La Esposa Compartida Capítulo 8
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Capítulo 8

Los cambios llegaron tan despacio que fui incapaz de verlos. O quizá sí los vi, pero preferí encontrarles una explicación antes que aceptar que algo empezaba a transformarse dentro de ella.

Primero pensé que era el estrés. Después me convencí de que serían cosas de la edad, de esos cambios hormonales por los que, según había oído tantas veces, terminaban pasando tarde o temprano todas las mujeres.

Lo primero fue el sexo.

Carmen siempre había tenido un deseo que parecía no agotarse.

Durante años bastaba una sola mirada para que acabáramos haciendo el amor con la misma intensidad y pasión del principio.

Sin embargo, poco a poco empezó a decirme que le dolía la cabeza, que estaba demasiado cansada o, sencillamente, que no le apetecía.

Y, siendo sincero, nunca tuve motivos para desconfiar de ella.

Salía de casa antes de las siete de la mañana y muchas noches no regresaba hasta pasadas las nueve de la noche. Juicios, reuniones con clientes, horas encerrada en el despacho… Vivía para su trabajo.

Intentaba convencerme de que era perfectamente normal.

Al fin y al cabo, no tenía derecho a pedirle a Carmen que renunciara a una carrera por la que llevaba luchando desde que la conocía.

Hubiera sido profundamente egoísta por mi parte.

Yo sabía mejor que nadie el enorme esfuerzo que le había costado llegar hasta donde estaba.

Además, por mucho que mi suegro fuera un importante empresario, yo no dejaba de ser un empleado más de una de sus inmobiliarias. Tampoco puedo culparlo por eso. Nunca tuve la ambición de dirigir nada, ni me atreví a pedir más responsabilidades que quizá ni siquiera estaba preparado para asumir.

La realidad era que Carmen sostenía económicamente el tren de vida que llevábamos.

Gracias a ella, Clara estudiaba en el colegio más exclusivo de la ciudad, conducíamos coches de alta gama, manteníamos el apartamento de la costa y viajábamos de vacaciones sin mirar demasiado el precio de los hoteles.

Nunca me avergoncé de que mi esposa quintuplicara mis ingresos. Al contrario. Siempre pensé que, si Carmen había nacido para hacer cosas importantes, era absurdo pedirle que perdiera tiempo preocupándose por poner una lavadora o por hacer la compra en el supermercado.

Pero, tras aquel distanciamiento en la cama, llegaron los ronquidos. Eso fue definitivo.

Una noche me dijo, con toda la delicadeza del mundo, que llevaba semanas durmiendo fatal porque apenas conseguía descansar a mi lado.

Según ella, me movía sin parar, invadía su lado de la cama y, para colmo, roncaba cada vez más fuerte.

Incluso compró unos tapones para los oídos, pero aseguraba que no le servían de nada.

Fui yo quien propuso la solución.

—¿Y si duermo unos días en la habitación de invitados? Solo hasta que encontremos una forma de arreglarlo.

Ella se negó al principio. Insistió en que no quería echarme de nuestra habitación, que le encantaba despertarse a mi lado. Pero terminé convenciéndola. Pensé que serían dos o tres noches. Como mucho, una semana.

Nunca volví a dormir allí. Poco a poco fui llevándome todas mis cosas a la habitación de invitados.

Nuestro piso era muy acogedor. Aunque estaba completamente reformado, conservaba los techos altos y el carácter de las antiguas viviendas del centro de la ciudad.

La habitación de Clara estaba junto a la entrada, y la de invitados compartía pared con nuestro dormitorio.

Apenas nos separaba un fino tabique. Sin embargo, aquella distancia empezó a parecerme insalvable.

Lo extraño era que, a pesar de ese distanciamiento físico, nuestra relación seguía pareciendo perfecta.

Cuando Carmen volvía del trabajo, seguía besándome al cruzar la puerta. Me preguntaba cómo había ido el día y me daba las gracias por tener la cena preparada o la casa recogida.

En apariencia, nada había cambiado. Y, sin embargo, ya nada era igual.

Pero los cambios en sus rutinas siguieron transformando nuestra vida en pareja. Después de todo aquello, empezó a acostarse cada vez más temprano. Decía que necesitaba dormir más horas para soportar el ritmo del bufete.

Cuando terminábamos de cenar y Clara se retiraba a su dormitorio para estudiar un rato antes de acostarse, Carmen también se despedía hasta el día siguiente. Me daba un beso, me decía que me quería y entraba en el dormitorio, cerrando la puerta con la misma suavidad de siempre.

Eso fue lo que más me costó asimilar. Me pasaba el día esperando ese momento en el que, por fin, no tenía que compartir a Carmen ni con su trabajo ni con su familia. Era el único rato que sentía realmente nuestro. Y, de pronto, también desapareció.

Yo me quedaba hasta tarde en el salón, con la televisión puesta, viendo cualquier cosa sin prestarle demasiada atención.

«Todo va bien. Todo sigue igual. Solo es una mala racha», me repetía una y otra vez, como si bastara con convencerme de ello para que fuera cierto.

