La Esposa Compartida Capítulo 28
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Capítulo 28

No pegué ojo en toda la noche. Me quedé tendido de espaldas en mi cama, con la mirada clavada en las sombras del techo y la entrepierna doliéndome por una tensión que me negué a aliviar.

Me parecía una traición menor a mi propia dignidad tocarme después de lo que había sucedido.

Aún podía sentir en la comisura de los labios el rastro seco y salado de los jugos de Carmen; el sabor crudo de su orgasmo, un regalo envenenado que me había dejado en la boca antes de despacharme como a un sirviente.

«Has estado muy bien, cariño. Te juro que lo necesitaba».

Esas palabras resonaban en mi cabeza una y otra vez con el eco monótono de una tortura. No me había llamado por mi nombre, había usado ese «cariño» condescendiente.

Me había rebajado a la categoría de un objeto de uso rápido, un sustituto para saciar la urgencia que otro hombre le había provocado.

Y lo peor, lo que de verdad me desgarraba por dentro, era que una parte de mí se sentía extrañamente agradecida por haber estado allí. Por haberme permitido complacerla.

Cuando sonó el despertador, me levanté lleno de energía. El agotamiento físico había quedado completamente sepultado bajo la adrenalina que corría por mis venas. Sentía el cuerpo ligero y la mente despierta, como si hubiera dormido diez horas.

Mientras preparaba el café en el silencio de la cocina, el sonido de la ducha me indicó que Carmen ya se había despertado.

Mi mente se llenó de imágenes: el agua resbalando por sus tetas y por su vientre, recorriendo la tersura pálida de su pubis depilado y limpiando los restos de mi propia saliva.

Imaginarla allí dentro, lavándose y preparándose meticulosamente para el encuentro que tendría unas horas después con su amante, me produjo una sacudida de excitación instantánea.

Fue un latigazo directo a la entrepierna. Pero lo verdaderamente aterrador fue que por primera vez no intenté reprimirlo. No hubo culpa, ni asco, ni reproches. Me descubrí aceptando ese morbo incomprensible con una naturalidad absoluta.

Poco después apareció en la cocina, perfecta como siempre.

Su sola presencia anuló la luz grisácea de la mañana.

Llevaba una falda blanca que le llegaba a medio muslo, tan estrecha que se amoldaba a sus caderas, remarcando con una nitidez obscena la redondez de sus nalgas.

La blusa, blanca con finas rayas azules, la llevaba desabrochada en el punto justo para que, con cada movimiento al respirar, se apreciara un milímetro del encaje negro del sujetador.

Como siempre, llevaba unos zapatos de tacón que tensaban los músculos de sus piernas y elevaban aún más sus formidables glúteos, otorgándole un andar felino, casi desafiante.

Se había pintado los labios de un rojo intenso, y tenía el pelo recogido en una coleta tirante que despejaba su cuello y endurecía sus facciones.

Era la viva imagen del éxito profesional y la feminidad. Una estampa tan pulcra que cualquiera que la cruzase por el pasillo de los juzgados asumiría que Carmen tenía el control absoluto de cada aspecto de su vida.

—Buenos días, amor —dijo, acercándose para darme un beso en la mejilla mientras me envolvía con ese aroma a perfume caro.

—¿Has dormido bien? —pregunté, intentando serenarme, simulando ser el esposo de siempre, preocupado por su bienestar.

—Fenomenal. Me dejaste muy relajadita anoche, eres un cielo, mi amor. —Me cogió el rostro con las manos y me devolvió un nuevo beso, esta vez en los labios, un roce suave y letal que me supo a gloria y a veneno—. ¿Y tú qué tal has descansado?

Aquella caricia y el tono dulce con el que pronunció el diminutivo me recorrieron la espina dorsal como una descarga eléctrica.

Tenía sus manos, finas y cuidadas, sosteniendo mis mejillas, obligándome a mirarla a los ojos mientras su boca, pintada con ese rojo intenso, me hacía desear comérmela a besos.

Tragué saliva, sintiendo mi polla protestar dolorosamente contra la costura del pantalón debido a la cercanía de sus caderas, apenas ocultas tras la falda blanca.

—He dormido… lo justo —conseguí articular, forzando una sonrisa que debió parecerle patética—. He tenido la cabeza dando vueltas a todo esto.

Carmen ensanchó su sonrisa, una mueca diminuta e inteligente que delataba que sabía perfectamente el estado en el que me encontraba.

Deslizó sus dedos por mi mandíbula antes de separarse, tomó su taza de café con elegancia y le dio un sorbo corto, sin dejar de clavar sus ojos en los míos.

Disfrutaba viéndome sufrir en silencio, sabiendo que el hombre correcto y el padre ejemplar estaba completamente maniatado por el morbo que ella misma administraba a cuentagotas.

—Debes tranquilizarte un poco, Julián. No te obsesiones y deja que todo fluya. Si esto funciona… lo iremos viendo poco a poco.

Asentí con la cabeza, pero la ansiedad me estaba consumiendo.

—¿Has quedado con él? —conseguí preguntar, con la voz más ronca de lo que pretendía.

—No seas curioso, cariño —respondió, dándome un toque juguetón con la punta del dedo a mi nariz, tratándome como a un crío—. Lo veré esta tarde, pero te prometo que intentaré venir antes… Llegaré puntual a la hora de la cena. Necesito pasar más tiempo en familia, como antes, contigo y con Clara.

