La Esposa Compartida Capítulo 11
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Capítulo 11

Me miré al espejo con los párpados pesados por la falta de sueño y me repetí que, por supuesto, no pensaba ir al trabajo sin ropa interior.

Faltaría más. No iba a convertirme en el juguete de Alberto.

Yo era Carmen Valcárcel, una abogada con fama de no dejarse doblegar por nadie.

Una mujer independiente, acostumbrada a tomar sus propias decisiones, que jamás había agachado la cabeza ante nadie. Todo lo contrario.

Apenas había dormido un par de horas, atrapada entre un miedo físico y un arrepentimiento que me habían tenido dando vueltas en la cama toda la noche.

Intentaba racionalizar lo ocurrido para aliviar mi conciencia.

Me repetía que no había pasado nada realmente grave, que nos habíamos detenido a tiempo.

Pero la verdad era implacable. Haber acabado sentada sobre las piernas de Alberto y haber permitido que me acariciara los pechos ya era una traición absoluta a Julián.

Sin embargo, lo peor no era la culpa; lo peor era que seguía excitada.

Era una contradicción física que me resultaba humillante.

Todavía sentía la presión de su pelvis bajo mis nalgas y el calor de sus manos expertas abriéndose paso bajo mi camisa.

Esa misma noche me masturbé un par de veces en la penumbra de mi habitación, buscando una liberación que nunca llegaba a ser limpia.

Era un bucle destructivo: el orgasmo solo me traía un remordimiento inmediato que, lejos de aplacarme, volvía a encender el morbo y me empujaba a empezar de nuevo. Nada lograba sosegarme.

Abrí el armario dispuesta a recuperar el control.

Seleccioné un conjunto de encaje negro, el sujetador con la copa armada y las bragas a juego.

Me los puse de manera mecánica. Me enfundé en una falda de tubo gris y una blusa de seda blanca que abroché meticulosamente casi hasta el cuello, ocultando la zona donde la boca de Alberto me había dejado la piel sensible.

Fue en ese momento cuando el olor a café recién hecho llegó desde la cocina. Era el aroma de la rutina, la señal de que Julián ya estaba despierto y preparando el desayuno. Y, justo ahí, algo cambió en mi cabeza.

Me detuve en mitad del dormitorio, frente al espejo de cuerpo entero.

Con las manos tensas, me desabroché la cremallera de la falda, introduje los dedos por la cintura del encaje negro y me bajé las bragas.

Acto seguido, deslicé las manos bajo la blusa, solté el broche del sostén y lo saqué por las mangas.

Me quedé. Me examiné de frente y de perfil. Busqué cualquier arruga extraña en la tela, cualquier relieve delator. ¿Alguien podría notarlo a simple vista?

Esa mañana tenía dos vistas en los juzgados.

Nada importante: un divorcio contencioso y un caso menor de escándalo público.

La ironía de la agenda me provocó una pequeña sonrisa.

Me pregunté si alguien en la sala de vistas —el juez, el agente judicial o el abogado de la otra parte— sería capaz de adivinar que la impecable letrada Carmen Valcárcel iba completamente desnuda bajo la ropa.

No pensaba solo en Alberto. Era la idea en sí misma la que me resultaba adictiva; el secreto, la sensación de poder que daba saltarse las normas sin que nadie alrededor tuviera la menor sospecha.

Dejé caer las bragas negras al suelo, justo encima de las que me había quitado antes de ducharme. Ya las recogería Julián al hacer la cama; él nunca prestaba atención a esos detalles. Hice lo mismo con el sujetador, abandonándolo sobre la alfombra.

Di un par de pasos por la habitación y un escalofrío me recorrió la espalda.

El roce directo de la seda fría de la blusa contra los pezones me obligó a contener la respiración.

Caminé un poco más, experimentando el balanceo de mis pechos liberados.

Pensé que tampoco era nada escandaloso; puede que la silueta quedase un poco más caída sin la sujeción del aro, pero seguía siendo elegante. Decidí salir así.

Me puse una última condición a modo de red de seguridad: iría a la cocina y me tomaría el café con Julián. Si él notaba algo extraño, si me miraba más de la cuenta o me hacía cualquier comentario sobre mi aspecto, regresaría de inmediato y me pondría la lencería.

Crucé el pasillo con la espalda erguida, consciente de cada movimiento de la tela sobre mi piel. Entré en la cocina. Julián estaba de espaldas, sirviendo el café.

—Buenos días, mi amor —dije, forzando mi tono habitual—. Huele de maravilla.

—Hola, cariño —respondió, girándose hacia mí con una sonrisa.

Me miró a los ojos, bajó la vista hacia mi taza y me la acercó. No notó nada. Absolutamente nada. Igual que la noche anterior, cuando llegué a casa, tampoco se había dado cuenta de que había estado sentada sobre el regazo de otro hombre. Pese a mi pecado, todo seguía en orden.

Me senté a la mesa y bebí el café caliente, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba bajo la blusa cada vez que me movía.

Hablamos de cosas triviales: el examen de Clara, el tráfico, el tiempo…

Julián estaba completamente ajeno a la agitación que yo llevaba por dentro.

Su ignorancia, en lugar de frenarme, operó como una especie de autorización implícita.

Terminé el café, me levanté y recogí el bolso. Julián me acompañó hasta la puerta, cumpliendo el ritual de todas las mañanas.

—Que tengas un buen día —me dijo, dándome un beso breve en los labios.

—Igualmente —murmuré—. Llámame a mediodía. Ya sabes cuánto me gusta escuchar tu voz.

Me separé de él, salí al rellano y le tiré un último beso. Julián nunca cerraba la puerta hasta que no me metía en el ascensor. Era su forma de protegerme.

Mientras las puertas metálicas se cerraban y comenzaba a bajar, el roce de la lana de la falda contra mis muslos desnudos me recordó que había aceptado jugar con fuego.

Iba directa al bufete. Y de la manera exacta en que Alberto me lo había ordenado.