Capítulo 22
Habían pasado varios días desde aquella fatídica noche en la que me di cuenta de que mi esposa escondía secretos que jamás hubiera imaginado. No hablamos del tema. Ni un solo comentario.
Era como si ambos hubiéramos firmado un pacto silencioso. Pero la herida entre nosotros estaba abierta.
Solo hablábamos cuando Clara estaba delante, y únicamente para lo imprescindible.
—¿Llevaste a la niña a natación?
—Sí.
—¿Puedes mañana pasarte por la tintorería?
—Lo intentaré.
Nada más.
Las conversaciones terminaban antes incluso de empezar.
La casa seguía funcionando exactamente igual que siempre, pero había dejado de parecer un hogar.
Continuaba preparando la cena cada noche. Era incapaz de dejar de hacerlo. Sin embargo, ya no esperaba a Carmen. Clara y yo cenábamos a nuestra hora, recogíamos la cocina y, cuando ella llegaba, encontraba el plato tapado en el horno.
Tampoco volví a prepararle el café por las mañanas.
Me levantaba cuando ella ya se había marchado. No quería verla. No porque la odiara. Porque todavía no sabía cómo mirarla.
Seguía entrando en nuestro dormitorio para recoger la habitación antes de ir a trabajar, aunque ya no lo hacía con el mismo entusiasmo de antes.
El desorden continuaba siendo el mismo. Los tacones en cualquier rincón. El vestido abandonado sobre una silla. La ropa interior tirada junto a la cama. Pero algo había cambiado.
Ya no acariciaba distraídamente sus vestidos mientras los colgaba. Ya no me detenía a respirar el perfume que quedaba en la ropa. Ahora recogía todo deprisa. Como quien limpia una habitación de un hotel. Sin pensar demasiado.
Clara fue la primera en darse cuenta de que algo no iba bien.
—Papá... ¿Os ocurre algo a mamá y a ti?
Negué con una sonrisa que ni yo mismo me creí.
—Claro que no.
—Pues ya no habláis como antes.
—Hija, los mayores también discutimos de vez en cuando.
—¿Y se os pasará?
Le acaricié el pelo.
—No te preocupes. Solo es una mala racha.
Mentí.
—No quiero que os divorciéis nunca. Tienes que prometerlo. Los padres de Amalia se han divorciado y ahora vive sola con su madre.
Aquellas palabras se me clavaron en el alma y me anclé a ellas para esconder mi propia cobardía, repitiéndome que aguantaba aquello por mi hija. Cuando en el fondo sabía que no era cierto.
Carmen empezó a llegar todavía más tarde cada noche. No sabía si realmente estaba trabajando o si a esas horas quedaba con el hombre del teléfono.
Y aquella duda terminó convirtiéndose en una obsesión. Bastaba que mirara el reloj para preguntarme dónde estaría. ¿Con quién? ¿Haciendo qué? La imaginaba de todas las formas y cada cual más obscena.
El sábado llegó el cumpleaños de mi suegro. Setenta años. Una celebración por todo lo alto en el jardín de su lujosa mansión. Más de doscientos invitados. Empresarios. Abogados. Políticos…
Gente que llevaba toda la vida moviéndose en un mundo al que yo nunca terminé de pertenecer. Carmen, Clara y yo llegamos juntos. A ojos de cualquiera, parecíamos los de siempre. Pero no lo éramos.
Ella caminaba unos pasos por delante, saludando a unos y a otros con esa elegancia natural que siempre había despertado admiración. Yo iba detrás. Sonriendo. Dando la mano. Aceptando abrazos. Representando un papel que empezaba a pesarme demasiado.
Nunca me había sentido completamente integrado en su familia. Pero aquella tarde la distancia era mayor que nunca. Mientras los demás reían y brindaban, nosotros apenas cruzábamos alguna mirada. Y cuando lo hacíamos, los dos apartábamos los ojos casi al instante.
Fue Marisa, mi suegra, quien terminó acercándose. Esperó a encontrarme solo junto al improvisado bar del jardín. Cogía una copa de whisky cuando noté su mano apoyarse con delicadeza sobre mi brazo.
—¿Julián?
Me giré. Ella sonreía. Pero era una sonrisa preocupada.
—¿Pasa algo?
Intenté aparentar normalidad.
—¿Por qué lo dices?
—Os llevo observando toda la tarde. Y tanto a mi hija como a ti os noto muy distanciados.
Bajé la vista hacia la copa.
—No sé a qué se refiere, debe de haber interpretado mal algún gesto. Carmen y yo estamos mejor que nunca.
Ella movió la cabeza, dejándome claro que mi respuesta no la había convencido.
—Ha sido mi hija, ¿verdad?
Intenté no temblar.
—Ya le he dicho que estamos bien —dije, sintiendo que la voz me fallaba al intentar sostenerle la mirada.
La mujer soltó un suspiro lento.
—¿Crees que yo no he pasado por eso? —preguntó con una risa amarga—. La primera vez que me enteré de que Álvaro tenía una amante…
Se calló un instante, sirviéndose un trago corto de whisky de la botella que tenía sobre la mesa auxiliar. El hielo chocó contra el cristal con un sonido seco, casi tan frío como la expresión que de repente se dibujó en su rostro.
—Creía que se me rompería el corazón. Sentí la misma náusea, el mismo asco que tienes tú ahora mismo en la boca. Y lo peor no fue descubrir que el muy hijo de puta me engañaba… lo peor fue no saber qué tenía que hacer. Carmen aún no había nacido, mientras que Jaime y Víctor eran muy pequeños.
