La Esposa Compartida Capítulo 19
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Capítulo 19

Estaba terminando de escribir un informe en el ordenador cuando la pantalla del móvil se iluminó sobre la mesa de mi despacho.

Un único mensaje.

«Te espero en veinte minutos, en Luna Azul. Por cada minuto de retraso te haré una foto desnuda».

Me quedé inmóvil, releyendo aquellas dos frases mientras notaba cómo el pulso empezaba a acelerarse.

«¿Luna Azul?»

No tenía la menor idea de qué era aquello. Abrí el navegador y tecleé el nombre. Un pub escondido en un callejón del centro, a unos quince minutos andando desde el bufete.

Durante unos segundos me planteé no ir. Nadie podía obligarme a nada. Pero era mentira.

Las palabras de Alberto seguían resonando en mi cabeza con una autoridad inquietante.

Y lo peor era reconocer que el mensaje me había excitado.

La idea de ponerme completamente en sus manos, de entregarle incluso algo tan íntimo como una fotografía de mi cuerpo, me producía un vértigo difícil de explicar.

Debería haberme horrorizado. Sin embargo, una parte de mí llevaba toda la tarde esperando precisamente aquella sensación.

Salí del despacho sin despedirme de nadie.

Miré la hora. Tenía el tiempo justo. Dejé el coche en el parking de las oficinas y me fui caminando. Ya lo recogería a la vuelta; al menos así tendría unos minutos para pensar. Apagué el teléfono. No quería recibir ninguna inoportuna llamada de mi marido.

El Luna Azul resultó ser un pub de estética irlandesa, discreto y casi oculto entre dos edificios antiguos.

Al cruzar la puerta me envolvió el olor a madera envejecida, cerveza y cuero.

La luz era tenue, cálida, y el murmullo de las conversaciones convertía el local en un lugar perfecto para pasar desapercibido.

Lo encontré enseguida.

Estaba sentado en la barra, de espaldas a la entrada.

Vestía el mismo traje gris que había llevado aquella mañana, aunque ahora se había aflojado ligeramente la corbata y tenía la chaqueta abierta.

Aun así, seguía desprendiendo esa imagen de hombre exitoso que parecía acompañarlo incluso fuera del despacho.

Me acerqué despacio. No hizo falta que levantara la vista para saber que era yo. Sin girarse, levantó ligeramente la mano.

—Por favor, sírvanos dos ginebras con tónica.

El camarero asintió.

Me senté en el taburete de al lado. Apenas nos separaban unos centímetros.

Alberto consultó el reloj con absoluta tranquilidad.

—Tres minutos tarde. Ya sabes lo que eso significa.

Su tono era neutro. Casi indiferente.

—Lo siento —me disculpé—. Pero no conocía el sitio y he tenido que buscarlo en Internet.

Él tomó un pequeño sorbo de la copa antes de mirarme por primera vez. Aquella calma suya empezaba a ponerme más nerviosa que cualquier amenaza.

—No acepto excusas, Carmen. Si no estás dispuesta a jugar según mis reglas, puedes irte ahora.

Apuntó hacia la puerta. Sentí cómo se me secaba la boca. Bajé la vista hacia la copa que el camarero acababa de dejar delante de mí.

—Lo haré mejor la próxima vez.

Guardó silencio unos segundos, dejándome incómodamente expuesta bajo su mirada. Después añadió:

—Me gusta este sitio. ¿Pero sabes por qué te he hecho venir aquí?

—No —respondí, secamente, hipnotizada por su voz.

Recorrió el local con la vista.

—Porque nadie del bufete viene por aquí. Pero sobre todo, porque justo encima hay un pequeño hotel.

La copa tintineó contra mis labios cuando intenté beber.

—¿Un... hotel?

Alberto sostuvo mi mirada sin el menor gesto de impaciencia.

—He alquilado una habitación.

Me enseñó una tarjeta electrónica. Noté cómo el corazón me golpeaba con fuerza contra el pecho.

—Alberto... son casi las siete y siempre llego a casa antes de las nueve. Julián ya estará haciendo la cena.

Él apoyó tranquilamente el vaso sobre la barra.

—Lo sé.

Hizo una pausa.

—Pero me temo que hoy llegarás tarde a casa. Eres una mujer inteligente, seguro que se te ocurrirá una excusa.

Terminé la ginebra de un trago, sintiendo cómo el alcohol me quemaba el pecho y me nublaba el miedo, dejando libre únicamente la necesidad animal de su cuerpo.

Alberto dejó un billete sobre la barra y se puso en pie. Sin decir una palabra, rodeó mi cintura con la mano y me condujo hacia el fondo del local.

El gesto me resultó profundamente perturbador. En veinte años de matrimonio jamás había caminado así junto a otro hombre que no fuera Julián. Sentía el peso firme de la mano de Alberto rodeándome la cintura mientras avanzábamos hacia la puerta que comunicaba directamente con el hotel.

Lo más inquietante no era que me tocara.

Era descubrir que no deseaba apartarme. Al contrario.

Necesitaba aquella cercanía, el calor que desprendía su cuerpo, el aroma sobrio de su perfume y la sensación de estar siendo guiada por él.

