Capítulo 26
El silencio de la casa ese lunes por la noche era un eco vacío que me devolvía, amplificada, mi propia miseria.
Pasé todo el día en la oficina con la mente puesta en ella.
Mis compañeros me preguntaron un par de veces si me encontraba bien; me limité a culpar a una supuesta migraña.
La verdad era mucho peor: estaba infectado por un veneno nuevo.
Cociné por pura inercia: merluza al horno con patatas panadera, el plato favorito de Carmen.
Estuve esperándola en un silencio que se estiraba de forma insoportable a medida que se hacía más tarde.
Cerca de las once, los pasos de mi hija me sacaron de mis pensamientos.
Salió de su cuarto para darme el beso de buenas noches y anunciarme que se iba a dormir.
—¿Y mamá? ¿Aún no ha llegado?
Sentí un nudo en el estómago. Siempre había evitado mentirle, pero la verdad era demasiado obscena para explicársela a alguien tan joven.
—¡Menuda cabeza tengo! —improvisé, intentando modular la voz para sonar natural—. Se me olvidó decirte que me llamó esta tarde para decirme que tenía una cena de empresa ineludible. Debe estar a punto de cruzar la puerta.
Clara se encogió de hombros y se marchó a su habitación.
Me quedé en el salón, con la televisión encendida en un canal cualquiera, usando el parpadeo de las imágenes para no volverme loco en la penumbra.
Cerca de las doce y media, el sonido de la cerradura cortó el silencio. La puerta se abrió despacio y la silueta de Carmen se asomó al salón. Venía con el rostro cansado, descalza, sosteniendo los tacones en una mano y las llaves en la otra.
—Hay pescado en el horno —le dije, con la voz monocorde, sin levantarme del sofá.
Carmen dejó escapar un suspiro de agotamiento y negó suavemente con la cabeza.
—Ya he cenado, Julián. No te preocupes, de verdad. Voy a darle un beso a Clara.
—Está dormida —respondí, fijando mis ojos en los suyos—. Son las doce y media de la noche. He tenido que mentirle, decirle que tenías una cena de trabajo para que no se acostara preocupada.
Ella bajó la mirada por un instante, visiblemente afectada por la mención de nuestra hija. Volvió a suspirar, recolocándose un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Lo siento… Mañana intentaré llegar antes. Gracias por ser tan buen padre.
Se dio la vuelta, caminó por el pasillo en un silencio absoluto y se encerró en su habitación.
Permanecí un minuto entero inmóvil en el sofá, con el corazón acelerado.
Odiaba lo que me estaba pasando. Detestaba con toda mi alma ese nuevo deseo morboso, oscuro y deforme, que había comenzado a crecer dentro de mí.
Debería sentir asco, debería haber ido a un abogado y estar empaquetando mis pertenencias; pero la idea de lo que ocurría cuando yo no estaba me quemaba la sangre con una excitación enferma.
Me levanté sin hacer ruido. Crucé el pasillo descalzo, como si flotara, y pegué la oreja a la madera de su puerta. No se escuchaba nada. Ni llamadas, ni gemidos, ni el roce de las sábanas. Solo el silencio. Eso fue lo peor. Que me sintiera decepcionado porque no hablara con él.
No pude controlarme. Giré el picaporte con suavidad y abrí la puerta.
La luz de la mesilla de noche estaba encendida.
Carmen estaba de pie junto a la cama, completamente desnuda, a punto de ponerse el camisón.
Al verme entrar, no se cubrió. No hizo el menor ademán de ocultar su cuerpo con los brazos.
Se limitó a sostener el tejido de seda en una mano y a mirarme con una mezcla de fastidio y superioridad emocional.
—¿Qué quieres, Julián? —preguntó, con voz gélida—. Estoy cansada y quiero dormir. Si quieres decirme algo, será mejor que esperes a mañana.
No respondí. Me quedé estático en el umbral, devorándola con los ojos, recorriendo su cuerpo de arriba abajo. La madurez le había otorgado una belleza rotunda, carnal y peligrosa.
Sus hombros firmes descendían hacia unos pechos generosos que caían de forma natural, coronados por unas areolas oscuras que todavía parecían sensibles.
Su cintura, suavemente curvada, daba paso a las caderas anchas que tantas veces había abrazado, y a esos muslos torneados y potentes que me habían obsesionado durante veinte años.
Fue entonces cuando me fijé en el pubis.
Carmen siempre había llevado el vello recortado con discreción, pero ahora, bajo la luz tenue de la lámpara, me di cuenta de que su sexo estaba completamente depilado.
