La Esposa Compartida Capítulo 25
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Capítulo 25

Cuando me metí en la cama, le mandé un mensaje a Alberto diciéndole que ya estaba en casa y que venía con ganas de jugar.

Él no tardó en llamarme. Creo que, más que movida por el morbo, lo hice para hacerle daño a Julián; todavía estaba furiosa por lo que me había dicho en el coche.

Quería que se diera cuenta de que en mi mundo ya no había espacio para él, que se sintiera tan humillado que no le quedara más remedio que irse de mi casa.

Lo último que me hubiera esperado fue su reacción.

Cuando vi cómo abría la puerta de mi dormitorio, pensé que armaría un escándalo, que trataría de humillarme diciéndome que era una golfa, una puta… que daría un portazo.

Pero al verlo mirarme con ese deseo desbordante, me sentí tremendamente poderosa.

Era como si mi marido me estuviera dando permiso para jugar con Alberto.

Una locura. Verlo masturbarse me encendió de una forma que nunca habría imaginado.

Mantuve mi rol de la mujer sumisa con Alberto, mientras que con mi esposo ejercía el papel contrario.

Cuando me levanté por la mañana, recordé las órdenes de Alberto: ponerme la minifalda vaquera y no llevar ropa interior.

Al salir de mi habitación, el único sonido era el de mis tacones contra el suelo, pero el intenso aroma a café recién hecho me indicó que mi esposo ya estaba en pie.

Lo vi de espaldas en la cocina, tal como hacía cada mañana desde los últimos veinte años, como si nada hubiera pasado.

Sirvió dos tazas. Ni siquiera nos saludamos; era como si nos diera miedo mirarnos a la cara.

—Carmen… lo de anoche… —arrastró las palabras con un amago de disculpa, aunque el tono se le quebró antes de alcanzar a formular el resto de la frase, dejándola suspendida en el aire cargado de resaca.

—Tranquilo, Julián, mejor olvidemos el domingo —lo corté en seco, cerrando el paso a cualquier justificación—. Tú ibas hasta arriba de alcohol y yo iba con los nervios a flor de piel por las barbaridades que me soltaste en el coche.

—Siento todo lo que te dije, de verdad, pero no va solo de eso… —masculló él, dejando escapar un suspiro denso, como si confesar lo siguiente le arrancara trozos de orgullo—. Esta mañana, al levantarme y tenerte todavía en la cabeza… acordándome de cómo estabas…

Resopló, pasando una mano por su cara, antes de soltar la bomba.

—Te juro que he tenido que hacerme una paja en la ducha. Y a pesar de eso…

El eco de la frase flotó en la cocina un par de segundos. Clavé los ojos en él, obligando a mi rostro a estampar una mueca de asombro.

—¿En serio? —articulé, sorprendida por una reacción que nunca me hubiera esperado en alguien tan celoso como mi esposo—. Anoche, cuando te fuiste, pensaba que al levantarme esta mañana, te encontraría haciendo la maleta y pidiéndome el divorcio.

Me miró de arriba abajo, recorriendo mi cuerpo.

—Veo que eres muy obediente con él. Lo cierto es que te sienta muy bien esa minifalda…

Cambió de tema, como si la palabra divorcio no encajara en esos momentos en sus planes.

—Gracias —dije, bajando la mirada. De pronto, era yo la que se sentía avergonzada.

Bajé la cabeza un segundo.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —interpeló. Su voz volvía a ser cálida, libre de reproches, pero cargada de un interés morboso.

—¿Dispara? —pregunté, incómoda.

Pensé que iba a preguntarme quién era. Que querría saber su nombre, desde cuándo llevaba engañándolo o si había sido el primero. Ese tipo de preguntas que hace un marido cuando descubre que su mujer comparte la cama con otro hombre.

—¿Llevas algo debajo?

La pregunta quedó flotando en el aire, densa y cargada. Sentí un vuelco en el estómago; una mezcla de pudor e inesperada adrenalina.

No sé qué resorte se activó en mí, pero sosteniéndole la mirada, agarré el dobladillo y me levanté la minifalda con un gesto lento, deliberado.

Le mostré mi sexo, desafiando el abismo que acababa de abrirse entre los dos.

Solo fue un segundo, el tiempo justo para que sus ojos registraran mi desnudez, antes de soltar el tejido de golpe.

—Ya ves que no —dije, y mi propia voz me sonó extrañamente firme, aunque por dentro me deshiciera—. ¿Te molesta que vaya al trabajo sin bragas?

Negó con la cabeza mientras se llevaba una mano instintivamente a la entrepierna. Dejándome claro que estaba empalmado.

Dejé la taza vacía sobre la encimera con un golpe seco que rompió el hechizo.

—Ahora tengo que irme. Gracias por el café… pero tengo una visita en menos de una hora.

Me di la vuelta y salí de la cocina a paso rápido, huyendo de su reacción, de la atmósfera asfixiante y, sobre todo, del miedo a que me pidiera que me quedara.