La Esposa Compartida Capítulo 16
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Capítulo 16

Me quedé recostado sobre los cojines del sofá, con la mirada perdida en la pantalla del televisor sin prestar demasiada atención a lo que emitían.

Todavía sentía el calor de lo que acababa de pasar entre Carmen y yo.

Su iniciativa me había descolocado por completo.

Llevaba semanas notándola distante, agotada por el trabajo, así que aquel momento de intimidad me devolvió una tranquilidad que casi había olvidado.

Volví a convencerme de que todo iba bien.

Poco después de medianoche me levanté para ir a la cocina a beber un vaso de agua. Caminaba descalzo por el pasillo, procurando no hacer ruido, cuando me detuve en seco.

Escuché un murmullo.

Agucé el oído.

Era una voz femenina hablando en voz baja. Apenas un susurro. Después llegó una risa breve, apagada, como si quien la hubiera soltado no quisiera despertar a nadie.

Mi primer pensamiento fue Clara.

Más de una noche la había pillado despierta, enganchada a alguna serie o hablando con sus amigas hasta las tantas.

Giré sobre mis pasos y me dirigí hacia su habitación dispuesto a decirle que no eran horas para hablar con nadie.

Abrí la puerta con cuidado. La habitación estaba completamente a oscuras. Clara dormía profundamente, abrazada a la almohada, respirando con esa tranquilidad que solo tienen los jóvenes cuando consiguen olvidarse del mundo.

Volví a cerrar sin hacer ruido. Fruncí el ceño. Entonces el murmullo volvió a escucharse. Esta vez no tuve ninguna duda. La voz salía del dormitorio de Carmen.

Di un par de pasos hasta su puerta y, casi sin darme cuenta de lo que hacía, apoyé la oreja contra la madera. Contuve la respiración. Pero no conseguí distinguir ni una sola palabra.

Quizá ya habría colgado. Me aparté de la puerta y, de repente, me sentí ridículo.

«La fiesta del cumpleaños de mi suegro.» No podía ser otra cosa.

Su madre llevaba días organizándolo todo y la familia andaba revolucionada con la sorpresa. Seguramente estarían ultimando algún detalle del catering o de los invitados.

Entré en la cocina, llené un vaso de agua y me lo bebí de un trago. El agua fría me despejó al instante.

Cuando regresé al salón, me dejé caer otra vez en el sofá y volví a mirar la televisión. Cinco minutos después ya me había olvidado por completo de aquella conversación nocturna.

Nunca imaginé que, al otro lado de aquella puerta, Carmen no estaba hablando con su madre. Estaba empezando a compartir una parte de sí misma que yo ya nunca volvería a recuperar.