La piel de su monte de Venus lucía tersa, pálida y expuesta, dejando su intimidad totalmente visible, en un diseño anatómico pensado exclusivamente para el disfrute visual de otro hombre. Una marca inequívoca de su nueva vida.
Tragué saliva. Tenía la boca seca y notaba la tensión acumulándose bajo la tela del pantalón. Cerré y apreté las manos para ocultar el temblor.
—Solo quería preguntarte... —murmuré, casi sin voz—. ¿Cómo te has sentido hoy en el juzgado, delante de todo el mundo, sabiendo que no llevabas bragas?
Me sostuvo la mirada durante unos segundos.
La altivez con la que me había recibido se transformó lentamente en una sonrisa cargada de una seguridad nueva.
—Me gustó la sensación de transgredir las normas.
Lo dijo sin bajar los ojos. Después dejó caer el camisón sobre la cama con absoluta naturalidad.
—Mientras escuchaba el informe del perito, era incapaz de concentrarme.
No dejaba de pensar que nadie en aquella sala sospechaba el secreto que escondía bajo la inapropiada minifalda.
Todos me miraban como siempre: la abogada impecable, la profesional seria... Pero nadie intuía lo húmeda que estaba.
Guardó un instante de silencio.
—Era como esconder algo delante de todo el mundo.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Lo conozco? —solté sin pensar.
Ella arqueó una ceja.
—¿Qué importancia tiene eso ahora?
No respondí.
Carmen caminó despacio hasta la cama y se sentó en el borde, observándome con una tranquilidad que me desarmaba.
—¿De verdad cambiaría algo si supieras su nombre? —preguntó con serenidad—. ¿Qué harías? ¿Ir a buscarlo? ¿Montar un escándalo? Tú no eres así, Julián.
Aquellas palabras me dolieron porque eran ciertas.
—Tengo derecho a saber quién se está acostando con mi mujer.
Ella sonrió apenas.
—¿Derecho… o necesidad?
Su mirada descendió lentamente hacia el bulto de mi pijama y volvió a subir hasta encontrar mis ojos.
—Creo que buscas otra cosa.
Apreté la mandíbula.
—¿Crees que no sé con quién te estás acostando? —lancé el órdago.
Lo había pensado obsesivamente durante toda la tarde. Tenía una lista sobre sus presuntos amantes de al menos quince candidatos.
Había leído en alguna página de internet que más del noventa por ciento de las infidelidades se cometían con alguien del entorno más cercano, así que empecé a filtrar por edad, por físico, por la confianza…
Al final quedaron un vecino, un par de amigos míos, el marido de su amiga Marta, un primo suyo… Pero, por encima de todos ellos, había un nombre que destacaba con fuerza. El de un miserable al que siempre había sorprendido mirando a mi mujer con unos ojos que parecían devorarla.
—¿Ah, sí? —me retó entre risas, como si aquello no fuera más que un absurdo juego de adivinanzas—. Si lo tienes tan claro, dime su nombre. ¿A qué esperas, Julián? Sorpréndeme.
Su sonrisa se ensanchó.
—Es Tony —escupí el nombre sin poder contenerme.
Arqueó una ceja y negó despacio, como si acabara de decir una estupidez.
—¿Tony…? ¿El marido de tu hermana? ¿Crees que me estoy tirando a tu cuñado? —dejó escapar una breve risa—. Julián… te juro que estás peor de lo que pensaba. Tendrías que visitar a un psicólogo.
Me sentí estúpido. Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Claro que no podía ser Tony. Carmen jamás estaría con un hombre como él. ¿En qué narices había estado pensando?
Era cierto que siempre se le habían dado bien las mujeres.
Era de mi pueblo y lo conocía demasiado bien…
Sabía que podía resultar divertido cuando quería y que tenía ese descaro y fanfarronería que a algunas las volvía locas.
Pero, en el fondo, seguía siendo un tipo ordinario, soez y tosco.
Sin cultura. Demasiado básico para una mujer como mi esposa.
Además, Carmen adoraba a mi hermana. No solo eran cuñadas; también eran amigas. Siempre había estado a su lado cuando aquel idiota de su marido hacía alguna de las suyas. Nunca la habría traicionado acostándose con él.
Al final formulé la única pregunta que de verdad me importaba.
—¿Vienes de estar con ese hombre ahora?
Ella no vaciló.
—Sí.
Noté cómo el estómago se me encogía.
—¿Vienes de su casa?
Negó lentamente con la cabeza.
—No.
Hizo una breve pausa, sosteniéndome la mirada.
—Siempre vamos a un hotel.
—¿Lo quieres?
