La Esposa Compartida Capítulo 13
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Capítulo 13

El pasillo de los Juzgados nunca me había parecido tan largo. Mientras aguardaba el inicio de la primera vista, me sentí extrañamente vulnerable. El roce directo de la lana gris de mi falda contra los muslos, sin el filtro habitual de las bragas, me provocaba una hipersensibilidad a cada paso.

Tenía la certeza absurda de que todo el mundo lo sabía.

Sentía que el agente judicial que custodiaba la entrada de la sala, los procuradores que abarrotaban los bancos de madera y los clientes que esperaban su turno me miraban de otra manera, como si mi desnudez fuera un hecho público, un rastro evidente que flotaba en el aire cargado del edificio.

Sin embargo, toda esa inseguridad se disipó en cuanto el ujier pronunció mi nombre y crucé el umbral de la sala.

Fue un cambio tan brusco como visceral, un latigazo de adrenalina que no vi venir.

Cuando el juez me cedió la palabra y comencé el interrogatorio del demandado en aquel divorcio contencioso, una corriente de poder me recorrió de arriba abajo.

Sostenerle la mirada a un hombre que intentaba ocultar sus bienes patrimoniales, articular cada pregunta con una precisión implacable y notar, al mismo tiempo, que mi coñito estaba cachondo.

Era un secreto obsceno, una ventaja invisible sobre todos los presentes.

Yo gobernaba aquella sala, dictaba el ritmo del debate y nadie allí dentro tenía la menor idea de que la impecable e inaccesible letrada Carmen Valcárcel llevaba la entrepierna expuesta, humedeciéndose a cada minuto con el mero recuerdo de las palabras que me habían arrastrado hasta allí.

A media mañana, en cuanto terminó la segunda vista, no esperé el coche del bufete. Salí a la calle y detuve el primer taxi libre que bajaba por la avenida y le di la dirección de nuestras oficinas.

Durante todo el trayecto me mantuve rígida en el asiento trasero, con las piernas cruzadas con fuerza, abrumada por la velocidad a la que se estaban precipitando los acontecimientos.

Intenté engañarme. Me repetí a mí misma, con una insistencia casi ridícula, que no iba sin ropa interior por Alberto.

Que la humedad densa y caliente que notaba entre los muslos no tenía nada que ver con él.

Me dije que aquel hombre solo me había dado la idea, que se trataba de un juego estrictamente mío, un desafío a mis propios límites y a mi rutina.

«No voy a ir a su despacho», me prometí mientras el taxi sorteaba el tráfico.

«Si quiere que sea él el que venga al mío», pensé, aunque estaba segura de que no lo haría.

El bufete ocupaba dos plantas inmensas; nuestras áreas estaban en alas completamente separadas y el cuadrante del día no contemplaba ninguna reunión de socios.

Todo estaba bajo control. Podía recluirme en mi zona, trabajar de manera normal y regresar a casa por la tarde con mi secreto intacto.

Al llegar, entré en mi despacho con paso firme y cerré la puerta.

Necesitaba aislarme. Me senté frente al escritorio, encendí el ordenador y abrí el borrador del informe de conclusiones de la constructora, dispuesta a obligar a mi mente a centrarse en los tecnicismos legales.

Fue inútil. Los párrafos se emborronaban ante mis ojos.

El silencio de la habitación solo servía para amplificar el murmullo de mi propio cuerpo, el latido constante y pesado entre mis piernas. Estaba ardiendo.

Incapaz de contenerme, empujé el sillón hacia atrás. Me levanté la falda gris hasta la mitad del muslo, separé las piernas y me recliné, buscando el contacto del aire acondicionado del despacho para aliviar la congestión de la zona.

Estaba empapada. Alargué una mano y acaricié un solo segundo mis labios vaginales; los encontré hinchados, extremadamente sensibles, cubiertos de un flujo espeso que me manchó los dedos de inmediato.

El roce desencadenó una reacción eléctrica tan intensa que mi espalda se arqueó de golpe contra el respaldo del sillón, arrancándome un gemido que rebotó en las paredes del despacho.

Pensé en masturbarme allí mismo, en dejarme llevar por esa urgencia salvaje que me nublaba el juicio, pero me detuve en el último instante.

Un resto de orgullo, un ramalazo de mi antigua disciplina, me obligó a retirar la mano.

Me bajé la falda de un tirón, me compuse la ropa y salí al pasillo. No podía seguir encerrada en aquel bucle.

Caminé a paso rápido, escuchando el traqueteo rítmico y seco de mis tacones contra el suelo, notando el vaivén libre de mis pechos bajo la seda blanca de la blusa.

Mis pasos, casi sin que mi cerebro tomara la decisión consciente, me llevaron directamente hacia el ala de dirección, hacia la zona prohibida.

Me detuve ante la mesa de Eva. Ella levantó la vista de la pantalla del ordenador de inmediato. Sus ojos fijos, cargados de esa cortesía profesional que ocultaba una curiosidad afilada, parecieron interrogarme antes de que yo abriera la boca.

