La Esposa Compartida Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Perfecta —susurró, y esta vez escuché sus pasos acercarse hasta detenerse a escasos centímetros de mí.

Su olor me invadió—. La última. De rodillas en el suelo, Carmen.

Mírame desde abajo y suplícame que no le envíe esto a tu padre.

No creo que al viejo le hiciera sentir especialmente orgulloso de que te estés acostando conmigo.

Tu padre me odia, pero te aseguro que me respeta más que a tu marido.

El suelo de la suite me pareció el abismo más profundo, pero me dejé caer sobre las rodillas sin dudarlo un segundo. Le miré desde abajo, con los ojos empañados en lágrimas de pura excitación y miedo.

—Por favor, Alberto... no lo hagas —supliqué, con la voz rota, sabiendo que esa pérdida total de poder era lo más adictivo que había sentido en mi vida—. Haré todo… todo lo que tú quieras. Te lo prometo.

Clac.

—Preciosa.

Alberto guardó el teléfono en el bolsillo de su pantalón, me agarró del pelo con suavidad pero con una firmeza implacable y me obligó a levantarme del suelo de un tirón.

Me pegó a su cuerpo, y antes de que pudiera asimilar el dolor del tirón, me empujó de espaldas contra la madera de la puerta de la suite con una brutalidad que me arrancó un gemido salvaje.

No hubo preámbulos, ni caricias, ni el más mínimo rastro de ternura.

Me devoró los labios con una urgencia animal, metiéndome la lengua hasta el fondo mientras sus manos buscaban desesperadamente destrozar lo que me quedaba de ropa.

Escuché el crujido del encaje de mis bragas al rajarse cuando me las apartó hacia un lado de un tirón seco.

—Dios, Carmen… Estás empapada —gruñó contra mi boca, al notar la reacción de mi cuerpo ante su castigo.

Me obligó a girarme, aplastándome el pecho contra la madera fría de la puerta.

Me quedé a su merced, con las manos apoyadas en el marco, temblando de arriba abajo.

Escuché el sonido metálico de su cinturón al desabrocharse y el roce rápido de su cremallera.

La anticipación me estaba volviendo loca; me sentía la mujer más sucia y degradada del mundo, pero el placer de la sumisión absoluta me recorría las venas como un veneno letal.

Jamás hubiera sospechado que yo pudiera tener esos instintos.

Contuve el aliento y me preparé para recibirlo. Él empujó con fuerza. Dejándome sentir la entrada de su largo miembro centímetro a centímetro…

—Diossss —jadeé alargando la última letra, jamás me había sentido tan dilatada.

Fue como si me partiera en dos. El impacto fue tan salvaje que se me doblaron las rodillas, pero sus manos, hincándose como garras en mis caderas, me mantuvieron clavada en el sitio.

Empezó a embestirme con un ritmo frenético, golpeando mi trasero con rabia, una y otra vez, buscando alcanzar mi fondo.

El sonido de mi cuerpo chocando contra la puerta se debía de escuchar en el descansillo del hotel, mezclado con mis gemidos descontrolados y su respiración ronca pegada a mi oído.

—Eres mía —me susurró, tirándome del pelo hacia atrás para obligarme a arquear la espalda y recibirlo aún más adentro—. Di que eres mía, Carmen. Olvídate de tu casa. Eres mi puta ahora mismo.

—¡Sí... sí, soy tuya! —grité, perdiendo por completo el orgullo, entregada al vaivén salvaje que me estaba destrozando las entrañas.

La fricción era perfecta, dolorosa y placentera a la vez. Sentía la dureza de su miembro golpear el fondo en cada embestida, llevándome al borde de un orgasmo que me hacía llorar de gozo.

Mis dedos arañaban la madera buscando un punto de apoyo, con la cabeza dándome vueltas, completamente desarmada ante ese sexo sucio, urgente y prohibido.

La adrenalina de saber que estábamos en un hotel a plena luz del día, que esas fotos estaban en su móvil y que aquello destrozaría mi vida si salía a la luz, multiplicó el orgasmo que empezó a estallar en mi vientre.

Alberto aceleró el ritmo, dándolo todo, asfixiándome contra la puerta mientras sus embestidas se volvían más cortas, rápidas y brutales. Sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies cuando una oleada de espasmos salvajes me contrajo la vagina a su alrededor, haciéndome gritar su nombre.

—Alberto… Alberto…

Justo en ese instante, con un gruñido animal, él se hundió al máximo dentro de mí, vaciándose por completo, llenándome con una descarga caliente que me hizo temblar hasta el último músculo.

Nos quedamos así unos segundos, jadeando, unidos por el sexo, la humillación y el secreto, con mi frente apoyada en la madera y el corazón desbocado en el pecho.

Un rato después, estábamos desnudos en la cama, abrazados como si en vez de follar acabáramos de hacer el amor. La brutalidad del principio se había disipado, sustituida por una calma densa y protectora que me envolvía por completo.

Alberto estaba boca arriba, con un brazo bajo mi cabeza, atrayéndome hacia su costado con una delicadeza que me resultaba un regalo tras el castigo de antes.

Yo jugaba con el plateado y aterciopelado vello de su pecho, trazando círculos perezosos sobre su piel, besando sus pectorales con verdadera adoración al hombre que me acaba de regalar el orgasmo más intenso que había conocido.