Capítulo10
Jamás pensé que pudiera perder a Carmen. Ni una sola vez. Siempre había creído que la había querido bien, que la había cuidado como mejor sabía y que eso bastaría para que lo nuestro durara toda la vida.
Si alguien me hubiera preguntado entonces si era feliz, habría respondido que sí sin dudarlo. Teníamos una hija maravillosa, una vida cómoda y una rutina que, aunque había cambiado con los años, seguía haciéndome sentir un hombre afortunado cada mañana al despertar.
Es cierto que nuestra relación ya no era tan apasionada como cuando éramos jóvenes.
También que hacía semanas que dormíamos en habitaciones separadas.
Ella descansaba mal y decía que necesitaba dormir sola, así que aquello nos pareció una solución práctica.
Nunca interpreté ese cambio como una señal de alarma.
Los matrimonios cambian. Evolucionan. Era normal.
O eso quería creer.
Aquella tarde salí antes de la oficina para recoger a Clara de natación.
Mientras esperaba sentado en las gradas, la observaba nadar de un lado a otro de la piscina con la misma determinación que siempre había visto en su madre.
Sonreí para mis adentros. Cada vez se parecía más a Carmen.
No solo físicamente, sino también en esa forma de exigirse siempre un poco más que los demás. Me sentí muy orgulloso de ella.
De camino a casa, pasé por la tintorería a recoger el vestido azul que Carmen me había pedido aquella mañana. La dependienta me sonrió al verme entrar.
—¿El vestido de tu mujer? —preguntó, bajándolo de la percha.
—Sí —asentí—. Como siempre, se me habría olvidado si ella no me lo recordara veinte veces.
La mujer soltó una carcajada mientras me cobraba.
—Menos mal que te tiene a ti para estas cosas.
Aquella frase me hizo gracia, pero la realidad era justo la contraria: era yo quien necesitaba a Carmen mucho más de lo que ella podía necesitarme a mí. Ella era el motor de nuestra vida. Yo solo procuraba que todo lo demás funcionara.
Llegué a casa poco antes de las ocho. Preparé la cena con tranquilidad mientras Clara se encerraba en su cuarto. A las nueve menos cuarto, escuché la llave girar en la cerradura.
—Ya estoy en casa.
Aquel simple saludo de Carmen al cruzar el umbral seguía alegrándome el día.
Me acerqué a la entrada para darle un beso, pero, en cuanto estuve cerca, me di cuenta de que estaba especialmente cansada.
Tenía unas sutiles ojeras bajo los ojos, el pelo ligeramente revuelto y el gesto mucho más serio de lo habitual.
Incluso me pareció advertir una leve rojez en la base del cuello, como si se hubiera rascado sin darse cuenta.
—He tenido un día horrible en el juzgado —dijo, dejando el bolso sobre la consola con un golpe seco—. El fiscal se ha empeñado en añadir un delito de cohecho a última hora y el juez le ha dado cuerda durante toda la vista. Ha sido un auténtico desastre.
Se pasó una mano por la frente y cerró los ojos unos segundos, como si solo quisiera dejar de pensar.
—Necesito una ducha. Luego te lo cuento con calma.
Durante la cena apenas participó en la conversación.
Clara nos contó que el fin de semana siguiente se quedaría a dormir en casa de Paula, porque los padres de su amiga se iban de viaje, pero Carmen apenas la escuchaba.
De vez en cuando desviaba la mirada hacia el móvil, que había dejado boca arriba sobre el mantel, como si esperara que se iluminara de un momento a otro.
Pensé que estaría preocupada por algo importante.
Al terminar, Clara recogió su plato y desapareció a su habitación para seguir con sus cosas. Carmen se quedó en la cocina y me ayudó a meter los vasos en el lavavajillas. De pronto, sin venir a cuento, se detuvo. Se giró hacia mí y me rodeó el cuello con los brazos.
—Gracias por todo, mi amor —susurró.
La miré sorprendido, sosteniéndola por la cintura.
—¿Anda? ¿Y eso a qué viene?
Bajó la mirada antes de responder.
—Porque siempre estás ahí cuando te necesito, Julián. Siempre.
Sonreí y la abracé con fuerza, hundiendo el rostro en su cuello. Pensé que aquella noche haríamos el amor.
Pero, justo entonces, mientras seguía entre mis brazos, escuché el zumbido de su teléfono al vibrar. Carmen se tensó al instante. Apenas fue un gesto, casi imperceptible, pero lo suficiente para que lo notara. Se apartó de mí con una naturalidad algo forzada.
—Voy un momento al baño —dijo.
Aquella noche volvió a retirarse temprano a su habitación. Yo me quedé un rato más en el salón, viendo una película en la televisión que ni siquiera recuerdo. Antes de apagar las luces, me quedé mirando la puerta cerrada de su dormitorio. Sonreí para mis adentros. Todo era perfecto.