La Esposa Compartida Capítulo 20
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Capítulo 20

Decidí acostarme.

Hacía ya más de una hora y media que Carmen se había ido a dormir. La puerta de su dormitorio seguía cerrada, convertida en una frontera de madera que separaba dos vidas que hasta hacía muy poco habían compartido las mismas inquietudes.

Me la imaginé profundamente dormida. Seguramente agotada por el trabajo o por los preparativos del cumpleaños de su padre. Conocía bien la presión que suponían para ella los compromisos familiares.

Apagué la luz y me metí entre las sábanas.

Desde que dormíamos en habitaciones separadas, me costaba cada vez más conciliar el sueño. No me acostumbraba a esa separación forzada por culpa de mis molestos ronquidos.

No debía de llevar ni cinco minutos acostado cuando escuché un murmullo. Al principio pensé que me habría dejado la televisión de la sala encendida. Permanecí inmóvil, intentando distinguir si realmente había oído algo.

Entonces volvió. Una risa. Suave. Ahogada. Inconfundible.

Abrí los ojos.

Venía de la habitación de Carmen.

Me incorporé lentamente sobre la cama y contuve la respiración. Bajé los pies al suelo y caminé descalzo hasta el tabique que separaba ambos dormitorios.

Apoyé la oreja. Durante unos segundos no escuché nada. Después…

—Anda… no seas tonto. Tampoco son para tanto.

La voz de Carmen llegó amortiguada, seguida de una risa que hacía muchísimo tiempo que no le escuchaba.

No era una risa educada. Ni una carcajada de compromiso. Era una risa íntima. Cómplice. Sentí una punzada desagradable en el estómago.

Intenté no ponerme como siempre en lo peor y convencerme de que estaría hablando con alguna amiga, con una de sus cuñadas o con su madre. Pero había algo en el tono... Algo que no encajaba.

Volví a pegar la oreja a la pared. El corazón me golpeaba con tanta fuerza que apenas conseguía escuchar. Entonces llegaron otras palabras.

—Espera, no seas tan ansioso.

Noté un vacío en el pecho. Fue una sensación física. Como si alguien me hubiera arrancado el aire de los pulmones. Durante unos segundos dejé de pensar. Solo existía aquella voz al otro lado del tabique.

Y después volvió a reír.

Aquella risa terminó de romper algo dentro de mí.

Hacía años que no la oía tan divertida conmigo.

Sentí celos. Unos celos desesperados, mezclados con una envidia absurda hacia la persona que estaba al otro lado del teléfono.

Quienquiera que fuese... Había conseguido devolverle una alegría que yo llevaba demasiado tiempo sin saber despertar.

Volví a escucharla. Esta vez apenas era un susurro. No distinguí todas las palabras. Solo algunas.

“...cariño..."

"...sí..."

"...estoy..."

Y entonces llegó la frase que terminó de derrumbarme.

—¿Te gustan mis tetitas?

No necesité oír nada más. Me aparté de la pared como si acabara de quemarme. Todo mi cuerpo empezó a temblar. Negué con la cabeza una y otra vez. No. No podía ser. No, Carmen. No ella.

Salí al pasillo casi sin darme cuenta. No caminaba. Avanzaba por puro instinto, como si flotara. Llegué hasta su puerta. Mi mano temblaba tanto sobre el picaporte que tardé varios segundos en conseguir girarlo.

Abrí de golpe.

La luz tenue de la mesilla iluminaba el dormitorio. Carmen estaba completamente desnuda sobre la cama. Sostenía el teléfono con los brazos extendidos, enfocándose el cuerpo.

Nuestros ojos se encontraron. Durante unos segundos ninguno de los dos respiró.

Ella fue la primera en reaccionar.

—Perdona… tengo que dejarte…

Colgó precipitadamente.

Después bajó el teléfono y cruzó los brazos sobre el pecho, como si aquel gesto pudiera devolverle de golpe el pudor que ya había perdido.

Intenté decir algo. Cualquier cosa. Un insulto. Su nombre. Una pregunta. Pero no salió ninguna palabra. Sentía el pecho completamente bloqueado. El aire no entraba. La habitación comenzó a dar vueltas a mi alrededor.

Retrocedí un paso. Después, otro. Y cerré la puerta de un portazo tan violento que toda la casa pareció estremecerse.

Regresé a mi habitación sin saber cómo. Me dejé caer sobre la cama. Esperé. Esperé cinco minutos. Diez. Quince. Estaba convencido de que aparecería. Que cruzaría el pasillo. Que llamaría a mi puerta. Que me pediría perdón o por lo menos intentaría explicarlo. Aunque fuera con una mentira.

Pero no vino. Y aquella ausencia terminó de decirme todo lo que necesitaba saber.

No dormí un solo minuto en toda la noche. Permanecí inmóvil, mirando el techo mientras mi vida se desmoronaba pieza a pieza.

Pensé en Clara. En cómo iba a decirle que sus padres se separaban. Pensé en mis suegros. En mis padres. En nuestros amigos. En todo lo que desaparecería al día siguiente.

La casa. El trabajo. La familia. La vida que llevaba veinte años construyendo. Todo dependía de ella. Y esa certeza me humilló más que la propia infidelidad.

Fue entonces cuando el dolor empezó a transformarse en otra cosa. En una rabia espesa. Oscura. Recordé cada retraso, cada excusa, cada noche en la que decía estar agotada.

Empecé a preguntarme desde cuándo llevaba engañándome. ¿Cuántas veces habría vuelto a casa después de acostarse con otro mientras yo la esperaba con la cena preparada?

Cerré los ojos. Sentía un sabor amargo en la boca.

—Puta… —murmuré en la oscuridad—. No eres más que una puta. Por eso me has echado de la cama.

Y, sin embargo, lo que más me destrozaba no era haberla perdido. Era descubrir que seguía queriéndola incluso después de haber visto cómo me destruía.