Capítulo 9 #2
—Si tan segura estás de ti misma, no tienes que tener miedo —replicó él, sosteniéndome la mirada con una calma imperturbable—. Prometo no tocarte. Venga, Carmen… Demuéstrame que estoy muy equivocado y que no vas a sentir absolutamente nada.
Permanecí inmóvil. Ni un solo músculo de mi cuerpo obedecía las órdenes de mi cabeza. Bastaba con dar media vuelta, abrir la puerta del despacho y marcharme. Era lo razonable. Lo correcto.
Entonces, ¿por qué seguía allí? «Levántate y vete, estúpida», me repetí.
Pensé en Julián. En Clara. En la alianza que llevaba en el dedo. Tenía todos los motivos del mundo para salir de allí. Y, sin embargo, ninguno conseguía moverme un solo centímetro.
Había algo mucho más peligroso anclándome al suelo. Mi orgullo. Alberto no me estaba seduciendo. Me estaba desafiando. No había prometido besarme. Ni acostarse conmigo. Ni siquiera había intentado tocarme.
Simplemente había puesto en duda una certeza sobre la que llevaba construyendo mi vida desde los veinticuatro años.
«¿Y si no eres tan fuerte como crees?»
Aquella pregunta empezó a resonar dentro de mí con una violencia insoportable. Sentí rabia. Rabia contra él por atreverse a hacerla. Y rabia contra mí porque, por primera vez, no estaba completamente segura de la respuesta.
«Si me siento un segundo sobre sus piernas no pasa absolutamente nada», pensé. «Solo quiero demostrarle que se equivoca.»
Era una estupidez. Lo sabía. Pero las peores decisiones de mi vida siempre empezaron con una mentira que me conté a mí misma.
No sé por qué lo hice. Todavía hoy sigo sin encontrar una explicación lógica a ese instante en el que mandé a la mierda veinte años de principios. Me moví como un autómata, empujada por una fuerza invisible, y me senté sobre sus rodillas.
El contraste fue inmediato. Alberto cumplió su promesa: mantuvo las manos apoyadas en los reposabrazos del sillón de cuero, sin hacer el menor intento de rodearme la cintura ni de buscar el contacto de mi piel.
No me tocó. Pero la cercanía de su cuerpo, la firmeza de sus piernas sosteniendo mi peso y el aroma intenso de su perfume me envolvieron por completo.
Un calor súbito ascendió desde mi entrepierna hasta el estómago, acelerándome el pulso en apenas un instante.
Allí estaba yo, la impecable Carmen Valcárcel, sentada en el regazo del depredador más peligroso del bufete, temblando de puro morbo mientras él se limitaba a sostenerme la mirada, inmóvil, esperando a que fuera yo quien rompiera el pacto.
—Estás temblando —susurró Alberto—. Y todavía no te he tocado.
Su voz me llegó directa al oído, densa, con una vibración que me erizó la piel.
Estaba tan cerca que el calor de su aliento me rozaba la mejilla, pero sus manos seguían inmóviles sobre los brazos del sillón, fieles a la promesa que me había hecho.
Precisamente esa inmovilidad volvía la situación infinitamente más perversa.
—Mentiroso… No tiemblo —mentí, aunque el leve temblor de mis hombros y el pulso desbocado que latía en mi cuello me delataban por completo.
—Claro que tiemblas —insistió con una suavidad implacable, saboreando cada segundo de mi desconcierto—. ¿Qué es lo que sientes, Carmen?
Me obligué a levantar la vista y a clavar mis ojos en los suyos, fijos, desprovistos de cualquier rastro de emociones.
—Dímelo tú, que eres el experto —alcancé a murmurar, intentando mantener un último rastro de orgullo mientras contenía la respiración.
Dejó pasar tres segundos eternos, sosteniendo mi mirada con una fijeza que me caló hasta los huesos.
—Notas cómo se te acelera el corazón —susurró.
Esta vez ya no hablaba el brillante abogado, sino el depredador que sabe que su presa ha dejado de buscar la salida—.
Sientes cómo la culpa choca contra el deseo más intenso que has experimentado en dos décadas.
Notas que la ropa te pesa, que la respiración se te acorta y que ya no puedes dejar de preguntarte si de verdad te levantarías si yo rompiera mi promesa.
¿Qué harías si yo pusiera una mano sobre tus muslos?
El calor entre mis piernas se volvió insoportable, un pulso salvaje que me nublaba el juicio. Quería levantarme, salir corriendo de ese despacho y borrar ese instante, pero mi cuerpo no respondía. Estaba completamente poseída.
Alberto inclinó la cabeza apenas un milímetro hacia delante, lo justo para que sus labios rozaran el aire a la altura de mi oreja, sin llegar a tocar mi piel.
—Estás a una sola palabra de saber lo que es estar viva de verdad —añadió, y su aliento me quemó el cuello—. Solo tienes que pedírmelo.
—No… —suspiré.
—Pídemelo, Carmen. No seas tan cobarde.
—No te lo voy a pedir, Alberto —susurré, y aunque las palabras pretendían ser un rechazo, mi tono fue una invitación desesperada, un hilo de voz quebrado y ardiente.
Él arqueó una ceja, inmóvil, saboreando mi pequeña rebelión.
—¿Estás segura? —preguntó, con ese susurro tan varonil—. Mírame a los ojos y dime que quieres que meta las manos por debajo de la camisa.
Mi cuerpo lo buscó. Rocé instintivamente mi intimidad contra su pelvis.
El gemido contenido que se le escapó a Alberto entre los dientes fue la confirmación de que él también estaba al límite.
—No te lo voy a pedir… —insistí, pero esta vez bajé las manos a su cuello, enredando los dedos en su pelo—. Pero hazlo. Hazlo ya…