Capítulo 23
Nunca me había gustado conducir de noche. La oscuridad siempre conseguía ponerme nerviosa. Pero Julián había bebido más de la cuenta y no me había quedado más remedio que ponerme al volante.
Estaba tensa, porque, al contrario que los días anteriores, sabía que el silencio no duraría mucho. No me equivoqué. Sabía cómo el alcohol transformaba el carácter pausado y sosegado de mi esposo en una bilis mezquina, por eso me irritaba tanto verlo beber como un cerdo.
—¿No crees que ese vestido es demasiado corto para una fiesta de cumpleaños? Aunque supongo que te da igual ir enseñando las piernas, si total… ya estás acostumbrada a abrirlas por ahí.
Conté hasta tres antes de responder, intentando calmarme y centrarme únicamente en la conducción.
No quería formar una escena, al menos hasta que llegáramos a casa…
pero aun así no iba a consentir que me insultara.
Lo conocía demasiado bien para saber que, de no frenarlo en seco ahora, sus ataques no harían más que escalar.
—Cállate, Julián. Estás borracho. Tengamos la fiesta en paz.
Mi voz, a pesar del desgaste acumulado desde el día en que me descubrió en plena videollamada con Alberto y de las noches en blanco que le siguieron, cortó el aire del coche con una firmeza inesperada.
—En eso tienes toda la razón, estoy como una puta cuba —rió con una amargura que me heló la sangre—. Lo suficientemente borracho para dejar de hacerme el idiota.
Giró lentamente la cabeza hacia mí.
—¿Sigues viéndolo?
No respondí. El asfalto parecía tragarse los faros delanteros mientras el motor rugía en silencio.
—¿Te lo sigues follando, cariño?
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula, conteniendo el impulso de estampar el coche contra el primer guardarraíl que apareciera en la carretera.
—No pienso hablar de eso contigo. Si lo hacemos mañana tranquilamente, cuando te levantes —traté de hacerlo razonar—. Eres tú el que llevas rehuyendo el tema durante días.
Se echó hacia atrás en el asiento.
—¿Y puedo saber quién es?
Durante unos segundos solo se escuchó el ruido del motor. Tardé en responder. El eco de su pregunta no terminaba de diluirse.
—¿Qué más da quién sea? Eso no importa —contesté finalmente, sin apartar la vista de la carretera.
Julián cerró el puño y descargó un puñetazo brutal contra el salpicadero.
El estruendo estalló en el interior del coche y di un respingo. Durante un instante, el volante se desvió apenas unos centímetros, los suficientes para que las ruedas mordieran la cuneta. El traqueteo de la grava golpeando los bajos resonó como una advertencia.
Se me heló la sangre.
—¿Que no me importa? —bramó—. ¡Sigues siendo mi mujer, maldita sea!
Las palabras me golpearon con una fuerza inesperada. Odiaba admitirlo, pero una parte de mí seguía necesitando escuchar que todavía le importaba.
Llevaba un vestido corto que me llegaba unos centímetros por encima de las rodillas. Cada vez que pisaba el embrague o estiraba la pierna para alcanzar el acelerador, el bajo ascendía un poco más sobre mis muslos.
Me di cuenta de cómo Julián, pese a su enfado, seguía cada uno de aquellos gestos. No necesitaba girar la cabeza para saber dónde tenía los ojos. Después de veinte años, continuaba mirándome con el mismo deseo que el primer día.
Aquello me provocó una punzada de culpa.
No porque me molestara que aún me deseara, sino porque yo ya no era capaz de corresponder a esa mirada.
Levantó lentamente la mano. Durante una décima de segundo pensé que iba a arrepentirse. No lo hizo.
Sus dedos rozaron mi rodilla y comenzaron a subir muy despacio por mi muslo. Fue un gesto vacilante. Como si quisiera comprobar que todavía le pertenecía una pequeña parte de mí.
Le di un fuerte manotazo.
—¿Qué coño estás haciendo?
