Capítulo 18
Eran casi las diez de la noche y Carmen todavía no había regresado a casa.
Miré el reloj del salón por quinta vez en menos de media hora.
Había intentado llamarla un rato antes, pero una voz mecánica insistía en que el teléfono estaba apagado o fuera de cobertura.
También le había enviado dos mensajes que seguían con un único tic gris, suspendidos en ese limbo donde empiezan a crecer las malas ideas.
Intenté concentrarme en cualquier otra cosa, pero no fui capaz.
Un nerviosismo sordo empezó a instalarse en el estómago.
Pensé en un accidente de tráfico. En una indisposición.
Incluso se me pasó por la cabeza llamar a los hospitales.
Después recordé las veces que Carmen me había dicho que siempre me ponía en lo peor. Que parecía una folclórica.
«Respira, Julián».
Las reuniones urgentes de socios podían alargarse durante horas. Cuando se encerraban en la sala de juntas, era habitual que apagaran el móvil para evitar interrupciones.
Pero aquello era distinto. Siempre encontraba diez segundos para escribirme un mensaje.
«Llegaré tarde. La cosa se ha liado un poco».
—Papá, ¿cenamos ya? Jolín, me muero de hambre.
La voz de Clara me sacó de mis pensamientos.
—Claro, cariño. Siéntate, que enseguida está todo.
Intenté sonreír mientras terminaba de servir la cena. Nos sentamos los dos solos a la mesa. El plato de Carmen permanecía vacío frente a nosotros. No pude evitar mirarlo un instante.
—¿Sabes cuándo llegará mamá? —preguntó Clara.
Negué con aparente tranquilidad.
—No tardará. Seguro que se ha quedado sin batería o sigue metida en alguna reunión.
Clara suspiró.
—Últimamente siempre está trabajando. Hace un montón que no hacéis una escapada. Antes os gustaba viajar.
No respondí. Continuamos cenando unos segundos en silencio. De pronto dejó el tenedor sobre el plato.
—Papá...
Levanté la vista.
—¿A ti no te molesta?
—¿El qué?
—No sé… —dudó— que siempre tengas que hacerlo tú todo.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Cómo que todo?
—Pues todo. Cocinar, limpiar, hacer la compra. Cuando era pequeña, siempre me llevabas tú al colegio, ibas a las reuniones de padres, me acompañabas a las actividades extraescolares, me ayudabas con los deberes… Mamá solo trabaja. Tú haces el resto.
Sonreí con ternura. Aquella conversación me sorprendió.
—No lo veas así, cariño. Porque no es justo para tu madre.
—¿Entonces cómo tengo que verlo?
Dejé los cubiertos sobre la mesa.
—Mamá tiene un trabajo muy importante. Mucho más absorbente que el mío. Hay personas que dependen de ella, clientes que necesitan su ayuda, juicios… Es una responsabilidad tremenda.
Clara bajó la mirada.
—Ya, pero…
—Y además a mí me gusta hacerlo. Me relaja limpiar y ocuparme de la casa.
Hice una pequeña pausa antes de continuar.
—Yo termino de trabajar a las cinco. Ella muchas veces sigue en el despacho hasta las nueve de la noche. Lo normal es que sea yo quien me ocupe de esas tareas. ¿No crees?
Sonreí.
—Joder… cuando me case espero encontrar a un hombre así.
—Esa boca, Clara —la reprendí.
Ella me observó unos segundos.
—Creo que eres demasiado bueno, papá.
Aquellas palabras me hicieron reír.
—No. Solo soy un hombre muy afortunado por teneros a las dos.
Ella no respondió. No parecía del todo convencida. Pero no hubo tiempo para más, justo cuando terminábamos de cenar, el sonido metálico de la cerradura resonó en el pasillo.
Sentí cómo el estómago se me aflojaba de golpe. Era Carmen. Entró despacio en el salón.
Llevaba el pelo algo revuelto y los hombros vencidos por el cansancio. Apenas dejó el bolso sobre el sofá cuando se acercó a Clara para besarla en la frente.
—Buenas noches. Perdonadme, se me ha hecho tardísimo.
Me levanté inmediatamente.
—¿Qué ha pasado? Estábamos preocupados.
Carmen dejó escapar un suspiro largo.
—Ha sido Elena. La pobre me da una pena…
Se pasó una mano por el pelo antes de continuar.
—Hoy se ha enterado de que su marido le estaba siendo infiel. Le dio una crisis de ansiedad en el despacho.
Clara abrió mucho los ojos.
—¿En serio?
Carmen asintió lentamente.
—No podía ni respirar. Me quedé con ella hasta que se tranquilizó un poco. Después nos fuimos a una cafetería para que pudiera desahogarse.
Hizo un gesto de impotencia.
—Cuando me acordé de llamaros, me di cuenta de que no tenía batería. Lo siento muchísimo.
La observé en silencio. En su rostro seguía habiendo algo de tristeza. Sentí una oleada de ternura. Aquella era la Carmen que yo conocía. Debajo de esa capa de rectitud y dureza respiraba una mujer empática que se preocupaba por los empleados de la empresa.
Me acerqué y le acaricié el brazo.
—No te preocupes. Has hecho bien en no dejarla sola.
Ella sonrió con cansancio.
—La he notado fatal. Le he dicho que se coja unos días de vacaciones. Me habría gustado avisarte, porque conociéndote, seguro que le has dado mil vueltas a esa cabecita tan dramática que tienes.
Sonreí.
—No te preocupes. Lo importante es que ya estás en casa.
Miró la mesa.
—Tengo el estómago cerrado por el disgusto. Lo cierto es que ahora no tengo hambre.
—¿Seguro? Si quieres, te caliento la cena en dos minutos.
Negó despacio con la cabeza.
—Voy a darme una ducha y, si luego me apetece, me tomaré un yogur o una manzana.
Asentí.
—Pero no te acuestes sin comer nada, que te conozco…
Me regaló una sonrisa cansada.
—Te prometo que comeré algo antes de irme a la cama.
La vi desaparecer por el pasillo camino a su habitación. Me quedé unos segundos mirando al vacío. Sentí una pena por esa tal Elena, a la que no conocía de nada. Y, al mismo tiempo, un inmenso alivio.
Carmen estaba en casa, y eso era lo único que realmente me importaba.