—¿Está Alberto reunido? —pregunté.

Mi propia voz me traicionó; sonó extrañamente ronca, con un temblor leve que delataba un nerviosismo impropio de mí.

—No, don Alberto está solo —respondió ella, midiendo las palabras—. ¿Quiere que lo avise?

Asentí con la cabeza, intentando mantener la máscara de socia implacable. No tenía ninguna obligación de justificarme ante la secretaria de otro miembro del bufete, pero la culpa y la sensación de estar expuesta me empujaron a hacerlo.

—Es que tengo que pedirle consejo sobre un asunto penal delicado.

Eva me sostuvo la mirada un segundo de más. Bajo su escrutinio silencioso, sentí una oleada de calor que me subió por el cuello; me sentí juzgada, como si aquella mujer pudiera leer a través de la blusa de seda y supiera exactamente lo que faltaba debajo.

Estuve a punto de darme la vuelta, a un milímetro de abortar aquella locura y regresar a mi sector, pero el impulso destructivo que me arrastraba desde la noche anterior fue más fuerte. Ignoré la alarma interna, caminé hacia la doble puerta de caoba y llamé una sola vez antes de entrar.

Alberto estaba sentado en su escritorio de espaldas al ventanal.

Al verme, no mostró la menor sorpresa, era como si me estuviera esperando.

Esbozó esa media sonrisa gélida y, con un movimiento pausado, hizo rodar su sillón de cuero hacia atrás, separándose de la mesa principal como si quisiera dejar un espacio libre y despejado en mitad de la estancia.

Con la palma de la mano, dio dos golpecitos secos sobre sus propios muslos.

Supe perfectamente lo que significaba. No hubo preámbulos, ni saludos, ni una sola palabra de cortesía.

Entré, cerré la puerta a mis espaldas y caminé hacia él. Me senté sobre sus rodillas, dándole la espalda, sintiendo de inmediato la dureza de sus piernas y la firmeza de su cuerpo sosteniendo mi peso. Alberto estiró el brazo sin apartar los ojos de mi nuca y pulsó el botón del intercomunicador.

—Eva, por favor. No me pases ninguna llamada y no dejes que nadie nos moleste bajo ningún concepto —ordenó con una frialdad ejecutiva.

—De acuerdo, don Alberto —llegó la voz de la secretaria a través del altavoz, antes de que el canal se cerrara con un chasquido.

El silencio que se instaló en el despacho se volvió incómodo. Necesitaba que dijera algo. Lo que fuera… pero que no permaneciera callado ni un segundo más. Noté su respiración en mi oído, regular, tranquila, desprovista de la agitación que a mí me estaba partiendo el pecho.

—¿A qué estás esperando? Quítate la camisa.

Su voz sonó tajante, directa al grano, despojada de cualquier amago de galantería o preliminar.

Dudé. Durante un segundo que pareció eterno, toda mi vida anterior, mis veinte años de matrimonio y mi posición en el bufete pesaron sobre mis hombros.

Pero la necesidad de entregarme, el morbo ciego de romper con todo y la urgencia física que arrastraba desde el juzgado eran mil veces más fuertes que cualquier duda moral.

No quería ser la esposa fiel; en ese instante, solo quería desaparecer bajo su control.

Me puse de pie frente a él. Mis piernas temblaban de manera perceptible, pero mantuve la mirada al frente.

Con dedos torpes y apresurados, comencé a soltar los botones de mi blusa de seda blanca, uno a uno.

El aire acondicionado del despacho golpeó mi piel desnuda, erizándomela al instante.

Me abrí la prenda, la deslicé hombros abajo y la dejé caer sobre la mesa de caoba, exhibiendo mis pechos completamente libres ante sus ojos grises.

—Me gustan tus tetas. Son grandes… pero siguen firmes. ¿Las tienes operadas?

Negué con la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada. Nunca me había sentido tan avergonzada de mí misma.

—Bien. Ahora quítate el resto. Pero los zapatos, no. Los zapatos nunca te los quitas cuando estás conmigo.

«Cuando estés conmigo». No supe por qué, pero esas cuatro palabras me estremecieron más que cualquiera de sus órdenes.

Encerraban una intimidad extraña, casi posesiva, como si acabara de trazar una frontera invisible entre el hombre que era fuera de aquella habitación y el que existía únicamente para mí.

Me agaché levemente para abrir la cremallera de la falda gris.

La deslicé por mis caderas hasta que cayó alrededor de mis tobillos, dejándome por completo al descubierto.

Me quedé allí de pie, calzada únicamente con mis zapatos negros de tacón.

De manera instintiva, junté las manos delante del pubis para cubrirme el sexo y desvié la vista hacia la ventana.

Sin embargo, en mitad de aquella humillación, sentí una excitación tan violenta que me hizo morderme los labios.

No entendía qué me estaba sucediendo. Mi mente rechazaba mi propia sumisión.

Yo no era así, pero creo que jamás en toda mi vida había estado tan sumamente caliente.