La Esposa Compartida Capítulo 5
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Capítulo 5

Nunca olvidaré la primera vez que discutimos en serio.

Hasta entonces todo había sido demasiado fácil. Bastaba con que nos encerráramos en el coche para que cualquier conversación terminara entre besos, ropa esparcida por los asientos y el olor a sexo impregnándolo todo.

Pero aquella noche ninguno de los dos tenía ganas de follar.

Todo empezó unas horas antes.

Estaba sentada en la terraza del club disfrutando de un Negroni cuando apareció Ricardo Santamaría, hijo de uno de los socios más antiguos de papá.

Era el prototipo de hombre que siempre había abundado en mi entorno: atractivo, impecablemente vestido y educado para creer que el mundo acabaría haciéndole sitio.

Se sentó frente a mí sin pedir permiso, convencido de que su presencia nunca podía resultar inoportuna.

—Mi padre me ha contado que en septiembre empiezas a trabajar en Valverde, Llorente & Asociados.

Asentí.

—Así es —respondí orgullosa—. La verdad es que, por primera vez en mi vida, estoy deseando que se acabe el verano.

Ricardo dibujó una sonrisa tan impecable que habría servido para anunciar cualquier clínica de ortodoncia.

—Siempre pensé que acabarías trabajando con tu padre. Una mujer como tú, inteligente y guapa, encajaría perfectamente en un puesto de dirección.

Sonreí con educación, aunque sin dejar que aquella sonrisa llegara demasiado lejos.

—A decir verdad, yo siempre lo había creído... y seguramente en un futuro terminaré haciéndolo. Pero papá insiste en que un título universitario no sirve para nada si después no aprendes el oficio. Y cree que Valverde, Llorente & Asociados es el mejor lugar para mí en estos momentos.

—Conociendo a tu padre, estoy seguro de que tiene un plan muy claro para ti. Y, sinceramente, dudo que se equivoque.

Apenas llevaba unos minutos sentado cuando se inclinó hacia mí, acortando la distancia entre los dos como si estuviéramos a punto de compartir un secreto.

—¿Qué te parece si me dejas invitarte a cenar esta noche?

Así podríamos seguir hablando de tus proyectos de futuro.

—Bajó aún más la voz, como si acabara de hacerme partícipe de una confidencia—.

Un amigo acaba de abrir un restaurante de fusión nikkei en el centro.

Todavía no ha abierto las reservas al público, pero a mí siempre me guarda una mesa.

Sonreí para mis adentros. Llevaba años intentando ligar conmigo y, aunque jamás le había dado la menor muestra de interés, nunca se daba por vencido.

—Te lo agradezco, Ricardo, pero esta noche no puedo. Tengo otros planes.

Por un momento pensé en mamá. Estaba convencida de que Ricardo Santamaría era el hombre perfecto para mí. Según ella, hacíamos una pareja perfecta. En cambio, a papá, ningún candidato le parecía estar a mi altura.

—Si quieres, te llamo el viernes. Tengo dos invitaciones para el Concurso Internacional de Saltos. Después podríamos ir a tomar una copa.

Negué con la cabeza.

—No insistas, por favor, Ricardo. Quizá en otra ocasión —respondí, procurando no herir su orgullo.

Nos despedimos con cordialidad. Él se alejó hacia la zona de las cuadras mientras yo permanecía unos minutos más en la terraza, sin imaginar que el día aún me reservaba una desagradable sorpresa.

Horas después, al salir del club, encontré a Julián esperándome junto a mi coche.

No hizo el menor gesto de acercarse. Ni de besarme. Ni siquiera sonrió. Permanecía inmóvil, con las manos en los bolsillos y la mandíbula rígida. Bastó un vistazo para comprender que algo iba mal.

—¿Qué pasa? —pregunté desconcertada.

No contestó.

Esperó en silencio a que los dos subiéramos al coche. Cerré la puerta y, en cuanto arranqué el motor, habló sin apartar la vista del parabrisas.

—Te encanta provocar, ¿verdad?

Fruncí el ceño.

—¿Perdón?

Giró despacio la cabeza hacia mí.

—He visto cómo te miraba ese gilipollas de los pantalones de cuadros. Y también me he dado cuenta de cómo tú le sonreías.

Tardé unos segundos en entender de qué me hablaba.

Después no pude evitar sonreír.

—¿Has estado espiándome desde la barra?

—No cambies de tema, Carmen. Te estoy hablando en serio.

Su tono era completamente distinto al que yo conocía. Había rabia. Pero sobre todo, miedo.

—Lo mirabas igual que me miras a mí.

Aquella frase me hizo gracia. No porque tuviera razón. Sino porque era la primera vez que veía a Julián dominado por los celos. Algo que fue habitual en los primeros años de relación.

—No seas ridículo, Julián —exclamé arqueando las cejas.

Respiró hondo antes de continuar.

—Solo digo que no me ha gustado cómo le sonreías.

—¿Y desde cuándo tengo que darte explicaciones de con quién hablo o dejo de hablar?

En cuanto aquellas palabras salieron de mi boca, comprendí que había ido demasiado lejos. Vi cómo le cambiaba la expresión. Cómo la rabia desaparecía para dejar paso a algo mucho más doloroso.

Bajó la mirada y, cuando volvió a levantarla, tenía los ojos brillantes.

—Estoy enamorado de ti, Carmen. Sé que es absurdo, y que para ti solo soy un entretenimiento de verano, pero no puedo evitar sentir lo que hay aquí dentro —señaló, dándose una palmada en el pecho.

Jamás habíamos hablado de sentimientos.

Julián lanzó un suspiro.

—Lo siento, Carmen, pero no puedo seguir viviendo así.

—¿Así? ¿A qué te refieres? —pregunté, bajando el tono.

Su voz empezó a quebrarse.

—He dejado a Lydia.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué? ¿Por qué has hecho eso? Yo no te lo he pedido —dije, mirándolo fijamente, incapaz de comprender su reacción.

—Lo sé… pero no podía seguir pensando en ti cada vez que hacía el amor con ella. Nadie merece vivir una mentira así, ¿no crees?

Me quedé en silencio.

Aquello no entraba en mis planes. Yo había imaginado una aventura, algo pasajero, una forma de escapar de la rutina. Nunca una historia de amor.

—Creo que también voy a dejar el trabajo —añadió—. Un compañero me ha dicho que en el casino están buscando camareros…

Levanté la cabeza de golpe.

—¿Qué estás diciendo? —pregunté elevando el tono—. Siempre has dicho que este trabajo es importante para ti.

—Lo sé, Carmen. Pero necesito olvidarte. Porque cada día que te veo me resulta más difícil aceptar que esto es lo máximo que puedo tener contigo.

Aquella última frase me atravesó por dentro. Hasta ese momento no fui realmente consciente de lo que significaba perderlo. Sentí un miedo irracional. Le cogí la mano casi sin pensar.

—No quiero que te vayas —contesté, soltando una mano del volante para entrelazar mis dedos con los suyos.

Me miró con una tristeza infinita, pero también con atisbo de esperanza.

—Entonces dime que podemos ser algo más.

Abrí la boca y descubrí que no tenía respuesta.

Porque comprendí algo que llevaba semanas negándome a mí misma. Me había enamorado por primera vez en mi vida. Pero, a pesar de ello, seguía siendo la hija de Álvaro Valcárcel. Y sabía que el verdadero problema no era enamorarme de Julián, sino enfrentarme a las consecuencias de hacerlo.