La Esposa Compartida Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Aparta las manos —ordenó Alberto con un tono exigente—. Siempre he deseado ver el coño de la hija del gran Álvaro Valcárcel. ¿Sabes que antes de que tú trabajaras con nosotros defendí a tu padre en un contencioso por unos terrenos con el ayuntamiento?

Moví la cabeza negativamente. No tenía ni la menor idea. En mitad de aquella desnudez, no alcanzaba a comprender por qué demonios me hablaba de papá.

—Tu viejo siempre me miró por encima del hombro —continuó Alberto, sosteniéndome la mirada con una fijeza cruel—, como si yo fuera un empleado más, un aparcacoches, un botones o el tipo de la limpieza… Eso incrementa aún más el morbo de tenerte así, ¿no crees, Carmen?

Apreté los dientes, sintiendo cómo las palabras me golpeaban con la misma fuerza que un impacto físico.

La revelación no solo me desnudaba el cuerpo, sino que reducía toda mi valía profesional y mi orgullo a una simple moneda de cambio en una venganza clasista que yo desconocía.

Y, sin embargo, el descubrirme convertida en el trofeo con el que Alberto saldaba una vieja deuda con mi padre hizo que una descarga de entrega aún más oscura me recorriera la espina dorsal.

Solté un suspiro trémulo y obligué a mis brazos a colgar a los lados del cuerpo, aceptando el papel que me estaba otorgando.

Apreté los dientes, solté un suspiro trémulo y obedecí. Separé los brazos, dejando mis partes íntimas expuestas a su escrutinio. Alberto se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, analizándome con una fijeza implacable.

—Siempre pensé que las niñas ricas llevabais el chocho completamente depilado —comentó con crudeza, acompañando las palabras con una risa oscura—. Ven depilada la próxima vez.

El comentario me dolió. Me sentí de inmediato avergonzada por mi vello púbico, por no cumplir con el estándar estético que un hombre como él, acostumbrado a mujeres mucho más jóvenes, daría por sentado.

Quise justificarme, quise decir algo para defenderme, pero no abrí la boca. El nudo en la garganta me impedía articular palabra; todavía no había pronunciado una sola frase desde que había cruzado la puerta.

—Date la vuelta. Quiero verte por detrás.

Me sentí como una yegua en una feria de ganado, un objeto expuesto para el disfrute y la evaluación de su dueño. Giré sobre mis tacones lentamente, dándole la espalda.

—Siempre he dicho que tienes el mejor culo del juzgado —soltó tras unos segundos de silencio—. ¿Te gusta que te azoten las nalgas?

Negué con la cabeza. Lo cierto es que nunca nadie me había azotado. Siempre había pensado que ninguna mujer podía disfrutar con algo así. Sin embargo, una parte de mí deseó, con una intensidad que me desconcertó, que lo hiciera.

—Ven, siéntate.

Me acerqué y me senté de nuevo sobre sus piernas, exactamente en la misma postura que la primera vez, dándole la espalda.

En cuanto me acomodé, Alberto me agarró del cuello por detrás, apretando los dedos con una fuerza imprevista.

Aquella agresividad me provocó un espasmo violento que recorrió cada fibra de mi cuerpo.

Estaba temblando; no era por miedo, era la respuesta física ante la pérdida absoluta de control sobre mí misma.

Noté su boca hundiéndose en mi nuca. Comenzó a chuparme y a besarme la piel con una avidez que me hizo gemir.

Estuve a punto de hablar, a punto de pedirle que tuviera cuidado, que no me dejara marcas en el cuello; por primera vez la imagen de Julián cruzó mi mente de forma nítida, pero la aparté de inmediato. No había sitio para él allí.

Alberto me clavó los dientes en el hombro con la presión justa, obligándome a ponerme de lado sobre su regazo.

Bajó la cabeza hacia mi pecho. No utilizó las manos; se limitó a lamerme los pechos, recorriendo la superficie de la piel con los labios, pero rodeando mis pezones, ignorándolos por completo.

Aquella táctica me dolió de una manera casi física.

Me desesperaba que pudiera controlarse de esa forma mientras yo era un despojo de nervios; quería sentir su boca abierta tragándose mis pezones, necesitaba esa presión.

Gemí con fuerza cuando noté que su lengua se acercaba a un milímetro de la punta, pero pasó de largo, rozando apenas el contorno de la areola.

—Sigues siendo una hembra de primera —susurró contra mi piel—. Llevo años deseando follarte. A pesar de las apariencias, siempre he pensado que tienes cara de ser una viciosa.

Eran palabras de un corte misógino evidente, expresiones que me despojaban de mi inteligencia y de mi estatus para reducirme a pura carne. Sin embargo, en mitad de aquel delirio, las sentí como el mayor de los halagos. Una sonrisa involuntaria, estúpida, se dibujó en mis labios durante un segundo.

—Gracias —murmuré.

Me arrepentí en el mismo instante en que la palabra salió de mi boca.

Me sentí ridícula, patética por haber hablado para mostrarme tan servil, tan sumisa y tan alejada de mi fuerte y dominante carácter.

No lograba comprender qué me sucedía con Alberto; yo era la antítesis de la mujer desvalida que estaba sentada en su regazo acatando órdenes sin rechistar.

Como si fuera capaz de leer mis pensamientos y quisiera recordarme mi lugar exacto en su despacho, Alberto me agarró el pelo por la nuca con fuerza, me obligó a levantar la cabeza y me plantó un beso violento.

No hubo ternura. Me forzó a abrir la boca introduciendo su lengua de manera invasiva, profunda, saboreándome con una rudeza que me hizo tragar su propia saliva mientras sus dedos se clavaban en mi cuero cabelludo, anulando cualquier posibilidad de movimiento.

—Apártate —ordenó de golpe, cortando el beso y soltándome el pelo.

Me incorporé sobre mis piernas temblorosas, dando un paso atrás. Lo vi echarse hacia delante, bajarse la cremallera del pantalón y sacarse la polla.

Era muy gruesa. Estaba completamente empalmada, apuntando hacia arriba; una pieza de carne oscura, surcada de venas violáceas que latían con fuerza.

—¿Es que nunca has visto una polla? —preguntó con sorna, al notar que mis ojos la miraban con asombro, casi con veneración—. Vamos, Carmen. Chúpamela.

Lo miré a los ojos por primera vez desde que había entrado al despacho. No fue una mirada de indecisión o de duda moral; era la constatación de que había cruzado una línea de la que no se regresa.

Me arrodillé en el suelo, justo entre sus piernas, sintiendo el roce de la tarima contra mis rodillas desnudas. Agarré su miembro con la mano derecha; la piel se sentía tensa, ardiendo, de una dureza pétrea.

Saqué la lengua y rodeé el glande con lentitud.

Estaba húmedo, cubierto de un líquido preseminal abundante que me supo amargo, intensamente salado.

Abrí la boca todo lo que pude, me la metí hasta donde me cupo y comencé a succionar con un ritmo constante.

Escuché a Alberto lanzar un gemido ronco, profundo, mientras echaba su cuerpo hacia atrás y apoyaba la espalda con fuerza contra el respaldo de cuero de su sillón.

Sentí un orgullo inmediato, una oleada de satisfacción casi enferma al comprobar que era capaz de doblegar y dar placer a un hombre como él, al que en ese preciso momento endiosaba dentro de mi cabeza, tratándolo como si fuera mi dueño legítimo, como si mi vida entera hubiera sido solo un camino absurdo cuyo único fin real era estar de rodillas complaciéndolo.