La Esposa Compartida Capítulo 17
57%

Capítulo 17

La pantalla del móvil iluminó el techo de la habitación con un destello azulado. Contuve la respiración y desbloqueé el teléfono.

Solo había una frase.

«Te llamaré en diez minutos».

Aquellos diez minutos se convirtieron en la espera más larga de mi vida. Permanecí inmóvil, boca arriba, con el teléfono apoyado sobre el pecho, escuchando de fondo el sonido del televisor del salón, donde estaba Julián, ajeno a todo. Cada segundo parecía dilatarse.

Cuando el móvil vibró por fin entre mis manos, di un respingo.

El nombre de Alberto apareció en la pantalla. Sentí una descarga recorriéndome el cuerpo.

Deslicé el dedo para aceptar la llamada y me hundí un poco más en la almohada, procurando que mi voz no atravesara la puerta del dormitorio.

—Hola —susurré.

—Buenas noches, Carmen.

Su voz sonó tranquila. Grave. Segura de sí misma.

—¿Estás sola?

—Sí.

—¿Tu marido duerme?

Guardé silencio un instante. No sabía por qué aquella pregunta me hizo sentir la peor esposa del mundo.

—No, está en el salón viendo la televisión.

—¿Y tú?

Respiré hondo antes de responder.

—Yo siempre me acuesto antes que él, pero hoy no consigo dormir.

Al otro lado se hizo un breve silencio.

—Sigues dándole vueltas a lo que sucedió esta tarde, ¿no es cierto?

Cerré los ojos con fuerza en la oscuridad, hundiendo la cabeza en la almohada.

—Sí… Yo no soy así…

—¿Así cómo? —inquirió él, e imaginé la sombra de su sonrisa al otro lado de la línea.

—Tan sumisa —admití en un susurro, sintiendo que la confesión me quemaba la garganta—. Tan… fácil. Nunca le había sido infiel a Julián. Jamás. Yo no soy el tipo de mujer que se arrodilla en el suelo de un despacho ante nadie, Alberto.

Escuché el chasquido inconfundible de un mechero.

Imaginé a Alberto fumando con absoluta calma, como si aquella conversación no tuviera nada de extraordinario, mientras yo apenas era capaz de controlar la respiración.

—Sin embargo, te ha gustado hacerlo —soltó él, con esa voz pausada y demoledora que hacía trizas todas mis defensas.

Apreté las sábanas con el puño cerrado, conteniendo un gemido en mitad de la penumbra. Me humillaba que tuviera tanta razón, pero el morbo de escucharle verbalizar mi propia rendición en la clandestinidad de mi dormitorio me golpeó directo en la entrepierna, haciéndome pulsar de nuevo.

—Sí —confesé, tan bajo que el sonido apenas fue un hilo de voz atrapado en la almohada.

No tenía sentido mentirle. Negarlo habría sido ridículo después de cómo me había entregado unas horas antes, después de cómo había devorado su miembro en el suelo de su oficina.

—He sentido cosas que nunca había experimentado.

Emociones que llevaban años dentro de mí y que jamás me había permitido sacar a la luz —expliqué, sorprendida por la seguridad con la que me salían las palabras—.

Me gustó que me obligaras a mirarte, que utilizaras a mi padre para hacerme perder el control...

y me gustó dejar de resistirme. Cuando salí de tu despacho, sentí asco de mí misma.

Me juré que no volvería a verte. Pero ahora…

ahora mismo desearía estar allí otra vez.

Escuché una exhalación de humo pausada al otro lado de la línea. Alberto saboreaba mi confesión, alimentando su ego con cada una de mis debilidades.

—¿No tienes miedo de que él entre ahora? —preguntó Alberto, con un tono peligrosamente lánguido—. Quizá tu esposo esté a punto de apagar la televisión.

—No va a entrar —susurré, sintiendo una repentina oleada de frío en el cuello—. Él duerme en otra habitación. Además… confía en mí ciegamente.

Al otro lado de la línea, Alberto soltó una carcajada seca, despectiva.

—Me encantan los maridos confiados —replicó, y supe que estaba esbozando una sonrisa cínica—. No soporto a los cornudos celosos.

—Él… Julián no es ningún cornudo —defendí, aunque la voz me tembló, evidenciando lo absurdo de mi argumento.

—¿Ah, no? ¿Y qué es entonces?

Me tragué el nudo de culpa que amenazaba con asfixiarme.

—Él es mi marido… el padre de mi hija. Es todo para mí.

—¿Desde cuándo no duermes con tu marido?

—Desde hace un mes.

—¿Por qué?

Me mordí el labio, agradeciendo la oscuridad que me rodeaba.

—Le dije que sus ronquidos no me dejaban dormir —hice una pausa, tragando saliva—. Pero no era verdad.

—¿Entonces?

Bajé todavía más la voz, como si las paredes pudieran escucharme.

—Simplemente… dejé de tener ganas de acostarme con él.

Pronunciar aquellas palabras en voz alta me produjo una mezcla punzante de vergüenza y alivio. Era la primera vez que lo admitía en voz alta.

—¿Y él se lo creyó?

Sentí un nudo opresivo en el estómago.

—Sí. Creo que sí.

—¿Es un buen hombre?

La pregunta, formulada con una frialdad casi clínica, me desarmó por completo.

