Capítulo 19 #3
Hablamos de todo. El tono de su voz ya no buscaba doblegarme; ahora era cálido, confidente, el refugio perfecto donde desnudarme por dentro.
Sentirme tan segura entre sus brazos, después de haber estado a su merced contra la puerta, abrió una presa en mi interior.
Le conté cosas que jamás le había contado a nadie. Ni siquiera a mi esposo…
Le hablé de mi familia. De la relación tan estrecha que siempre tuve con mi padre.
De cómo su princesita, la niña de sus ojos, estaba destinada a casarse con algún político, un millonario o, tal vez, de un prestigioso empresario.
Y de cómo, de la noche a la mañana, me convertí en su mayor decepción el día que le anuncié que iba a casarme con Julián, un camarero al que había conocido durante un verano loco en el club de hípica.
Alberto me escuchaba en silencio, acariciándome el pelo con los dedos, entrelazando mis mechones con una delicadeza que me transmitía una paz absoluta. De vez en cuando me besaba los labios, haciéndome sentir la mujer más especial y protegida del mundo.
—Seguro que no fue nada fácil para ti dejar de ser la niña de papá para convertirte en la espléndida mujer que eres hoy en día, Carmen —susurró con una suavidad que me erizó la piel.
—¿Una «espléndida mujer»? —pregunté con sorna—. Si de verdad lo fuera estaría ahora en casa con mi familia y no desnuda en la cama de un hotel...
Sus labios recorrieron mi piel hasta dar con mi pecho, deteniéndose en uno y después en el otro con una pausa deliberada. Aquella caricia contenía una extraña paradoja: un gesto de una delicadeza casi sagrada, como si intentara mitigar con ternura el peso de la realidad al que acababa de arrojarme.
—Las mujeres más interesantes no son las que obedecen las reglas de lo establecido socialmente, sino las que tienen el valor de arder por lo que desean —replicó con voz firme, casi magnética—. Tu entrega a mí es voluntaria, y eso te hace aún más libre.
Me acurruqué más contra él, escondiendo el rostro en su cuello, completamente desarmada.
En menos de una hora, Alberto me había arrodillado, fotografiado como a una cualquiera, poseído con rabia y, ahora, me devolvía la dignidad haciéndome sentir única.
Y lo peor de todo, lo que me daba auténtico pánico mientras escuchaba los latidos acompasados de su corazón, era que esa mezcla de sumisión y adoración me estaba volviendo completamente adictiva.
Tras ese instante de aparente ternura, Alberto volvió a poseerme. Lo hizo de nuevo con una pasión demoledora, demostrándome que mi cuerpo podía encadenar un orgasmo tras otro hasta perder la cuenta.
Después, la magia se rompió con la misma rapidez con la que había empezado.
Se vistió deprisa, como si de pronto hubiera recordado que tenía un asunto urgente que atender.
Yo me quedé desnuda, tendida en la cama, observando en silencio cómo se subía los pantalones, se abrochaba la camisa y se anudaba la corbata.
Se inclinó sobre mí, me dio un beso rápido en los labios y murmuró una promesa antes de salir:
—A la noche te llamo.
Cuando escuché el clic de la puerta al cerrarse, me estiré sobre las sábanas, sintiendo su semen caliente escurriéndose por mi entrepierna. Miré el reloj de mi muñeca y ahogué un grito; era mucho más tarde de lo que pensaba.
Me levanté de un golpe y busqué mis bragas por el suelo. Estaban abandonadas en una esquina, completamente rotas por la fuerza de sus manos. Las tiré al fondo de la papelera, sintiendo un escalofrío, y me puse la falda directamente sobre la piel desnuda.
Me atusé el pelo frente al espejo, intentando borrar el rastro de la devastación del placer en mi rostro.
Fue entonces cuando las vi: las marcas violáceas de sus besos marcando mi cuello y la huella enrojecida de sus dedos impresa sobre mi piel pálida.
El recuerdo de sus azotes todavía me ardía en las nalgas.
Cuando bajé a la recepción, me costó mantener la barbilla alta. Sentía que cada uno de los huéspedes que me cruzaba me miraba de forma distinta, como si todos supieran que era una mujer infiel.
La culpa me oprimía el pecho, un peso denso y asfixiante, pero mientras cruzaba el vestíbulo hacia la salida, una certeza aún más oscura se apoderó de mí: sabía, con aterradora seguridad, que volvería a caer. Quedaría con él cada vez que me llamara, sin importarme las consecuencias.
Durante el trayecto en coche hacia casa, mi mente se convirtió en un torbellino, ensayando una y otra vez la excusa perfecta para justificar mi retraso: una reunión de última hora, un cliente difícil, el tráfico insoportable... Yo que sé… tenía que ser más rápida.
Cuando por fin abrí la puerta de casa, el silencio cotidiano me golpeó como un jarro de agua fría.
Clara y Julián estaban en el comedor; ya habían terminado de cenar.
Al entrar, sentí la mirada de mi hija clavada en mí, fría y analítica, como si sus ojos fueran capaces de leer el secreto que traía escondido entre las piernas.
En cambio, Julián se levantó y me observó con la misma adoración de siempre, con esa mirada limpia y confiada que, en lugar de reconfortarme, me hizo sentir como el ser más despreciable del mundo.