La Esposa Compartida Capítulo 15
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Capítulo 15

Conducía en silencio, con los dedos aferrados al volante hasta hacerme daño en los nudillos. Tenía la garganta seca y la piel del cuello todavía sensible por los besos brutales de Alberto.

Al entrar en casa, la bofetada de realidad fue instantánea.

Todo estaba exactamente igual que siempre.

Olía a limpio, a hogar, al sofrito que Julián preparaba en la cocina.

Era casi ofensivo comprobar que el mundo seguía funcionando con absoluta normalidad mientras el mío acababa de romperse en dos.

Desde el pasillo me llegó la música tenue que Clara ponía de fondo mientras estudiaba. Aquel sonido, tan cotidiano, era el reflejo de la normalidad que yo misma había construido durante veinte años. Una vida que, apenas unas horas antes, había puesto patas arriba al arrodillarme ante otro hombre.

—¡Hola…! —anuncié, forzando un tono que pretendía sonar natural.

Julián salió de la cocina de inmediato, con el delantal puesto y una sonrisa mansa en los labios. Se acercó a mí con los brazos abiertos, dispuesto a darme el beso de bienvenida de cada tarde.

Cuando sus labios rozaron los míos, me mostré esquiva de forma instintiva, girando sutilmente la cara para que el beso terminara en mi mejilla. Me invadió un miedo irracional. Estaba convencida de que, si se acercaba un segundo más, descubriría la verdad solo con respirar cerca de mí.

—Estoy haciendo algo que te vas a chupar los dedos —dijo, dándome espacio.

—Voy directa a la ducha y a ponerme cómoda. No tardo nada.

Me encerré en el baño y abrí el grifo del agua caliente a presión.

Me desnudé de prisa, tirando la falda gris y la blusa al cesto de la ropa sucia, y me metí bajo el chorro.

Comencé a frotarme la piel con saña, aplicando el gel con fuerza sobre mis hombros, mi cuello y mis pechos, queriendo arrancar cualquier huella invisible de posesión.

Pero el agua caliente y el roce de mis propias manos tuvieron el efecto contrario.

La piel me ardía. El recuerdo de su boca ignorando mis pezones y de sus dedos tirando de mi pelo volvió a encenderme con una violencia indomable.

Apoyé una mano en el azulejo frío, deslicé la otra entre mis muslos y no pude evitar masturbarme allí mismo, bajo el vapor del baño.

El orgasmo llegó rápido, convulso, espoleado por la humillación de sus palabras sobre mi padre y por el eco de haberme entregado como a él, como su juguete roto.

En cuanto el espasmo remitió, la culpa regresó con el agua que se escurría por el desagüe, pero el deseo seguía allí, latente.

Me sequé, me puse un camisón cómodo de algodón y salí a cenar.

Al sentarme a la mesa con mi familia, me sorprendió de forma casi escalofriante lo sumamente fácil que resultaba aparentar que no había pasado nada.

Ahí estaba yo, cenando, sirviendo la ensalada, manejando los cubiertos como si siguiera siendo la misma esposa intachable y la madre protectora de siempre.

Clara levantó la vista de su plato, entusiasmada.

—Mamá, ¿te has enterado de lo del abuelo? —preguntó.

—¿El qué, cariño?

—La semana que viene es su cumpleaños. Hoy me ha llamado abuela. Están todos revolucionados organizando una fiesta sorpresa.

—Lo sé… ya he hablado con mis dos hermanos. Yo tengo que encargarme del catering —dije con pereza—. Mi padre cumple setenta, pero sigue tan jovial como si tuviera dieciocho. Dice mamá que como nos vayamos de la lengua, nos mata.

—No te preocupes, guardaremos el secreto —respondió mi esposo con una sonrisa—. Si quieres, puedo encargarme de lo del catering. Mañana, al salir de la oficina, puedo pasarme por la empresa en la que organizamos la fiesta de tu cumpleaños.

Sonreí. Adoraba su implicación y el empeño que ponía en hacerme la vida más fácil.

Pero no podía fiarme en delegarle un encargo así.

Conocía demasiado bien a mi madre: ella quería una fiesta elegante, ostentosa, de esas que siempre se recuerdan.

Y Julián no estaba acostumbrado a organizar eventos así.

—No sabes cuánto te lo agradezco, mi amor. Pero ya he quedado con la empresa para mañana a primera hora.

Hablar de mi padre en ese momento, después de lo que Alberto me había revelado sobre su vieja cuenta pendiente, me revolvió el estómago. Sentía que el suelo bajo mis pies se volvía cada vez más inestable.

Después de cenar, Clara se retiró a su cuarto y Julián y yo nos quedamos solos en el salón.

Él se sentó en el sofá a ver la televisión.

