Capítulo 21
El portazo todavía retumbaba en la casa.
Permanecí inmóvil sobre la cama, incapaz de reaccionar. El teléfono seguía en mi mano. La pantalla permanecía encendida, pero ni siquiera era consciente de ello.
Lo dejé caer sobre el colchón. Después me quedé mirando la puerta. Durante unos segundos no fui capaz de mover un solo músculo.
Acababa de verme.
No había imaginado aquella escena. No había sospechado nada. Me había visto. Completamente desnuda. Exhibiéndome para otro hombre.
Una oleada de vergüenza me golpeó con tanta fuerza que tuve que llevarme las manos a la cara.
«¿Qué he hecho…?»
Me incorporé despacio y recogí el camisón que había quedado tirado junto a la cama. Me lo puse casi a ciegas, temblando.
Pensé en ir detrás de mi esposo. Llamar a la puerta de su habitación. Pedirle perdón. Explicarle que ni yo misma entendía cómo había llegado hasta allí.
Di dos pasos. Me detuve con la mano sobre el picaporte. No. No había explicación posible.
¿Cómo iba a mirar a Julián a los ojos después de que acabara de verme tocándome para otro?
Me sentía ridícula. Sucia. Profundamente avergonzada.
Retrocedí hasta la cama y me dejé caer sobre el colchón. No lloré. Ni siquiera me salían las lágrimas. Solo podía revivir una y otra vez la expresión de Julián al abrir la puerta.
No era rabia. Era algo mucho peor.
Había visto cómo el hombre que más confiaba en mí dejaba de reconocer a la mujer con la que llevaba media vida. Aquella imagen me persiguió durante toda la noche. No pegué ojo.
Cada vez que cerraba los párpados volvía a ver su cara. Y comprendí que mi matrimonio se hundió en el mismo instante en que nuestros ojos se cruzaron.
Cuando sonó el despertador, estaba aletargada.
Había pasado toda la noche preparando la conversación que tendría con Julián al levantarme.
Ensayé decenas de veces las primeras palabras.
«Lo siento. Déjame explicártelo. No sé qué me está pasando». « Sentía que ya no podía gustarle a ningún otro hombre que no fueras tú».
Ninguna servía.
Me di una ducha rápida y me vestí a toda prisa. Unos pantalones vaqueros ajustados y una camiseta. La ropa que me pondría un sábado para salir de tiendas o a caminar, pero nunca para trabajar.
Respiré hondo antes de abrir la puerta del dormitorio. Las piernas me temblaban. Estaba convencida de que lo encontraría en la cocina, preparando el café como cada mañana.
Imaginaba su mirada. Su silencio. Incluso que me gritara. Ojalá me gritara, sin duda me lo merecía.
Cualquier cosa me parecía más fácil que aquella incertidumbre. Pero cuando entré en la cocina... No estaba. La cafetera seguía apagada. Su taza permanecía dentro del armario.
Durante un instante sentí alivio. No tendría que enfrentarme a él. Todavía no. Sin embargo, aquella sensación desapareció casi al momento.
Preparé el café mecánicamente. Era la primera vez en veinte años que aquella cocina me parecía ajena.
Bebí dos sorbos sin sentarme siquiera. Miré el móvil varias veces. Ningún mensaje. Ninguna llamada. Nada.
Y comprendí que el silencio de Julián empezaba a dolerme mucho más que cualquier reproche que pudiera haberme hecho.
Antes de salir hacia el bufete, me quedé unos segundos junto a la puerta. No sabía si volvería a verlo aquella noche. No sabía si regresaría antes que yo para recoger sus cosas. Ni si, en algún momento del día, sonaría el teléfono para decirme las palabras que llevaba horas esperando.
«Quiero divorciarme. No quiero volver a verte nunca más».
Pensé en Clara. En el daño que iba a hacerle. Y pensé en Julián. Lo quería. De eso no tenía ninguna duda.
Pero también comprendí, con una tristeza inmensa, que quererlo ya no era suficiente para mí.