Capítulo 9
Hasta que me acosté con Alberto, jamás le había sido infiel a Julián. Ni una sola vez.
Durante mucho tiempo estuve convencida de que yo no era esa clase de mujer.
Siempre me indignó escuchar historias de matrimonios destruidos por una aventura pasajera; me parecían una mezcla miserable de traición y egoísmo.
Estaba convencida de que, si algún día dejaba de querer a Julián, tendría la decencia de divorciarme antes de buscar refugio en otra cama.
La vida terminó demostrándome que nadie llega a conocerse del todo.
Y oportunidades no me habían faltado. A lo largo de casi veinte años de matrimonio, tuve decenas de ocasiones para cruzar esa línea. Clientes adinerados, jueces, empresarios, políticos, compañeros de profesión…
Aprendí muy pronto a detectar una mirada demasiado insistente o un cumplido con segundas intenciones. Siempre supe poner límites. Hasta que apareció el único hombre con el que jamás imaginé que terminaría cayendo.
Conocía a Alberto Llorente desde el primer día que crucé la puerta de Valverde, Llorente era la misma que me había dedicado veinte años atrás.
Solo que esta vez ocurrió algo que jamás habría esperado.
No me molestó. Al contrario. Hubo una parte de mí, pequeña y completamente ridícula, que sintió cierta satisfacción al comprobar que, a mis cuarenta y tantos años, seguía resultándole atractiva a un hombre que podía elegir prácticamente a cualquier estudiante de Derecho de la universidad donde daba sus brillantes conferencias.
Sonreí. Fue apenas un gesto leve, un milisegundo.
Pero Alberto Llorente llevaba demasiados años leyendo a las personas como para dejar escapar un detalle así.
Se reclinó despacio en el sillón de cuero, entrelazó las manos sobre el abdomen y esbozó esa media sonrisa tranquila que utilizaba en las salas de vistas cuando sabía que llevaba ventaja.
—Carmen, ¿puedo hacerte una pregunta personal?
—Dispara —respondí dando un suspiro.
No apartó los ojos de los míos. Su voz sonó densa, pausada.
—¿De verdad compensa ser fiel en el matrimonio?
Aquella pregunta me dejó inmóvil. No porque me ofendiera. Lo realmente inquietante fue descubrir que, por primera vez, no tenía una respuesta sincera.
—Por supuesto —respondí al fin, forzando una firmeza que ni yo misma sentía—. Es la base de cualquier relación. Si no hay confianza mutua, ¿de qué sirve estar con otra persona?
Pero mi voz no sonó tan convincente como me hubiera gustado. Titubeó apenas un instante, lo justo para delatar la duda que llevaba dentro.
Alberto no se movió de su sitio. Su media sonrisa se ensanchó un milímetro, saboreando el momento con la parsimonia del que sabe que el juicio ya está ganado y que solo es cuestión de tiempo que el acusado termine confesando.
—Te ha costado exactamente tres segundos articular palabra. Tres segundos en los que has valorado la opción de mandarme a la mierda… y no lo has hecho. ¿Cuántos años hace que no estás con otro hombre que no sea tu marido?
Me limité a abrir la carpeta que llevaba en las manos y la dejé sobre la mesa de caoba, justo encima de sus notas, obligándolo a mirar los papeles.
—Los peritos de la constructora han cambiado la declaración, Alberto. Si no modificamos el escrito de conclusiones antes del viernes, estamos fuera. Así que tú verás en qué prefieres gastar la tarde.
Fue un intento desesperado por reconducir la situación a un terreno seguro.
Pero mi voz había bajado un tono, perdiendo esa resonancia limpia que solía tener en las salas de vistas.
El silencio previo me había delatado y Alberto, con esa lucidez implacable que lo convertía en un orador brillante, lo cazó al vuelo sin necesidad de grandes discursos.
No miró los papeles. Se limitó a inclinar un poco la cabeza, sosteniéndome la mirada con una calma tensa.
—Más de veinte… —respondí con retraso.
La cifra sonó extraña en mi propia boca, casi como una condena.
Alberto soltó una risa breve, seca, que no llegó a sus ojos grises. Se reclinó un poco más en su sillón de cuero, entrelazando los dedos con una parsimonia exasperante.
—¿Y después de dos décadas quieres que me crea que aún te hace temblar?
La crudeza de sus palabras se quedó flotando en el aire del despacho.
No utilizó términos románticos, ni habló de amor, ni de complicidad; fue directo al cuerpo, a la reacción visceral, al deseo físico puro.
Y lo peor de todo era que, en mitad de aquel silencio espeso, los dos sabíamos perfectamente cuál era la respuesta.
—Puede que la pasión se enfríe con los años, Alberto, pero también pienso que hay cosas más importantes en una relación —dije, tratando de recuperar el suelo bajo mis pies.
Sonó a manual, a la clase de justificación razonable que cualquiera daría para defender su matrimonio. Intenté que mi tono fuera maduro, pragmático, la voz de una mujer que valora la estabilidad, el respeto y la vida que había construido junto a Julián.
Se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos sobre la mesa de caoba, reduciendo la distancia física entre nosotros.
—Eres demasiado inteligente para creer en príncipes azules, Carmen, y demasiado bonita para conformarte —añadió, dejando caer cada palabra con un peso absoluto, con esa cadencia impecable que hacía que cualquier argumento suyo pareciera una verdad incuestionable.
La combinación de su elocuencia y ese sutil golpe a mi vanidad me dejó desarmada.
No era un piropo vulgar; era un análisis clínico, frío y preciso de mi propia insatisfacción.
Alberto no me estaba cortejando con promesas de amor eterno, me estaba ofreciendo una salida de emergencia a la monotonía, apelando directamente a mi ego y a mi carne.
—¿Y según tú qué es lo que tengo que hacer para saber si de verdad merece la pena ser una mujer fiel? —le pregunté con ironía.
Alberto se rió. Una risa suave, segura, de quien sabe que tiene el control absoluto de la situación.
—Lo primero, sentarte aquí —respondió, dando dos golpecitos secos con la palma de la mano sobre sus propios muslos—. Es un gesto sencillo en el que apenas arriesgas nada.
Yo me quedé muda, con la boca abierta, incapaz de reaccionar. Mis piernas parecían clavadas al suelo del despacho, pero mis ojos no se movían de sus rodillas. La propuesta era tan directa, tan absurdamente inapropiada para aquel lugar y para lo que yo era, que mi mente colapsó por un segundo.
—¿De verdad piensas que voy a hacerlo? —logré articular, intentando sonar indignada, aunque mi voz me traicionó con un hilo de expectación—. Esos trucos puede que te valgan para las niñatas a las que seduces en la universidad.