Su voz había recuperado ese tono cálido de madre y esposa ejemplar, el mismo que usaría en unas horas delante de nuestra hija, mientras que con el cuerpo me seguía ofreciendo una estampa de pura lascivia, apoyada contra la encimera.

—Como antes… —repetí en un hilo de voz, incapaz de apartar los ojos de sus labios.

—Sí, como antes —asintió ella, sosteniéndome la mirada con una serenidad que me desarmó por completo.

Recogió su bolso de la mesa y se colgó la correa del hombro con un movimiento elegante. Antes de caminar hacia la salida, se detuvo a un milímetro de mí, dejando que el aroma de su perfume me inundara por última vez.

—Llámame a media mañana, ya sabes cuánto me gusta oír tu voz. Te quiero, Julián.

Me lanzó esa última frase desde el umbral con una naturalidad tan pasmosa que, por un segundo, me hizo dudar de mi propia cordura.

Me quedé parpadeando en la penumbra del pasillo, con la mente suspendida en un vacío extraño, pensando que todo aquello —la depilación, las verdades escupidas en la cama, la sombra de otro hombre— no era más que un absurdo y retorcido sueño.

En ese instante, Carmen parecía la mujer de siempre.

La misma esposa cariñosa y protectora con la que había compartido mi vida.

Nada en su tono de voz delataba la menor fisura.

Nada indicaba que estuviéramos al borde del precipicio.

Nada había cambiado en la superficie, y descubrir esa faceta suya, esa increíble capacidad para compartimentar su vida y seguir queriéndome a su manera, me gustó.

Me inundó un alivio cálido, denso y extrañamente reconfortante.

Me dio el convencimiento de que, tal vez, ella tenía razón.

De que si dejaba de resistirme, si dejaba de aplicar las viejas normas de un matrimonio convencional que ya no existía y permitía que todo fluyera, esto podría funcionar.

Tenía que hacerlo; de lo contrario, la perdería para siempre.

Podíamos tenerlo todo: la estabilidad de nuestra familia, el amor de siempre con Clara en el centro de nuestras vidas y, a la vez, ese rincón oscuro, secreto y prohibido que nos encendía la sangre por las noches.

La puerta de la entrada se cerró con un clic limpio, devolviéndome a la realidad de la cocina vacía.

Miré el reloj de la pared. Las siete y media. El bulto en mis calzoncillos seguía ahí, firme y caliente, pero la angustia y el dolor de las primeras horas se habían transformado en una expectación adictiva.

Ya no me sentía un cornudo arrastrado; me sentía parte de la aventura de mi esposa.

Cómplice. Ella quería que la llamara a media mañana, quería oír mi voz, y yo ya estaba contando los minutos para marcar su número, ansioso por descubrir qué versión de mi esposa me respondería al otro lado de la línea.

Llamé a la puerta de Clara, repitiendo exactamente el mismo ritual que hacía cada mañana, buscando en la rutina un ancla que me mantuviera con los pies en la tierra.

—Vamos, dormilona, es hora de levantarse para ir a clase —dije, dándole un par de toques suaves a la madera.

Dormía boca abajo, con una camiseta de algodón que se le había subido descaradamente hasta la cadera, dejando al descubierto el hilo blanco de un tanga que se clavaba y separaba con precisión las curvas de sus nalgas.

Era hermosa, de una belleza insolente y magnética.

Jamás la había mirado con ojos de hombre, ciego y seguro en mi papel de padre, pero aquella mañana el filtro protector se rompió en mil pedazos y la contemplé con una turbia lucidez.

Su perfil me devolvió de golpe la imagen exacta de Carmen cuando la conocí, tantos años atrás, en la cafetería del club hípico; desprendía la misma estampa felina, un peligro latente.

Y mientras la observaba respirar acompasadamente, un pensamiento oscuro, denso y febril me apuñaló las sienes: me pregunté si mi hija habría heredado también la insaciable pasión de su madre, su hambre voraz...

y si en su cuerpo joven latía la misma perversa disposición para entregarse sin freno.

Seguro que algún imbécil ya se la habría follado, y esa idea, que antes me habría destrozado el orgullo de padre, ahora me recorrió las entrañas con una descarga salvaje de morbo y adrenalina.

La rabia y la excitación se fundieron en mi cabeza mientras las preguntas me quemaban la lengua: ¿gemiría en la cama con la misma intensidad que Carmen?

¿Temblarían sus piernas de idéntica forma cuando se dejara arrastrar y alcanzara el orgasmo?

—¡Jooo…! —protestó, enterrando la cara bajo la almohada con un mohín infantil, queriendo zafarse del haz de luz que se filtraba sin permiso por la puerta entreabierta—. Cinco minutos más, por favor.

Volví a mirarla, pero la imagen que se grabó en mis retinas ya no respondía a la inocencia con la que la hubiera observado el día anterior; su cuerpo seguía ahí, turbador, peligrosamente hermosa. Tan letalmente explosiva y seductora como su madre.

—Solo cinco minutos o tendré que darte unos azotes para que te levantes —bromeé con voz ronca, antes de dar media vuelta y encaminarme hacia la cocina, arrastrando una corriente de tensión sorda y febril.