Capítulo 27
El colchón se hundió bajo el peso de Julián, pero la distancia que nos separaba seguía siendo un abismo insondable.
En la penumbra absoluta del dormitorio, solo rota por los tímidos destellos de las farolas de la calle que se colaban por las rendijas de la persiana, podía escuchar su respiración: contenida, rígida, casi temerosa.
Como si cualquier detalle pudiera molestarme y echarlo de mi lado.
Estaba de espaldas a mí, estático, devorado por la culpa y ese morbo oscuro que yo misma le había inoculado.
Me gustaba tener ese poder sobre él. Saber que, a pesar de la humillación, de las verdades que nos habíamos escupido y de la sombra de Alberto flotando en el techo, Julián seguía orbitando a mi alrededor como un satélite herido.
—Date la vuelta —susurré, rompiendo el silencio con una voz arrastrada, densa—. Si quisiera solo dormir, estaría mejor sola, ¿no crees?
Sintió el impacto de mis palabras. Tardó unos segundos, pero giró el cuerpo despacio, ofreciéndose a la oscuridad.
Me acerqué a él, acortando los centímetros, y busqué sus labios.
Aquel beso no tuvo nada de la ternura de otros tiempos.
Fue el encuentro de dos necesidades muy distintas.
La suya nacía de la desesperación, del miedo a perder algo que ya sentía escapársele entre las manos.
La mía era mucho más simple, casi primitiva: el deseo acumulado que llevaba horas latiendo bajo mi piel, reclamando ser liberado.
Se colocó encima de mí. Su peso me aplastó contra el colchón con una calidez familiar, pero la rigidez de su miembro, atrapado e imponente entre los dos, dictaba un ritmo completamente nuevo.
Comenzamos a movernos, un vaivén lento donde nuestros sexos se rozaban mientras nuestras bocas no dejaban de buscarse. La fricción de su hombría contra mi sexo me hizo soltar un gemido cargado de anticipación.
Julián buscó mi entrada. Estaba a punto de metérmela, buscando ese alivio inmediato, la consumación de su tortura, pero justo en el último segundo, decidí tomar las riendas. Giré la cadera unos centímetros hacia un lado, desviando su trayectoria, negándole el acceso.
Él no protestó. No se quejó, ni intentó forzar la postura; aceptó el castigo de la espera con la sumisión de quien sabe que ya no dicta las normas en esa cama.
Descendió el rostro hacia mi cuello, besándome con urgencia, y luego bajó hasta mis pechos.
Me mordisqueó las areolas, lamiendo la piel con una devoción que rozaba la locura.
Lo agarré con fuerza por la nuca, hundiendo mis dedos en su pelo, y tiré de él hacia abajo con un gesto firme y tajante.
—Cómemelo —indiqué ahogada de necesidad.
Julián entendió la orden de inmediato.
Su boca empezó a dibujar un rastro de saliva ardiente por mi abdomen, deteniéndose a besar la curva de mi ombligo mientras yo me abría de piernas por completo, ofreciéndole mi intimidad sin reservas. Quería que mirara, que oliera, que saboreara el territorio que otro hombre gobernaba.
Cuando su lengua rozó por primera vez mis labios, se me arqueó la espalda.
Julián se entregó a la tarea con esmero, como si quisiera borrar las huellas del otro a fuerza de lametones profundos.
Su lengua comenzó a lamer de abajo hacia arriba, recorriendo la hendidura tersa y depilada, deteniéndose a succionar mi clítoris con una fijeza que me hizo perder el sentido.
Podía notar sus dedos abriéndome más, separando mis carnes para que su boca entrara hasta el fondo, saboreando el flujo espeso que la excitación de todo el día y el riesgo del juzgado habían madurado en mi interior.
El placer me golpeó con tanta fuerza que el pánico a ser escuchada me encogió el estómago.
Clara estaba durmiendo, al otro lado del pasillo.
Instintivamente, me llevé la mano derecha a la boca y me mordí con violencia los nudillos, ahogando un grito que amenazaba con romper las paredes de la casa.
El dolor de los dientes contra mi propia carne solo espoleó más el morbo.
—Sigue, Julián… no pares —le ordené en un gemido sofocado tras mis dedos, con los ojos en blanco, sintiendo el orgasmo escalar por mis muslos—. Hoy me ha castigado… me ha tenido todo el día con las ganas, sin dejarme correr…
La confesión cayó sobre su cabeza como gasolina en el fuego.
Saberse el instrumento de sustitución, el encargado de terminar el trabajo que el otro hombre había dejado a medias por puro capricho, desató algo primitivo en mi marido.
Lejos de detenerse o rebelarse ante la humillación de la frase, Julián pareció encontrar en ella su verdadera vocación. El marido cornudo.
Su lengua se volvió más rápida, más profunda, golpeando mi centro con una cadencia enloquecida, tragándose mis fluidos combinados con sus propios suspiros de sumisión.
Estaba devorando el secreto de su esposa, sabiendo que cada gemido que yo ahogaba contra mi mano era un triunfo de su propia derrota.
Las piernas se me tensaron, y los dedos de los pies se me curvaron hacia el colchón mientras mi pelvis se elevaba, buscando aplastar mi clítoris directamente contra sus labios.
Me corrí con ganas, derramándome sobre su boca en oleadas densas y calientes.
Julián no se apartó. Mantuvo la presión, lamiendo los últimos espasmos de mi orgasmo, hasta que mi cuerpo se relajó y cayó pesadamente sobre las sábanas, exhausta y con el pecho agitándose al compás de una respiración rota.
Cuando al fin levantó el rostro, la penumbra apenas me dejó adivinar sus facciones, pero sentí la humedad de mis jugos brillando en sus labios y en su mentón.
Estaba jadeando, con la mirada fija en mí, esperando una aprobación, un desprecio o la siguiente orden.
El hombre correcto, el padre ejemplar que había preparado la cena unas horas antes, se había evaporado por completo en la oscuridad del dormitorio.
—Es tarde. Vete a tu cama.
Mi voz sonó fría, nítida y desprovista de cualquier rastro de la agitación anterior.
Julián se quedó parado, a medio camino entre mis muslos todavía abiertos. Pude notar el impacto de mis palabras en la rigidez de su cuerpo; la forma en que su respiración se detuvo en seco mientras procesaba la orden.
Me incorporé despacio sobre los codos, sin prisa, dejando que contemplara una vez más la absoluta palidez de mi vientre y mi pubis depilado, ahora brillando por el rastro de su propia saliva.
—Has estado muy bien, cariño. Te juro que lo necesitaba —añadí, mimosa.
Se deslizó hacia atrás con movimientos torpes, desgarbados, como si le pesara cada articulación del cuerpo.
Se bajó del colchón y se quedó de pie un instante junto a la cama, una silueta rota en la penumbra que intentaba recomponer su dignidad con las manos temblando a los lados de los muslos.
Tenía la entrepierna dictándole una necesidad que tendría que apaciguar a solas en su cama.
Giré la cabeza hacia la pared, dándole la espalda de manera definitiva y tirando la sábana para cubrirme hasta los hombros. La puerta de la habitación se cerró con un clic casi imperceptible, devolviendo el dormitorio al silencio absoluto.
Me acomodé con una sonrisa lenta dibujándose en mis labios. Mientras cerraba los ojos, sintiendo el eco del orgasmo que Alberto me había negado, todavía vibrando en mis entrañas.