Julián retiró la mano despacio. No respondió inmediatamente. Solo se quedó mirándome. Había más tristeza que rabia en aquellos ojos.
—Es curioso, hace unos días todavía podía hacer ese gesto sin que te molestara.
La frase quedó suspendida entre los dos.
Me obligué a seguir mirando la carretera.
—Lo último que quiero es haceros daño a ti y a Clara. Pero será mejor que no compliques más las cosas —respondí tratando de serenarme.
—¿Complicarlas? —arqueó las cejas—. Las complicaste tú el día que decidiste acostarte con otro. Porque no creo que todo quedara en una videollamada, ¿no es cierto, Carmen? Tú, si te lanzas a por algo, lo haces de lleno.
Sentí un nudo en la garganta. No quería discutir. No aquella noche estando borracho. Decidí cambiar de estrategia y no ponerme a la defensiva.
—Me has estado avergonzando durante todo el día —dije, incapaz de contenerme más—. Ha sido bochornoso verte beber delante de mi familia. Te has comportado como un imbécil.
Él volvió a reír.
—Me la suda toda tu familia. Son una panda de hipócritas —escupió, dejándose caer aún más en el asiento, con las piernas abiertas y una sonrisa torcida—.
Tu padre es un gilipollas. Un especulador de mierda que se cree el puto emperador del mundo.
Y tus hermanos… ellos son tan inútiles que necesitan que alguien se la sacuda cuando terminan de mear.
Soltó una carcajada áspera, cargada de rabia. Cada palabra rezumaba resentimiento.
—La única que merece la pena salvarse en esa maldita familia es a tu madre —escupió, recorriéndome el cuerpo de arriba abajo con una mirada densa y babosa antes de arquear los labios en una mueca de burla—.
Joder… la vieja todavía está para empotrarla contra la pared.
Menudas piernas que gasta la señora. De hecho, juraría que hoy me ha estado provocando aposta; tenía que habérmela follado arriba en su cuarto.
Tiene toda la pinta de que sabe cómo desfogar a un hombre.
Sería justicia poética, ¿no crees? Que ella me diera un poco de lo mismo que tú vas repartiendo por ahí con tu amiguito.
Su risa, ronca, pastosa y empapada de whisky, me produjo una náusea instantánea. Tuve que girar la cabeza, asqueada, para no enfrentarme a aquella mueca deformada por el alcohol y el rencor.
—Vete a la mierda, Julián. Das pena... —Volví a contar hasta tres, intentando recuperar el control—. Estás tan borracho que ya ni eres consciente de la basura que sale por tu boca.
Él giró despacio la cabeza hacia mí. La rabia había desaparecido de su rostro. Lo que vi fue mucho peor.
Cuando habló, su voz sonó baja, pausada, helada.
—Claro... Es mucho más fácil que tu familia piense que soy un borracho. Así nadie descubrirá que la que no es tan perfecta como aparenta eres tú.
Volvió a golpear el salpicadero.
—¿Qué pensaría papá de ti? —preguntó, imitando con burla el tono solemne de mi padre—. ¿Qué haría si descubriera que su princesita perfecta no es más que una puta?
—¿Y cuál se supone que es la verdad, según tú? —pregunté, apartando un instante la vista de la carretera para clavar mis ojos en los suyos.
Sentí cómo la rabia me quemaba por dentro.
—No soy ninguna puta.
Una mueca torcida le deformó el rostro.
—¿Ah, no?
—Yo no tengo la culpa de que seas incapaz de mojarme las bragas. Tenía razón papá cuando decía que no estabas a mi altura. Y tú sabes que no lo estás… nunca lo has estado…
Durante un segundo, el silencio se hizo insoportable. Su sonrisa desapareció de golpe. Aquellas palabras le habían golpeado mucho más fuerte que cualquier insulto.
Apreté con más fuerza el volante, sintiendo cómo los ojos empezaban a humedecérseme.
No iba a llorar delante de él. No esa noche. Aceleré ligeramente. Solo quería llegar a casa y que ese día terminara de una maldita vez.