La Esposa Compartida Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

Alberto me puso la mano en la coronilla y empujó hacia abajo de manera brusca, ordenándome llegar más profundo.

La polla me rozó la entrada de la garganta y una arcada violenta me sacudió el estómago.

Los ojos se me llenaron de lágrimas por el esfuerzo físico, y mi boca comenzó a ensalivar de forma exagerada, descontrolada.

Nunca en mi vida había hecho una mamada así, tan profunda y desprovista de cuidado.

Mis babas comenzaron a desbordarse de las comisuras de mis labios, cayendo en gruesas columnas húmedas que resbalaron por mi barbilla y terminaron goteando sobre mis pechos, dejándolos brillantes.

—Sigue, puta. Sigue así —gruñó Alberto desde arriba, apretando los dedos en mi pelo.

Nadie en toda mi vida me había llamado así.

Jamás. La palabra debería haberme ofendido, debería haber provocado que me levantara y le cruzara la cara, pero el efecto fue el opuesto: me encendió al máximo, destruyendo cualquier barrera que me quedara.

Tragué toda su polla hasta la base, hundiendo la cara entre sus muslos, rozando mi nariz contra su vello.

A ratos creía sinceramente que me iba a ahogar.

El aire me faltaba en los pulmones, pero no me importaba lo más mínimo; mi única obsesión en ese instante era conseguir que aquella polla descargara todo su contenido en lo más profundo de mi garganta.

Alberto comenzó a gemir de forma más rítmica, acelerando el movimiento de sus caderas, embistiendo contra mi boca con golpes secos. Noté cómo su cuerpo se tensaba al límite y, de repente, una primera descarga de semen caliente me golpeó el fondo de la boca.

Nunca había hecho algo así; con Julián, siempre me había retirado o había exigido que terminara fuera, pero mi entrega hacia Alberto era absoluta.

Mantuve la boca cerrada, succionando con fuerza mientras recibía chorro tras chorro de un líquido espeso, caliente y amargo que tragué de manera compulsiva, sintiendo cómo me bajaba por el esófago.

Deseé con todas mis fuerzas que aquello no acabara nunca.

Cuando terminó de eyacular, me quedé unos segundos inmóvil, con su miembro todavía dentro de mi boca, lamiendo el glande para saborear las últimas gotas mientras él recuperaba el aliento.

—Para, Carmen… —dijo al fin, con la voz apagada por el cansancio. Me soltó el pelo con suavidad—. Vístete y vete. Esta noche estate atenta al teléfono. ¿Lo harás?

Asentí con la cabeza, limpiándome la barbilla con el dorso de mi mano.

Me incorporé despacio, sintiendo las articulaciones entumecidas. Ahora que él se había corrido, la atmósfera cambió por completo. Me sentí muchísimo más desnuda y desamparada que al principio del encuentro. Mi coño goteaba fluido por mis muslos, sintiéndolo caliente y gelatinoso.

Comencé a vestirme, sintiendo el peso de la realidad cayendo sobre mis hombros. Recogí la blusa de seda, me la abotoné como pude con las manos temblorosas y me enfundé la falda gris. Salí del despacho sin perder más tiempo y sin decir una sola palabra.

Mientras caminaba por el pasillo de dirección, me limpié la comisura de los labios con el dorso de la mano de manera instintiva.

Sabía perfectamente qué aspecto tenía: iba despeinada, notaba el rímel corrido por las lágrimas de las arcadas y el pintalabios completamente arruinado, extendido por la cara.

Solo quería desaparecer de allí, llegar a la seguridad de mi propio despacho y cerrar la puerta.

Pasé por delante de la mesa de Eva. Aligeré el paso para evitar cualquier contacto visual, pero fui plenamente consciente de que la orden previa de Alberto y el tiempo que había pasado allí dentro habían puesto en alerta a la secretaria.

Su silencio al verme pasar confirmaba que sospechaba, con total certeza, lo que acababa de ocurrir al otro lado.

Fue absurdo, pero de repente, una punzada de celos inesperada me atravesó el pecho al preguntarme si Alberto habría repetido esa misma escena con otras mujeres del bufete.

Sabía que sí, conocía su historial, y descubrir que yo solo era una más, una de esas mujeres fáciles…

me dolía profundamente. Pensé en alguna compañera.

En Marta, con sus minifaldas y su actitud provocadora en las reuniones de socios.

O quizá en Sonia, la de investigación, que se casaba este mismo año pero que no supondría ningún impedimento para un depredador como Alberto.

Me encerré en mi despacho y me apoyé contra la puerta, intentando respirar con normalidad.

Me sorprendí a mí misma al darme cuenta de que, hasta ese preciso instante, apenas había sentido un rastro real de arrepentimiento por mi esposo o por mi hija.

No había pensado en la estabilidad que tanto valoraba, ni en todo lo que estaba arriesgando de manera tan inconsciente.

Caminé hacia el escritorio y me detuve frente a la mesa.

Allí, justo al lado del ordenador, estaba el portarretratos de plata con la foto de Julián y Clara sonriendo durante las vacaciones del verano pasado en Escocia.

Me quedé mirándolos en silencio, sintiendo el sabor amargo de Alberto todavía pegado al paladar.