Capítulo 14
La mañana transcurría despacio. Había enseñado dos pisos y estaba terminando unos contratos cuando Roberto, uno de los comerciales más veteranos de la oficina, dejó caer una carpeta sobre mi mesa.
—Tomemos un café. No creo que tu suegro vaya a despedirte porque te tomes un respiro.
Sonreí por compromiso. Aquella no era la primera vez que escuchaba una broma parecida. Hacía años que había comprendido que, para muchos, siempre sería «el yerno del jefe», hiciera lo que hiciera.
Asentí y lo seguí hasta la máquina del pasillo.
Mientras el café caía en los vasos de plástico, me lanzó una mirada de reojo y sonrió con esa expresión de quien estaba a punto de soltar una de las suyas.
—Oye... el otro día vi a tu mujer saliendo del juzgado.
No pude evitar sonreír.
—¿Ah, sí?
Movió la cabeza, soltando un silbido.
—Joder, Julián... No sé qué le haces, pero tu mujer cada día está más buena.
Me dio un codazo y sonrió con picardía, como si hablar así de mi mujer fuera un cumplido. Mi expresión debió de delatar lo que pensaba, porque su sonrisa se apagó de inmediato.
Para muchos de mis conocidos, me había tocado la lotería al casarme con una mujer tan atractiva e inteligente como Carmen. Estaban convencidos de que había dado un auténtico braguetazo.
—No te enfades, hombre, pero es que pasa por delante y es imposible no girar la cabeza. Deberías estar orgulloso por tener una hembra así en casa.
Traté de simular mi enojo. Siempre evitaba entrar en cualquier tipo de conflicto.
—No estoy enfadado, pero no me gusta que hables así de ella. Y por supuesto que me siento orgulloso de mi esposa.
Hizo una pausa y soltó un bufido al tiempo que arqueaba las cejas.
—Te aseguro, Julián, que si yo tuviera una mujer así… y además rica… Te aseguro que lo último que haría sería encerrarme en ese cuchitril de oficina ocho horas al día.
Bajé la vista al café para ocultar la sonrisa.
—No somos ricos… Te recuerdo que el empresario es su padre.
Roberto dio un sorbo y cambió de tema con la misma facilidad con la que respiraba.
—¿Te has enterado de lo de Eladio, el del bar de aquí al lado?
Sonreí.
A Roberto le apasionaban los cotilleos.
—Ni idea. ¿Se ha puesto enfermo? —pregunté fingiendo interés.
—Pues agárrate... Resulta que la mujer se estaba follando a un cliente. Un chaval de veintitantos, vecino de aquí cerca.
Fruncí el ceño.
—¿En serio?
—Y tan serio… El pobre Eladio, por lo visto, anda mal de la espalda y va a una especie de rehabilitación con descargas eléctricas.
—Hizo una pausa, como si necesitara toda mi atención antes de proseguir con el resto de la historia—.
Aquella mañana el fisioterapeuta no estaba, así que Eladio regresó un rato antes.
Dice que le extrañó ver la persiana del bar cerrada, porque a esa hora ya tenía que estar abierto.
No sé si ya sospechaba algo, pero el caso es que decidió entrar por la puerta del almacén y, zas...
Los pilló en pleno acto. El chico estaba sentado sobre unas cajas de cerveza mientras la zorra de Rosa lo cabalgaba desnuda, como una auténtica amazona.
Negué despacio con la cabeza.
—No sé... Esas historias siempre acaban exagerándose.
—Que no, hombre. Lo sé de buena tinta. Me lo contó el sobrino del pobre Eladio, que juega conmigo al pádel los martes y los jueves.
Me terminé el café.
—¿Y qué pasó?
—Pues lo lógico. ¿No te acuerdas de que el bar estuvo cerrado un par de semanas?
Asentí.
Recordaba perfectamente aquellos días en los que un cartel de «Cerrado por vacaciones» colgó de la puerta del establecimiento.
—Fue porque anduvieron liados con abogados. Eladio quería divorciarse y durante esos días se fue a vivir a casa de sus padres.
—¿Y al final?
Roberto soltó una risita.
—Al final, el muy cagón volvió con ella. Un puto cornudo es lo que es... —dijo con una mueca de burla.
—Vaya... En parte me alegro de que consiguieran arreglarlo. No me imagino al pobre Eladio sin Rosa.
—Pues ahí siguen. Como si no hubiera pasado nada.
Se encogió de hombros.
—Aunque, entre nosotros... esa ya lo ha hecho más veces. Y que se prepare él, porque ella sabe que quien perdona una, perdona dos, tres... y las que hagan falta.
Aquella última frase se me quedó dando vueltas en la cabeza.
No porque creyera que Roberto tuviera razón, sino porque, hasta ese momento, jamás me había detenido a pensar qué haría si algún día Carmen me fuera infiel.
La sola posibilidad resultaba tan ajena a mi vida que nunca había sentido la necesidad de planteármela.
Aun así, me aferré a un pensamiento reconfortante: mi mujer no era como Rosa.
Carmen jamás sería capaz de hacerme algo así.
—Bueno, voy a ver si vendo algún piso antes de comer. Que alguien tiene que levantar esta empresa.
—Suerte.
—La voy a necesitar. Desde que han subido los intereses… cada día es más complicado.
Se alejó silbando por el pasillo.
Yo regresé a mi despacho, pero tardé varios minutos en volver a concentrarme. Miré el reloj. Como casi todas las mañanas, saqué el móvil y marqué el número de Carmen.
Era nuestro pequeño ritual diario.
La llamada apenas sonó dos veces.
—Hola, cariño.
Su voz sonaba algo cansada. Algo más baja de lo habitual.
—¿Te pillo en mal momento? —pregunté pensando que tal vez podría estar reunida con algún cliente.
—No, acabo de salir del juzgado. Voy en un taxi camino del despacho.
Sonreí.
—Solo quería saber cómo había ido la mañana.
—Bien. Luego te cuento. ¿Y tú?
—Todo tranquilo. Ya sabes… contratos, visitas y mucho papeleo.
—Me alegro.
Escuchar su voz bastó para que las tonterías que Roberto me había contado unos minutos antes desaparecieran de mi cabeza.
—Te quiero.
Al otro lado hubo un breve silencio.
Después respondió con la misma naturalidad de siempre.
—Y yo a ti. Luego hablamos. Me está entrando una llamada.
Dejé el teléfono sobre la mesa y seguí trabajando, convencido de que, mientras pudiera seguir escuchando aquellas tres palabras al otro lado del teléfono, todo lo demás carecía de importancia.