—Lo es.

—¿Te quiere?

Noté cómo se me humedecían los ojos, atrapada en mi propia red de mentiras.

—Muchísimo.

Alberto guardó unos segundos de silencio. Al otro lado de la línea, solo el leve murmullo de su respiración delataba que seguía ahí, juzgándome en silencio, antes de seguir hablando.

La conversación fue deslizándose poco a poco hacia un terreno cada vez más íntimo.

Quería conocerme. No a la abogada. No a la hija de Álvaro Valcárcel. A la mujer.

Me preguntó por mis miedos, por mis deseos más escondidos, por las fantasías que jamás me había atrevido a confesar.

Y, para mi propia sorpresa, fui respondiendo una tras otra.

Con una sinceridad casi obscena. Como si la oscuridad del dormitorio me permitiera despojarme de todas las máscaras que llevaba años sosteniendo.

En un momento dado, su voz adquirió un tono inesperadamente sereno.

—¿Sabes cuándo me di cuenta de que eras distinta?

Fruncí el ceño, intrigada por el repentino cambio de tono en su voz.

—¿Cuándo?

—El primer día que entraste en el bufete.

Sonreí, sin poder evitarlo.

—Ni siquiera sabía redactar un escrito de trámite.

—Ya… pero caminabas como si el edificio fuera tuyo.

Dejé escapar una risa breve, una mezcla de nostalgia y nerviosismo.

—Te juro que por dentro estaba aterrorizada.

—Lo sé. Llegaste con un traje azul marino con el que tratabas de disimular las curvas de tu cuerpo y una carpeta de cuero que no dejabas de apretar contra el pecho. Querías parecer segura de ti misma, pero se te notaba el miedo en los ojos.

Cerré los párpados. Era inquietante. Recordaba detalles que ni yo misma conservaba.

—Pensaba que me ibas a echar durante la primera semana.

Él dejó escapar una risa baja, un sonido vibrante que me recorrió la columna.

—No. Lo que pensé fue otra cosa —respondió con malicia—. Pensé que, tarde o temprano, acabarías entrando en mi despacho como hiciste ayer. Lo que no sabía es que me harías esperar veinte años.

Aquellas palabras me dejaron sin respiración. No sonaban a una improvisación; tenían el peso frío y calculado de una profecía que él llevaba veinte años esperando ver cumplida.

—Espero que te haya merecido la pena —solté.

—Ascendiste demasiado rápido. Fue una pena que el consejo descubriera tan pronto la abogada que llevabas dentro.

—Lo dices como si hubieras preferido lo contrario.

No respondió de inmediato. Se tomó unos segundos, saboreando la respuesta antes de pronunciarla.

—Tener a la preciosa hija de Álvaro Valcárcel de pasante sirviéndome el café cada mañana era realmente morboso.

Te esforzabas al límite para demostrar que no querías ningún privilegio.

Llegabas antes que nadie, te ibas la última, aceptabas el trabajo que los demás evitaban y jamás utilizabas el apellido de tu padre para conseguir nada.

Necesitabas que todo el mundo creyera que estabas allí por méritos propios.

La respuesta salió como si llevara años atascada en mi garganta.

—En realidad, nunca pensé dedicarme toda la vida a la abogacía. Para mí aquello era un aprendizaje. Mi padre insistió en que, antes de incorporarme a la empresa familiar con mis hermanos, tenía que aprender desde abajo. Y yo… yo solo quería que se sintiera orgulloso de mí. No quería defraudarlo.

—O sea que ahí nació todo... Te excitaba saber que tu padre estaba orgulloso de ti, ¿verdad? Vivías pendiente de una mirada de aprobación, de un gesto, de una palmada en la espalda.

—No... —respondí, horrorizada al escuchar en voz alta algo que, en el fondo, sabía que había marcado mi vida.

Alberto guardó silencio unos segundos antes de hacer la siguiente pregunta.

—¿Te tocaba?

Sentí un vuelco en el estómago.

—Por supuesto que no... Por favor. Alberto. La verdad es que no me siento cómoda hablando de esto.

Él ignoró mi súplica.

—Pero te habría gustado, ¿no es cierto, Carmen? Imagínate sentir su mano entre tus piernas… Subiendo por sus muslos…

Suspiré apretando el teléfono contra mi oreja.

—Te derretías por notar sus dedos alcanzando tus braguitas… Profanando ese precioso chochito al que ningún padre debería tener acceso. Fantaseabas con ello, ¿verdad, Carmen? ¿Te tocabas imaginándolo?

Me mantuve en silencio. No quería mentir, pero tampoco admitir una verdad que llevaba años enterrando. Siempre había pensado que aquel deseo era algo sucio, casi monstruoso. Como si la naturaleza hubiera cometido un error conmigo y hubiera mezclado sentimientos que jamás debían encontrarse.

Seguimos hablando algunos minutos más, envueltos en una intimidad que ya no dependía del deseo físico, sino de una sensación mucho más profunda y peligrosa.

Cuando la llamada terminó, permanecí inmóvil, con el teléfono todavía pegado a la oreja.

La pantalla se había apagado hacía rato.

Sin embargo, seguía escuchando su voz dentro de mi cabeza. Y comprendí que lo más peligroso de Alberto no era lo que me hacía cuando estaba cerca.