Capítulo 12
Hay personas que creen que el amor se demuestra con grandes gestos. Yo siempre he pensado justo lo contrario. Después de veinte años, el amor se parece mucho más a recordar el café que le gusta a la otra persona o a saber, sin preguntarlo, cuándo ha tenido un mal día.
Sin embargo, aquella mañana me desperté con la sensación de que necesitábamos algo más.
No porque pensara que nuestro matrimonio estuviera mal. Al contrario. Precisamente porque llevaba semanas viendo a Carmen tan agotada, tan absorbida por el trabajo, que empecé a preguntarme cuándo había sido la última vez que habíamos hecho algo solo para nosotros.
Mientras abría la inmobiliaria, la idea apareció de golpe. El club de hípica. Sonreí sin darme cuenta.
Hacía años que ninguno de los dos ponía un pie allí. Lo cierto es que no recordaba, por mucho que lo intenté, cuándo Carmen había dejado de montar a caballo. Aquel lugar había quedado convertido en un recuerdo de juventud.
Durante el resto de la mañana apenas fui capaz de concentrarme. Enseñé un par de pisos, respondí varias llamadas y preparé unos contratos, pero mi cabeza seguía en aquel verano.
A media mañana aproveché un descanso para llamar al club. Contestó una mujer joven.
—Club de Hípica. Buenos días.
—Buenos días. Quería hacer una reserva para cenar el viernes por la noche.
—¿Son ustedes socios?
—Me temo que no… Aunque la familia de mi esposa sigue siendo socia.
—Lo siento, señor. Pero solo admitimos reservas a nombre de socios activos —respondió. Su voz era educada, pero mecánica, como si hubiera repetido aquella frase cientos de veces.
Hice un último intento. Odiaba hacerlo, pero sabía que casi siempre funcionaba.
—Mi suegro es Álvaro Valcárcel.
Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio.
—Entonces le pido disculpas, señor —su tono cambió por completo—. Siendo el yerno del señor Valcárcel, podremos hacer una excepción.
—No sabes cuánto se lo agradezco… —respondí, aunque en el fondo sentía que acababa de aprovecharme del peso de un apellido que me hacía sentir pequeño.
Mientras hablaba, me di cuenta de que estaba nervioso. Era ridículo. Después de veinte años, seguía poniéndome ansioso cuando se trataba de sorprender a Carmen.
—¿Papá?
Respondió con la naturalidad de quien nunca espera malas noticias de su padre.
—¿Qué haces?
—Estoy con Anita en el centro comercial.
—Necesito pedirte un favor.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Es para mamá?
Suspiré.
—¿Se nota tanto?
—Muchísimo.
Soltó una risita.
—Quiero darle una sorpresa el viernes. La he invitado a cenar al Club de Hípica, pero necesito que te asegures de que no haga ningún otro plan.
—¿Solo eso?
—Y que no sospeche nada.
—Eso ya va a ser más difícil.
Los dos nos reímos.
—¿Qué has preparado?
Le conté mi idea. Quería llevar a Carmen al club sin decirle nada, pasear con ella por los jardines donde nos conocimos y terminar la noche cenando allí.
—Me parece precioso, papá.
Hice una pausa.
—¿Tú crees?
—La conozco. Le va a encantar.
—Últimamente la noto muy cansada. Pensé que quizá le apetecería recordar un poco aquellos años.
Clara permaneció callada unos segundos.
—Siempre se le ilumina la cara cuando me cuenta cómo te conoció.
Volví a sonreír.
—No le digas nada.
—No te preocupes, papá. Soy una tumba.
Colgué bastante más animado de lo que había empezado el día.
Al salir de trabajar, no fui directamente a casa. Conduje hasta una pequeña joyería del centro. Estuve más de media hora mirando escaparates.
Descarté varias pulseras y un collar que me pareció demasiado ostentoso.
Carmen nunca había sido una mujer de llevar grandes joyas.
Terminó llamándome la atención un colgante sencillo de oro blanco con una pequeña esmeralda.
La piedra tenía exactamente el mismo color que sus ojos cuando la luz del sol le daba de frente.
Lo compré sin pensarlo más.
Mientras el dependiente envolvía el estuche, me sorprendí imaginando su cara al abrirlo. Seguía haciéndome ilusión verla sonreír. Supongo que eso era estar enamorado.
Cuando llegué a casa, escondí el regalo en el último cajón de mi armario, debajo de unas mantas que Carmen jamás abría. Después me puse el delantal y empecé a preparar la cena.
Mientras cortaba unas verduras, pensé en lo mucho que había cambiado nuestra vida. Ya no éramos aquellos dos chavales que se besaban a escondidas en un coche.
Ahora compartíamos una hija, una casa, veinte años de recuerdos y miles de pequeñas costumbres que solo nosotros entendíamos. Y, aun así, cada vez que oía girar la llave en la cerradura, sentía exactamente la misma ilusión que el primer día.
Escuché el ascensor detenerse en nuestra planta.
Sonreí sin darme cuenta.
—Ya está aquí… —murmuré para mí.
No sabía si la sorpresa le gustaría. Solo esperaba conseguir una cosa. Que, aunque fuera por una noche, Carmen pudiera olvidarse del trabajo y volver a ser aquella chica de veinticuatro años que un día decidió cambiarme la vida para siempre.