Capítulo 24
Llegamos al garaje, envueltos en un silencio denso y asfixiante, de esos que pesan más que la discusión de unos minutos antes.
Éramos dos extraños atrapados bajo el mismo techo, incapaces de soportarnos y, aun así, condenados a compartir el mismo espacio.
Cada metro del trayecto había servido para confirmar una verdad incómoda: entre nosotros ya no quedaba nada que en esos momentos nos apeteciera salvar.
Carmen bajó del coche sin regalarme una sola mirada; sus tacones golpearon el hormigón con una prisa fría, manteniéndose siempre unos pasos por delante de mí.
En cuanto cruzamos el umbral de la vivienda, se dirigió directamente a su dormitorio y cerró la puerta.
El sonido del pestillo al encajar fue un recordatorio sordo de mi exclusión.
Me quedé solo en mitad del pasillo. Sentía que la cabeza me iba a estallar; el alcohol empezaba a remitir, dejando en su lugar un dolor punzante detrás de los ojos y una desagradable pastosidad en la boca. Necesitaba despejarme, arrancar de mi piel el sudor y la humillación de la fiesta.
Me metí en el baño y me di una ducha fría.
Dejé que el agua helada me golpeara la nuca, buscando desesperadamente que el choque térmico apagara el incendio de mis pensamientos.
Al salir, me preparé un café solo, cargado y amargo, esperando que la cafeína asentara mi estómago revuelto.
Después, arrastrando los pies y con el pulso aún alterado, me fui a mi habitación.
Fue al tumbarme en la cama cuando escuché su voz al otro lado del tabique; Carmen estaba hablando por teléfono. Esta vez ya ni siquiera se molestaba en disimular, en bajar el tono o en guardar las formas. Su descaro era absoluto.
—Es un idiota integral… —le decía al aparato, con una entonación arrastrada que me revolvió las entrañas.
Tras una breve pausa, llegó su risa; una carcajada floja, lasciva, que no le reconocía.
—¿Eso es lo que quieres hacerme? —preguntó ella, y tras una breve pausa en la que pareció escuchar la respuesta, estalló en una nueva carcajada más larga y ruidosa—. Entonces voy a ser muy mala para que tengas que castigarme…
Yo prestaba atención, imaginándome las posibles respuestas de él.
—¿La minifalda vaquera? —Carmen soltó un gemido juguetón, mordiéndose las palabras—.
Pero si tengo una vista a primera hora en el juzgado…
¿Cómo pretendes que vaya a litigar en minifalda?
¿No quieres que lleve bragas? Al juez Aguirre le dará un infarto, no te imaginas cómo me mira ese viejo…
Si pudiera, en un receso me follaría en su despacho.
Escucharla me provocó una oleada de rabia, un deseo ciego de golpear la pared y gritarle que se callara, pero en ese mismo instante sufrí una sacudida completamente desconcertante.
Noté que estaba empalmado. Una intensa pulsación recorrió mi entrepierna y la sangre fluyó hacia allí con una violencia indomable.
Sentí una profunda vergüenza de mí mismo, una náusea moral que me asfixió. Intenté convencerme de que era un efecto residual del alcohol, una reacción puramente fisiológica ante la crudeza de la situación.
Me levanté de la cama, impulsado por una fuerza morbosa y enferma que anuló cualquier rastro de dignidad.
Crucé el pasillo descalzo, levitando sobre las baldosas frías, y pegué la oreja a la madera de su puerta.
Lo que llegó al otro lado no fue una frase, sino un lamento húmedo, rítmico, el roce inconfundible de las sábanas agitándose.
Mi mujer se estaba masturbando para otro hombre.
Giré el picaporte despacio y abrí la puerta a medias. No dije nada. Me quedé estático, plantado en el umbral, con el pecho agitado.
Carmen ni siquiera se inmutó. Estaba tendida bocarriba en mitad de la cama, completamente desnuda, con las piernas abiertas en una postura de absoluta entrega.
Tenía encendida la luz de la mesilla. Con la mano izquierda sostenía el teléfono móvil en alto, inclinando la pantalla para que el objetivo captara el ángulo más explícito de su intimidad; con la mano derecha, hundía dos dedos.
Me miró fijamente a los ojos sin detener el movimiento de su mano.
No hubo sorpresa, ni miedo, ni rastro del pudor.
Con una frialdad despectiva, desvió los ojos hacia abajo, clavando la vista en mis calzoncillos, donde mi bulto se marcaba de forma obscena y evidente.
Una sonrisa socarrona, cínica y triunfal le deformó los labios al comprobar el efecto que su degradación causaba en mí.
—¿Te gusta, mi amor? Dime cuánto te gusta mi conejito —gimió en voz alta.
Mientras hablaba con aquel extraño, Carmen me sostenía la mirada.
El dolor y el morbo se mezclaron en mi cabeza en un cóctel insoportable.
Perdiendo el último reducto de amor propio, me bajé los calzoncillos hasta la mitad de mis muslos y comencé a masturbarme allí mismo, de pie, apoyado contra el marco de la puerta, devorando con los ojos cada espasmo de su cuerpo.
De repente, Carmen activó el altavoz del teléfono. La voz de ese hombre era autoritaria, firme, grave y terriblemente segura de sí misma. No había vacilación en sus órdenes:
—Vamos, puta… muévete más rápido. Quiero ver cómo te corres para mí. Abre bien esas piernas.
Al escucharlo, una verdad helada me atravesó el corazón: cuando ese desconocido llamaba puta a mi mujer, a ella no le importaba; al contrario, la excitaba hasta el delirio. Escuchar aquel insulto hizo que Carmen arqueara la espalda sobre el colchón y hundiera los dedos aún más al fondo.
—Joder… estoy casi a punto —dijo con una voz entrecortada.
—Mañana vas a salir de casa con la minifalda vaquera y sin bragas…
—Sí… —respondió Carmen en un gemido largo—. Lo haré.
—¿Y por qué vas a hacerlo?
—Porque si tú me lo pides, tengo que complacerte. Soy tuya… —respondió mi esposa, mirándome a los ojos como si me estuviera retando—. Soy solo tuya. Tu puta.
Aquella última frase me arrastró al abismo. La combinación visual de sus dedos mojados moviéndose dentro de ella, las órdenes humillantes del extraño y la mirada de desprecio desafiante que Carmen mantenía sobre mí aceleraron mi propio final.
Traté de aguantar, pero no pude. En unos pocos movimientos rápidos, me corrí. La eyaculación brotó con fuerza, densa, ensuciándome la mano y cayendo pesadamente al suelo del pasillo.
En cuanto la tensión física abandonó mi cuerpo, la vergüenza y la culpa me golpearon con la fuerza de un mazo.
Me subí los calzoncillos en silencio, sintiéndome la criatura más miserable y ridícula del planeta.
Sin articular una sola palabra, di un paso hacia atrás, cerré la puerta y regresé a esconderme en la oscuridad de mi cuarto.
Me limpié con un pañuelo de papel y me tiré bocarriba en la cama.
El alcohol ya había desaparecido por completo.
La lucidez de la madrugada me devolvió la realidad con una nitidez insoportable.
A través del tabique, la pesadilla continuaba: los gemidos de Carmen se volvieron más intensos, más rápidos y desesperados, hasta que un grito ahogado me confirmó que acababa de alcanzar el orgasmo para el hombre del teléfono.
Me tapé la cara con ambas manos, encogido sobre el colchón, aplastado por una humillación asfixiante que sabía que nunca, mientras viviera, lograría quitarme de encima.