Capítulo 6
Han pasado ya veinte años desde aquel verano.
A veces me sorprendo pensando que todo empezó con un café mal servido y una chica que se empeñó en sentarse cada tarde frente a mí hasta ponerme la vida del revés.
Aquellos primeros meses fueron una locura.
Vivíamos escondiéndonos de todo el mundo.
Cada beso llevaba detrás una mentira. Cada noche terminaba con Carmen dejándome a la entrada del pueblo.
Yo caminaba los últimos metros mirando constantemente hacia atrás, convencido de que, tarde o temprano, alguien descubriría lo nuestro.
Y, al final, ocurrió.
No porque nos descubrieran, sino porque llegó un momento en que seguir ocultándonos dejó de tener sentido.
Nunca olvidaré el día en que Carmen decidió contárselo a sus padres.
Ella jamás me contó los detalles de ese tórrido encuentro.
Quizá intentaba protegerme. Pero no puedo ni imaginar el disgusto que debió de llevarse el gilipollas de mi suegro al descubrir que su «dulce princesita» salía con un chico cinco años menor, sin estudios universitarios e hijo de una humilde familia de agricultores.
Para él yo era, como me escupió durante una discusión, alguien que «no tenía ni dónde caerse muerto».
A pesar de todo, con el paso del tiempo, a la familia de Carmen no le quedó más remedio que resignarse a nuestra relación. No porque llegaran a respetarme ni a aceptarme, sino porque comprendieron que la única alternativa era perder a su hija.
Aprendieron a sonreírme. Aprendieron a darme dos besos cada Navidad y a felicitarme por mi cumpleaños. Pero jamás aprendieron a verme como uno de los suyos.
Ni siquiera el nacimiento de Clara, nuestra única hija, consiguió cambiar su forma de verme.
Hoy tengo cuarenta y un años y sigo enamorado de Carmen exactamente igual que el primer día que la vi detrás de aquella barra. Quizá incluso más.
Vivimos en un piso del centro de la ciudad que Carmen compró poco antes de casarnos. Nunca me importó que estuviera a su nombre. A mí me bastaba con que fuera nuestro hogar.
Su padre insistió durante meses en regalarnos un chalé en la misma urbanización donde ellos residen, pero yo nunca me vi viviendo allí. Entre campos de golf, vigilantes y rodeado siempre de su familia.
Prefería mil veces el bullicio de la ciudad. Y, para mi sorpresa, Carmen nunca intentó convencerme de lo contrario.
Clara cumplió dieciocho años las Navidades pasadas.
Siempre he tenido una relación especial con ella.
Desde pequeña fui yo quien la llevaba al colegio, quien la ayudaba con los deberes, quien iba a las reuniones escolares y quien la esperaba despierto cuando empezó a salir con sus amigas los fines de semana.
Supongo que, en el fondo, siempre me dio miedo que creciera demasiado deprisa.
Trabajo desde que me casé en una de las empresas inmobiliarias de Álvaro Valcárcel. Vendo pisos. No es el trabajo con el que soñaba de joven, pero tampoco puedo decir que me haya ido mal. Con los años aprendí el oficio y terminé encontrando mi sitio.
Carmen nunca llegó a trabajar junto a su padre y a sus hermanos en las empresas Valcárcel. Creo que fue el castigo que le impuso su padre por casarse con alguien como yo. Hoy es socia del bufete de abogados Valverde, Llorente & Asociados.
La veo salir de casa cada mañana con la misma determinación con la que la vi caminar por la terraza del club de hípica veinte años atrás. Pero a veces llega tan agotada que apenas tiene fuerzas para ver la tele un rato conmigo.
Por eso casi siempre soy yo quien hace la compra, prepara la comida, pone la lavadora o recoge la casa antes de que ella vuelva.
Mi trabajo termina a las cinco de la tarde y, cuando salgo de la oficina, mi jornada ha terminado.
La de Carmen es muy distinta. Carga con clientes importantes, juicios, reuniones y decisiones que pueden cambiar la vida de mucha gente.
Nunca he conseguido quitarme de la cabeza todo lo que Carmen dejó atrás por estar conmigo. Tal vez por eso sigo esforzándome cada día para que nunca tenga motivos para arrepentirse de aquella decisión.