La Esposa Compartida Capítulo 7
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Capítulo 7

Dejé el coche en el garaje y me quedé unos segundos al volante, respirando hondo antes de apagar el motor.

En cuanto el ascensor empezó a subir, me miré fijamente en el espejo.

Ladeé la cabeza, examinando los costados de mi cuello en busca de cualquier marca delatora, de algún rastro que los labios de Alberto hubieran podido dejar en mi piel.

A continuación, me peiné el pelo hacia atrás con los dedos y alisé mi ropa.

Metí la llave en la cerradura. Al entrar, el olor a guiso casero y a hogar me envolvió de inmediato. En el salón, Clara estaba tirada en el sofá con la vista fija en la televisión.

—Hola, cariño —dije, acercándome por detrás para dejarle un beso en la coronilla—. ¿Cómo te ha ido el día?

—Bien —respondió ella sin apartar los ojos de la pantalla, estirando el cuello para recibir el beso—. Papá me llevó a natación y luego fuimos a comprar al súper. Creo que está en la cocina preparando la cena.

Asentí y caminé hacia allí. Julián estaba de espaldas, con un delantal puesto, picando verduras con precisión sobre la tabla de madera mientras una olla humeaba a fuego lento. Al oír mis pasos, se giró con esa sonrisa limpia.

Apoyé una mano en el marco de la puerta, me quité los zapatos de tacón con un suspiro de alivio y me toqué la planta de los pies, dolorida.

—Huele delicioso, mi amor —dije sonriendo—. Estoy agotada.

Se secó las manos en un trapo y se acercó a besarme en los labios; un beso tierno, pero con sabor a rutina.

—Hola, cariño, tienes tiempo para relajarte y tomarte una copa de vino. La cena estará lista en media hora —respondió mirando el reloj de su muñeca.

—Mejor me doy una ducha y me pongo cómoda. Estoy deseando quitarme el olor del juzgado y del despacho cuanto antes —respondí dándome la vuelta.

Fui a nuestro dormitorio y cerré la puerta con cuidado. Escuché a Julián remover la olla desde la cocina y a Clara reírse de algo en la televisión. Durante unos segundos permanecí inmóvil, respirando aquel silencio doméstico que siempre me había parecido reconfortante.

Me desabroché la chaqueta del traje y, al deslizar la cremallera de la falda de tubo, esta cayó directamente al suelo. No llevaba bragas. Habían quedado rotas, inservibles, en la papelera de aquella suite de hotel donde me había encerrado con Alberto desde las cinco de la tarde.

Con él siempre ocurría lo mismo. Desde que empezó a tomar Viagra, no se conformaba con encuentros de media hora.

Él era uno de los socios fundadores de mi bufete, un abogado penalista de renombre que roza los sesenta años, pero que en la cama se comporta como un auténtico cerdo.

Es brusco, es sucio, no tiene ningún miramiento conmigo y precisamente esa falta absoluta de respeto es lo que más me atrae de él.

Abrí la ducha. Al meterme bajo el agua caliente, miré hacia abajo. Un hilo de líquido viscoso, el semen espeso de Alberto, comenzó a resbalar despacio por la cara interna de mis muslos, mezclándose con el agua antes de perderse por el desagüe.

Me froté bien con el gel, arrastrando el olor a sexo y a traición, borrando cualquier rastro de la mujer que había sido un rato antes para volver a convertirme en la impecable madre de familia que todos pensaban que era.

Poco después, estábamos sentados a la mesa. Cenamos en familia, compartiendo el salmón con verduras que Julián había dejado en su punto. Charlamos de cosas cotidianas: el examen de historia de Clara, una reunión de vecinos, el piso que Julián había vendido esa mañana. Una estampa perfecta.

A mitad de la cena, la pantalla de mi teléfono, bocabajo sobre la mesa, vibró. Lo cogí con naturalidad. Era un mensaje de Alberto.

«Todavía me escuece la polla de lo estrecho que tienes el culo. Mañana quiero que te pongas el vestido azul. Pero ven sin ropa interior».

Bloqueé la pantalla con absoluta naturalidad y seguí respondiendo a Julián como si el mensaje no hubiera existido.

Al terminar, Clara nos dio las buenas noches y se encerró en su habitación.

Me quedé a solas con Julián en el sofá, con la televisión encendida de fondo mientras él me rodeaba con el brazo y me acariciaba el hombro con suavidad.

Yo fingía mirar la película, pero en el fondo de mi estómago la adrenalina seguía zumbando.

Al terminar la película, Julián apagó la televisión y me pasó el brazo por la cintura mientras caminábamos hacia el dormitorio.

Yo apoyé la cabeza en su hombro y sonreí. Él creyó que era por estar a su lado. La realidad era que, mientras nos metíamos en la cama, yo seguía recordando cada minuto de la tarde con Alberto.