La Esposa Compartida Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Alberto no necesitó que se lo repitiera. Su promesa voló por los aires en el mismo instante en que sus manos abandonaron los brazos del sillón.

Escuché el siseo nítido de la seda de mi camisa al tensarse y el chasquido seco de los primeros botones al ceder bajo sus dedos.

Cerré los ojos de golpe. Apreté los párpados con fuerza, negándome a mirar, queriendo borrar la realidad de lo que me estaba ocurriendo.

Siempre había tenido la absurda fantasía romántica de que, si algún día llegaba a estar con otro hombre, todo comenzaría con un beso lento, una transición suave y culposa.

Pero Alberto no era como Julián, ni como ningún otro hombre que hubiera conocido antes. Él no buscaba permiso, ni romanticismo; buscaba posesión. Rendición.

Sentí el frío del aire acondicionado del despacho golpear mi pecho cuando me deslizó la camisa por los hombros, atrapándome los brazos.

No hubo tregua. Antes de que pudiera asimilar la desnudez de mi torso, sentí la boca de Alberto hundiéndose en mi cuello, bajando en una línea de fuego hasta morder la clavícula con una presión exigente, casi dolorosa, que me arrancó un gemido ahogado.

Mientras sus labios me marcaban la piel, sus manos, calientes y expertas, resbalaron hacia mi espalda. Sentí el roce de sus palmas contra mis costillas y, en apenas un segundo, con una sutileza impecable, abrió el broche del sostén.

Alberto se apoderó de mis pechos, llenándose las manos con ellos, apretándolos con una firmeza que me obligó a arquear la espalda hacia delante, entregándome por completo a su tacto mientras mi respiración se convertía en un suspiro sigiloso contra su oído.

—Tienes unas tetas preciosas. Es una pena que tengas que irte justo ahora.

Esto empezaba a ponerse realmente interesante.

Pero, por desgracia, dentro de un par de minutos mi secretaria abrirá esa puerta…

y estoy seguro de que no querrás que te encuentre sentada sobre mí en este estado, ¿verdad, Carmen?

Aquellas palabras cayeron sobre mí como un jarro de agua helada.

Fue como despertar de golpe de un sueño febril.

Sentí una punzada de humillación tan profunda que apenas podía respirar.

La realidad me golpeó con toda su crudeza: si Alberto hubiera dado un paso más, no habría encontrado la menor resistencia por mi parte.

¿Por qué jugaba así conmigo?

—Eres un imbécil —dije, poniéndome de pie de un salto e intentando volcar sobre él toda la rabia y la culpa que acababa de descubrir dentro de mí.

Con las manos temblorosas y movimientos torpes por la prisa, me recolocé el sujetador y empecé a abrocharme la camisa.

Los dedos apenas me obedecían. Alberto ni siquiera se movió del sillón.

Se limitó a seguir el recorrido de mis manos con aquella mirada fría, cargada de una autosuficiencia insoportable.

—Tienes razón, soy un completo imbécil —replicó él, con una voz baja y arrastrada que me erizó el vello—. Debería haberte bajado las bragas y haberte volcado contra la mesa. ¿Eres de las que gritas?

No respondí. No podía. Agarré la carpeta de la constructora y salí de allí dando un portazo que retumbó en todo el ala de dirección.

La advertencia de Alberto era real. Nada más salir al pasillo, me topé de frente con Eva, su secretaria.

Llevaba una bandeja con unos documentos y caminaba precisamente en dirección al despacho de Alberto.

Traté de recomponer el gesto, de adoptar mi máscara habitual de abogada dura e implacable, pero la mirada de Eva bajó un segundo hacia mi cuello, donde la piel aún me escocía por la boca de Alberto.

—Buenas tardes, Carmen —dijo con cortesía profesional, aunque me pareció notar un brillo de sospecha en sus ojos.

—Hola, Eva —acerté a decir, con la voz extrañamente ronca, antes de alargar el paso hacia el ascensor.

El resto de la tarde fue un calvario de náuseas y reproches internos.

El trayecto a casa, el silencio del coche, la culpa flotando en el ambiente.

Por la noche, la sensación de estar viviendo una mentira se volvió insoportable.

Estaba en el comedor, cenando con Julián y con nuestra hija.

Mi marido hablaba del precio desorbitado de la merluza y mi hija me miraba como si intentara comprender por qué estaba tan ausente su madre esa noche.

De pronto, el móvil vibró sobre el mantel, justo al lado de mi plato.

Aproveché que Julián se levantaba a la cocina a por agua para desbloquear la pantalla. Era un número no guardado, pero no me hizo falta leer el nombre para saber quién era.

+34 6... Mañana a las nueve te quiero en mi despacho. Trae el informe de las conclusiones. Y ven sin sujetador y sin bragas. Odio perder el tiempo.

Guardé el teléfono antes de que Julián regresara al comedor. Cuando volvió a sentarse frente a mí, me sonrió. Yo le devolví la sonrisa. Y fue en ese preciso instante cuando comprendí que ya no me daba miedo acostarme con otro hombre.

Lo que realmente me aterraba era descubrir que estaba deseando volver a aquel despacho.