Yo me coloqué a su lado, contemplando su perfil tranquilo, su mirada limpia y esa bondad incombustible que siempre lo había caracterizado.

Me invadió una necesidad urgente de compensarlo de alguna forma, de mitigar el peso del remordimiento mediante un acto de entrega que devolviera cierto equilibrio.

Me deslicé por el sofá hasta quedar de rodillas en el suelo, justo entre sus piernas. Julián me miró sorprendido, interrumpiendo su atención a la pantalla.

—¿Carmen? ¿Qué haces? —preguntó, extrañado por aquella repentina muestra de deseo cuando llevábamos semanas sumidos en una distancia fría.

—Tengo ganas de jugar un poco —murmuré, desabrochando el cordón de su pantalón de chándal.

—Vamos a la habitación, cariño... Hagamos el amor en la cama —sugirió él, agarrándome suavemente de los hombros para incorporarme.

—No —me negué de forma rotunda, apartando sus manos—. Quédate ahí. Me apetece complacerte así. Arrodillada.

Le bajé el pantalón y saqué su miembro. Estaba blando, pero comenzó a reaccionar ante el tacto de mis dedos.

Me incliné y abrí la boca. Mientras comenzaba a succionarlo, mi cabeza se desconectó por completo de la realidad del salón; no estaba allí.

Utilizaba la boca con Julián, pero evocaba la dureza venosa del miembro de Alberto, su voz grave y la violencia de sus gestos.

Julián se mostró comedido en todo momento, manteniendo su ternura habitual. No me tiraba del pelo, no me empujaba la cabeza hacia abajo ni me obligaba a metérmela entera en la garganta; se conformaba pacientemente con lo que yo quisiera hacerle, disfrutando de mi iniciativa.

Me acariciaba la espalda con pasividad, con los dedos cálidos, y susurró un «te quiero, mi amor» que me supo a reproche.

En mitad de mi delirio, me di cuenta de que hubiera preferido mil veces que me tirara del pelo, que fuera brusco, que me llamara puta.

Aquella palabra me perseguía, me quemaba por dentro y ensanchaba mi excitación de una manera que Julián jamás lograría comprender.

Al cabo de unos minutos, el ritmo de su respiración se aceleró.

—Carmen, aparta… Voy a correrme —me avisó, intentando retirarse para no ensuciarme.

En lugar de retirarme del todo, me incorporé sobre las rodillas, me bajé el escote del camisón y hundí la polla de mi esposo directamente entre mis pechos, apretándolos con las manos para envolverlo por completo.

Julián soltó un gemido largo y eyaculó allí mismo, dejando su semen caliente salpicado sobre mi piel.

Le dediqué una sonrisa cómplice.

—Te quiero, mi amor —le dije.

En ese preciso instante, tras el acto, experimenté un alivio psicológico absurdo. Me sentí una buena esposa por haberlo complacido, por haber compartido ese momento íntimo con él, como si aquello borrara mágicamente la humillación del mediodía.

Durante unos segundos conseguí engañarme. Me convencí de que aquello equilibraba la balanza, de que todavía podía seguir viéndome como la misma mujer de siempre. La mentira apenas duró un instante, pero me aferré a ella con desesperación.

Nos besamos en los labios, un beso suave, impregnado de un romanticismo familiar que me devolvió por un segundo la calma.

—Estoy agotada, Julián. Me voy a la cama, que mañana tengo un día duro —dije, poniéndome en pie.

Caminé hacia mi habitación llevando el teléfono móvil firmemente apretado en la palma de la mano. Hasta ese momento, Alberto no me había mandado ningún mensaje. Vivía suspendida en una contradicción constante: temía y, al mismo tiempo, deseaba con desesperación que lo hiciera.

Necesitaba que volviera a romper mi calma; esa incertidumbre me mantenía al límite de mis emociones, con el pulso permanentemente acelerado.

Entré en mi cuarto y cerré la puerta. Con un trozo de papel higiénico, me limpié meticulosamente los restos de semen que Julián había dejado entre mis pechos y lo tiré al inodoro, escuchando el rugido de la cisterna. Luego apagué las luces y me acosté.

Desde la cama, en mitad de la penumbra, alcanzaba a escuchar el sonido amortiguado de la televisión de la sala, donde Julián seguía despierto.

Permanecí inmóvil, con los ojos abiertos en la oscuridad, sosteniendo el aparato sobre mi vientre.

De pronto, el móvil vibró con un zumbido seco.

Un cosquilleo abrasador me recorrió el cuerpo entero, desde el estómago hasta la entrepierna.

No necesitaba mirar la pantalla para saber quién era. Lo verdaderamente aterrador no era el mensaje, sino descubrir la avalancha de emociones que había sido capaz de despertar incluso antes de que leyera una sola palabra.