Cada paso que dábamos debería haber aumentado mi culpa, pero solo conseguía intensificar una excitación silenciosa que empezaba a escaparse por completo de mi control.

—¿Estás nerviosa? —preguntó sin dejar de caminar.

Tragué saliva antes de responder.

—Sí.

Noté cómo su mano descendía lentamente desde mi cintura hasta posarse sobre uno de mis glúteos.

Esbozó una leve sonrisa, casi imperceptible.

—Tranquila. Solo vamos a follar.

Lo dijo con una frialdad desconcertante, como si estuviera anunciando una reunión de trabajo y no la decisión más importante —y más terrible— de mi vida.

Yo caminaba con el corazón desbocado, convencida de que cualquiera que se cruzara con nosotros sería capaz de leer la culpa escrita en mi cara.

Alberto, en cambio, avanzaba con una tranquilidad insultante, saludando con una leve inclinación de cabeza al recepcionista, como si entrara allí por un asunto completamente rutinario.

—Me siento como una oveja camino del matadero —murmuré, dejando escapar el aire lentamente.

Él soltó una sonrisa apenas perceptible.

—No dramatices.

Guardó un instante de silencio antes de añadir, sin dejar de caminar:

—Dentro de un rato volverás a casa, y te aseguro que tu marido y tu hija seguirán esperándote como cada noche. No notarán nada distinto. Confía en mí.

Aquellas palabras me hicieron sentir un nudo en el estómago. Ya no solo por lo que iba a ocurrir en aquella habitación. Lo que más me pesaba era la mentira que tendría que sostener después. Y, por primera vez, comprendí que ese era el verdadero precio de cruzar aquella puerta.

Subimos en el ascensor sin tocarnos. Aun así, el silencio pesaba tanto que parecía ocupar todo el espacio. Ninguno de los dos hablaba. Yo mantenía la vista fija en el panel luminoso que marcaba las plantas, incapaz de dejar de pensar que todavía estaba a tiempo de ser una buena esposa y marcharme.

La puerta de la suite se cerró con un leve chasquido a nuestra espalda.

Alberto se quitó la chaqueta con absoluta calma y se sentó en el borde de la cama, observándome en silencio.

Yo permanecí de pie, sin saber qué hacer con las manos.

—Acércate.

Di un paso al frente.

Él recorrió mi figura con la mirada durante unos segundos, sin prisa, como si estuviera evaluándome.

—Todavía estás pensando en salir corriendo.

Bajé la vista.

—No lo sé.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—Sí lo sabes.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. Fue él quien terminó rompiéndolo.

—Quítate esa ridícula falda. Odio que vistas como una maestra de escuela.

Lo dijo con naturalidad. No levantó la voz y precisamente por eso la orden me estremeció mucho más

Mis dedos temblaron cuando busqué la pequeña cremallera lateral. Dejé caer la tela azul marino al suelo y me quedé allí, expuesta en medias y ropa interior negra, sintiendo el peso de su mirada devorándome.

—Ahora la camisa y el sujetador.

Su voz sonó tranquila, casi rutinaria, sin un ápice de prisa. Ese contraste entre su calma absoluta y el torbellino que me destrozaba los nervios era precisamente lo que me paralizaba.

Desabroché los botones de la camisa blanca de seda uno a uno. La dejé resbalar por mis brazos hasta que cayó junto a la falda. Después, alcancé el cierre del sujetador. Cuando me liberé de él y quedé completamente desnuda de cintura para arriba, un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

Crucé los brazos por instinto sobre el pecho para taparme, un último reflejo de pudor que Alberto cortó de raíz.

—Baja los brazos, Carmen.

Le obedecí al instante, dejando caer las manos a los lados del cuerpo con las palmas abiertas, sintiéndome más vulnerable que nunca en toda mi vida.

Fue entonces cuando vi que se había llevado la mano al bolsillo y sostenía su teléfono móvil. La pantalla se iluminó con un brillo azulado que cortó la penumbra de la suite. Apuntó el objetivo directamente hacia mí.

—Tres minutos de retraso —recordó con frialdad—. Apóyate en la cómoda, arquea la espalda y mírame al objetivo. Y no intentes ocultar ese miedo que tienes en la mirada; es lo que te hace estar tan hermosa.

Un sollozo de pura vergüenza se me escapó de los labios.

Quise apartarme, taparme con un cojín que había sobre la cama, regresar a la cordura; pero la sumisión ya me había ganado la partida.

Obedecí. Caminé hacia el mueble con las piernas flojas, apoyé las palmas sobre la madera y giré el rostro hacia él, con las mejillas ardiendo.

Clac.

El sonido del obturador digital me golpeó como un latigazo.

—¿Te has preguntado qué voy a hacer con las fotos?

—interpeló, con una crueldad que me hizo humedecer las bragas al instante.

Alberto se levantó despacio de la cama, sin dejar de apuntarme—.

Segunda foto. Date la vuelta, apóyate de frente contra la pared.

Sabes que siempre me ha vuelto loco ese culazo que tienes y que meneas por los juzgados con tanta elegancia.

Cerré los ojos, completamente entregada al morbo de mi propia degradación. Hice exactamente lo que me pidió, sintiendo el frío de la pared en mi pecho y el calor de mi propia respiración agitada.

Clac.