A la mañana siguiente me levantaba antes que ella para preparar el café. Era, sin duda, mi momento favorito del día. Durante esos minutos volvía a creer que seguíamos siendo los mismos de siempre. Era el único instante en que todo parecía seguir en su sitio.

Al cabo de unos minutos, la puerta del dormitorio se abría y aparecía Carmen.

Siempre impecable. Alta, esbelta y con esa elegancia natural que no se aprende.

Su vestido, perfectamente entallado, realzaba una figura armoniosa sin necesidad de exageraciones.

Los tacones marcaban un paso firme sobre el parquet.

El cabello claro, unas veces recogido con pulcritud y otras suelto sobre los hombros, enmarcaba un rostro de facciones delicadas y una mirada serena que siempre conseguía detener la mía.

En una mano llevaba el portafolios de cuero negro; en la otra, el teléfono móvil. Bastaba verla cruzar el salón para recordar que, después de tantos años, seguía pareciéndome la mujer más atractiva del mundo.

Nos sentábamos unos minutos en la cocina, todavía medio dormidos, compartiendo un café y las primeras palabras del día.

Hablábamos de Clara, de la compra que hacía falta, de alguna reunión importante que ella tenía o de cualquier tontería sin importancia.

Eran conversaciones sencillas, casi rutinarias, pero yo las disfrutaba como si fueran un pequeño regalo antes de que cada uno empezara su jornada.

Después la acompañaba hasta la puerta de casa. Ella se colgaba el bolso del hombro, recogía el portafolios y, antes de marcharse, me regalaba un beso húmedo y apasionado.

—Hasta luego, mi amor. No se te olvide pasar esta tarde por la tintorería a por mi vestido azul, que esa cabecita tuya cada vez está más despistada.

Yo sonreía. Adoraba ese instante en el que todavía era mía, antes de que el trabajo y el resto del mundo me la robaran.

—Ya me he puesto una alarma en el móvil. Pasaré después de recoger a Clara de natación. ¿Te apetece cenar algo en especial?

—Ya sabes que me encanta que me sorprendas. Seguro que aún eres capaz de hacerlo —respondía, mordiéndose los labios de forma lasciva y clavando en mí una mirada traviesa que siempre conseguía desarmarme.

Aquel simple gesto bastaba para despertarme una erección casi dolorosa bajo mi ropa. Notaba cómo mi cuerpo reaccionaba al instante, incapaz de permanecer indiferente a una mujer que, después de tantos años, seguía provocándome el mismo efecto que el primer día.

Esperaba a que el ascensor se cerrara y escuchaba cómo descendía por el hueco del edificio. Solo entonces volvía a entrar en casa.

Permanecía unos minutos en silencio, como si el piso necesitara acostumbrarse a su ausencia antes de empezar a respirar otra vez.

Después entraba en el que ahora era únicamente su dormitorio.

Allí seguía estando ella de alguna manera. Carmen siempre había sido tremendamente desordenada. Había crecido rodeada de personal de servicio y jamás le había prestado demasiada atención a esas pequeñas cosas.

Cuando nos casamos, ella quiso contratar a alguien, pero yo me negué a meter a un extraño en nuestra casa. Pensaba que podríamos arreglárnoslas solos. Sin darme cuenta, terminé ocupándome de todas las tareas que ella nunca había tenido que hacer.

Y, por extraño que pudiera parecer, me encantaba sentirme útil.

El dormitorio era un pequeño caos cotidiano. Los tacones abandonados en cualquier rincón, el vestido del día anterior colgado a medias sobre una silla, el camisón caído junto a la cama, las bragas aún calientes olvidadas sobre las sábanas… Adoraba su despreocupación.

Recogía cada cosa con una calma casi ceremonial. Enderezaba las almohadas, hacía la cama y doblaba la ropa exactamente como sabía que a Carmen le gustaba encontrarla al volver del trabajo.

Conocía de memoria cada una de sus prendas.

Sus vestidos, perfectamente alineados en el armario; las delicadas braguitas de encaje, tan elegantes como ella; los sujetadores, las medias, los pañuelos de seda…

También su interminable colección de zapatos de tacón y bolsos de marca.

Nada de aquello era un simple objeto para mí.

Cada pieza conservaba algo de Carmen: su perfume, su presencia, el rastro silencioso de la mujer que amaba.

Ordenarlas era mi forma de sentirla cerca, incluso cuando no estaba.

Nadie en el mundo conocía mejor a Carmen que yo. Estaba convencido de que nadie podría quererla ni cuidarla con la misma entrega. Y esa certeza me hacía sentir a salvo. Me necesitaba, me había vuelto imprescindible para ella.

Sabía dónde dejaría las llaves al entrar, en qué rincón acabarían sus zapatos y cuánto tardaría en preguntarme dónde había dejado el móvil. Conocía el orden secreto de su aparente desorden. Antes incluso de que buscara algo, yo ya sabía dónde encontrarlo.

Cuando terminaba de recoger el dormitorio, continuaba con el resto de la casa y, poco antes de las diez, salía hacia la oficina convencido de que todo seguía igual que siempre.

Nunca imaginé que aquellos pequeños cambios cotidianos eran solo la superficie de algo mucho más grande.