La pregunta salió sola. Era la única que llevaba días intentando no hacerme. Carmen tardó varios segundos en responder.
—No lo sé. Creo que no, pero no estoy segura.
Aquella respuesta me hizo más daño que un sí.
Un «sí» habría significado que todo había terminado. Un «no sé» significaba que seguía comparándonos.
—¿Y a mí?
Cerré los ojos un instante esperando un veredicto que podría partir mi vida en dos.
—A ti sí sé que te quiero, Julián. De eso sí estoy segura.
Noté cómo la garganta se me cerraba.
—Pero ya no me quieres de la misma forma, ¿verdad?
Ella negó muy despacio.
—No. Es diferente. Pero sigo queriéndote.
La palabra cayó entre los dos con el peso de una sentencia.
—No vas a dejarlo, ¿verdad? —tiré la última bala—. Seguro que, aunque quisieras, no podrías. Estás demasiado enganchada a él.
Carmen permaneció en silencio, como si necesitara ordenar las palabras antes de pronunciarlas.
—No. No tengo intención de dejarlo. Lo siento, Julián.
Aquella respuesta no sonó desafiante. Sonó cansada.
—¿Es por el sexo? ¿Tan bien te folla?
Suspiró despacio.
—No, Julián. No es solo por el sexo. Aunque una parte sí, pero, sobre todo, es por cómo me siento cuando estoy con él.
Sentí un vacío helado en el pecho.
—¿Y cómo te sientes, Carmen?
Suspiró. Pero noté una sonrisa detrás de un gesto que aparentaba estar serio.
—Sobre todo, me siento viva. Es difícil de explicar.
No sé... es algo instintivo. Me gusta complacerlo, sentir que soy alguien especial para él, su debilidad, su capricho.
Y cuando ocurre... se despierta algo dentro de mí que jamás había sentido.
Una mezcla de emoción, vértigo y plenitud que ni siquiera sabía que era capaz de experimentar.
—¿Tan poco significan los veinte años que llevamos juntos?
Levantó la mirada.
—No confundas las cosas. Lo que hemos vivido no desaparece. Has sido la persona más importante de mi vida. Y puede que, a pesar de todo, sigas siéndolo. Aunque no estoy segura.
—Hablas de mí como si ya perteneciera a tu pasado. ¿Piensas irte a vivir con él?
Negó con la cabeza.
—No es tan sencillo.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Pero tampoco es justo que sigas viviendo así. No tienes por qué soportar esta situación. Si quieres… podemos divorciarnos de mutuo acuerdo. Sin abogados. Sin hacernos daño más de lo necesario.
Noté un nudo en la garganta.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Qué salga de tu vida?
Tardó demasiado en responder.
Después dejó escapar el aire lentamente.
—A veces sí, como el domingo cuando veníamos de vuelta de casa de mis padres en el coche… Pero otras veces, te necesito cerca. Creo que estoy como una puta cabra.
Se acercó a la mesilla, apagó la lámpara y la habitación quedó sumida en la penumbra.
A tientas levantó el edredón y se metió en la cama completamente desnuda.
Aquel gesto fue suficiente. No hacía falta que me pidiera que me marchara. Pero cuando llegué a la puerta, su voz volvió a romper el silencio.
—Julián…
Me detuve sin girarme.
—Cierra la puerta y ven.
Permanecí inmóvil unos segundos.
Aquellas cuatro palabras terminaron de derrumbar el último rincón de orgullo que aún me quedaba. Sabía que, si obedecía, estaba aceptando una derrota que cambiaría completamente las cosas y, aun así, no fui capaz de marcharme.
Cerré la puerta con suavidad. La habitación quedó envuelta en una oscuridad casi absoluta.
Caminé despacio hasta el que siempre había sido mi lado de la cama y levanté la sábana con un cuidado casi reverencial, como si temiera romper el hechizo de aquel instante. Me tumbé de espaldas, dejando entre los dos el mismo espacio que antes había ocupado toda una vida en común.
No la toqué. Ni siquiera me atreví a volver la cabeza hacia ella. Permanecí inmóvil, escuchando el leve compás de su respiración, sintiendo el calor de su cuerpo al otro lado del colchón.
Hacía semanas que dormíamos separados. Sin embargo, aquella simple cercanía bastó para apaciguar, durante unos segundos, el dolor que me había acompañado desde que descubrí la verdad.
Era humillante reconocerlo. Después de todo lo que había visto. Después de todo lo que había oído. Después de todo lo que me había hecho… Seguía sintiéndome un privilegiado por poder compartir aquella cama con la mujer que había amado toda mi vida.
Cerré los ojos y esperé a que ella dijera algo.