Me miró fijamente, con unos ojos oscuros que parecían leer cada rincón de mi humillación.
—¿Y sabes qué hice? ¿Sabes cómo reaccioné? —Se humedeció los labios antes de continuar, como si disfrutara al recordar cada detalle—. Al principio, igual que tú: con la rabia atragantada, con ganas de romperlo todo y largarme de casa con la cabeza bien alta.
Hizo una pausa, sosteniéndome la mirada sin pestañear. Después dejó escapar una risa baja, casi ronca.
—Pero ya ves… aquí me tienes. Decidí dejar de hacer el papel de víctima.
Me repetí una y otra vez aquello de ojo por ojo, diente por diente.
Busqué a alguien muy cercano a Álvaro. Alguien capaz de hacerme sentir deseada otra vez, de arrancarme aquella rabia a besos y caricias...
y, sobre todo, de recordarme que el problema nunca había sido yo.
Una sonrisa ladeada curvó sus labios mientras jugueteaba distraídamente con el borde de su copa.
—Créeme cuando te digo que no hay mejor medicina para una infidelidad que descubrir que todavía eres capaz de volver loco a otro hombre.
Apoyó la copa, inclinándose un poco hacia mí con una cercanía peligrosa, casi asfixiante. Su perfume se mezcló con el alcohol del ambiente. Extendió la mano y, con una lentitud deliberada, rozó con las yemas de los dedos el dorso de mi mano, que seguía aferrada al vaso.
—Marisa... —la interrumpí—. Solo hemos discutido por una tontería de la casa. Tu hija se ha empeñado en cambiar el suelo y las puertas, y ya sabes lo cabezota que puede llegar a ser.
La atmósfera cambió de repente; lo noté en cómo el brillo de sus ojos se apagó de golpe.
Por un instante tuve la impresión de que se arrepentía de haber hablado más de la cuenta.
Marisa recuperó al momento la compostura.
La sonrisa se borró de sus labios y, con la misma naturalidad con la que se había dejado llevar, volvió a ser la suegra correcta, elegante e impecable que siempre había conocido.
—¿Solo eso?
Asentí.
—Sí.
Ella permaneció unos segundos en silencio, evaluándome con una frialdad turbadora antes de que la máscara social volviera a encajar del todo en su sitio. Después me acarició el hombro con el mismo cariño impostado con el que lo habría hecho mi propia madre.
—Las discusiones pasan y los problemas también. Hazme caso. No hay herida que no cicatrice. Te lo digo por experiencia.
Sonreí, sintiendo el rictus tenso en los labios.
—No se preocupe. Todo se arreglará.
No sé si me creyó, pero se alejó dejándome con la piel erizada y la certeza absoluta de que en aquella familia el veneno corría por las venas de todos.
Me fijé en ella. Mi suegra era algunos años más joven que su marido y, pese al paso del tiempo, seguía siendo una mujer atractiva. Vestía con distinción y sabía realzar sus virtudes sin caer en la ostentación. Cada día encontraba más parecido entre ella y Carmen.
A lo largo de la tarde sorprendí varias veces a Carmen mirando el teléfono. Apenas vibraba, lo desbloqueaba. Leía. Sonreía levemente. Incluso en una ocasión se apartó hacia la entrada buscando más intimidad para responder una llamada.
Intenté convencerme de que no tenía que ser quien yo sospechaba. Pero ya no confiaba ni en mis propios pensamientos. De unos días para acá, todo había comenzado a parecerme sospechoso. Me estaba volviendo paranoico, intentando imaginar quién podría ser el amante de mi esposa.
Después de la cena, Clara apareció corriendo con una sonrisa de oreja a oreja.
—Papá, me voy a quedar a dormir.
La miré sin entender.
—¿Dormir dónde?
—Aquí, en casa de los abuelos.
—¿Aquí?
—Sí. Mis primas también se quedan.
Negué con suavidad.
—No has traído ropa.
—La abuela me dejará una camiseta para dormir.
—Otro día, cariño. No es un buen momento.
Mi absurda respuesta en realidad era una súplica.
Mi hija ya no era una niña; tenía dieciocho años.
Pero yo no me atrevía a quedarme a solas con su madre.
No, después de todo lo que había pasado.
Dormir en habitaciones separadas se había convertido también para mí en un alivio.
Sin embargo, solo pensar en el viaje de vuelta me angustiaba.
Veinte minutos encerrados en el mismo coche, sin posibilidad de escapar, con un silencio incómodo o una conversación forzada como únicas alternativas.
—No te lo estoy preguntando… —soltó, mirándome con lástima—. No sé qué es lo que te ocurre últimamente, papá, pero estás insoportable y no hay quien te aguante.
—He dicho que no. No seas pesada y déjame en paz —grité, fuera de mí.
Fue el alcohol el que me hizo alzar la voz.
Clara me miró contrariada.
La vi alejarse hacia Carmen. Hablaron apenas unos segundos. Mi mujer levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron durante un instante. Después asintió.
Clara dio un pequeño salto de alegría y salió corriendo hacia sus primas. No hizo falta que Carmen me dijera nada. Ya sabía cuál había sido su respuesta.
Sentí que acababa de perder incluso la poca autoridad que me quedaba como padre. Me acerqué a la mesa de las bebidas. Llené una copa de whisky. Me la bebí de un trago. Después serví otra. Y más tarde otra más.
Notaba los pies extrañamente ligeros. La cabeza empezaba a embotarse, pero el dolor había desaparecido.
Y, por primera vez desde que todo había empezado, comprendí que aquella noche no tenía ninguna prisa por volver a casa.