gemí, rota de excitación.
—Ahora vete… Esta tarde lo hablamos con más calma.
Antes de que pudiera articular una sola palabra para rebatirme, le rodeé el cuello con los brazos, desabroché con torpeza dos botones de mi camisa y me incliné sobre él.
Lo besé con una urgencia febril y desesperada, buscando borrar cualquier distancia.
Necesitaba convencerlo, suplicarle sin palabras que no me dejara marchar de allí sin echarme antes un buen polvo.
Pero, con un movimiento seco, me detuvo y me apartó con la mano abierta contra el pecho.
—Carmen, para. He dicho que te marches.
—¿Por qué no me llamaste anoche? Te eché tanto de menos…
Me levanté de sus rodillas, intentando recuperar la compostura, alisándome la blusa con las manos.
Antes de que pudiera dar un paso hacia atrás, se estiró en el sillón y me levantó la falda blanca con un descaro absoluto.
Sabía lo que iba a hacerme. Era como su marca personal con la que solía despedirme.
La palma impactó directamente contra la piel desnuda de mi nalga en un sonoro azote. El impacto fue tan violento que tuve que estirar las manos y agarrarme con fuerza al borde de la mesa para no trastabillarme sobre mis propios tacones.
—Venga, zorra, ponte a trabajar —dijo desde su sitio, volviendo a coger el periódico con total parsimonia, como si nada hubiera ocurrido.
Me puse derecha como pude, sintiendo la nalga izquierda arder como si tuviera un hierro al rojo vivo marcado en la piel.
Me bajé la falda con un tirón. No dije nada.
Di media vuelta y caminé hacia la salida intentando mantener un paso firme que disimulara el escozor insoportable que me subía por la pierna.
Al abrir la puerta y salir al pasillo, el cambio de atmósfera fue devastador.
—Adiós, Eva. Pasa una buena mañana —dije cuando pasé por su lado, obligándome a sostener la barbilla alta, pero la humillación me quemaba por dentro.
Noté cómo sus ojos bajaban por un segundo hacia mi falda, como si pudiera adivinar la falta de ropa interior.
Notar la mirada de reprobación de aquella estúpida y antipática secretaria de dirección mientras yo caminaba con la entrepierna empapada me hizo sentir juzgada y condenada.
Pero el contraste fue inmediato: el escozor sordo y persistente del azote marcando cada uno de mis pasos de regreso hacia mi propio despacho disipó cualquier atisbo de culpa.
Ese dolor físico no era un castigo; era la prueba tangible de que estaba completamente atada, sumisa y encadenada sin remisión a los oscuros deseos de Alberto.