Capítulo 4
Durante aquellos dos primeros meses aprendí que el miedo también podía convertirse en una forma de vivir.
Temía que el encargado nos sorprendiera saliendo juntos.
Que algún socio nos viera y el rumor terminara llegando a oídos de Álvaro Valcárcel.
Pero, por encima de todo, había un miedo que eclipsaba a los demás: que Carmen se cansara de mí.
A su lado siempre me sentía insignificante.
Carmen era rica, cinco años mayor que yo, licenciada en Derecho y se movía por el mundo con una seguridad que yo solo había visto en la gente que nunca había tenido que preocuparse por nada.
Yo apenas era un chaval de pueblo que servía cafés durante el verano para pagarse un módulo de electricidad.
Cada noche me dejaba a la entrada del pueblo para que ningún vecino pudiera ver su BMW blanco.
Esperaba a que las luces traseras desaparecieran antes de recorrer a pie los últimos metros hasta casa.
Era entonces, bajo las farolas parpadeantes de la calle principal, cuando la realidad volvía a golpearme.
Ella regresaba a un chalé con piscina en una de las mejores urbanizaciones de la ciudad; yo cruzaba la plaza junto a la iglesia, donde los vecinos salían a tomar el fresco en sillas de madera a la puerta de sus casas y todos nos conocíamos por el nombre.
Eran apenas veinte kilómetros de distancia, .
pero había un abismo imposible de medir sobre un mapa.
Sin embargo, el verdadero infierno llegaba cuando la veía en la terraza del club, riendo con aquellos chicos malcriados de buena familia, impecablemente vestidos y perfectamente integrados en su mundo.
Me repetía una y otra vez que Carmen no era mía.
Que yo tenía novia. Que aquello iba a terminar mal.
Pero los celos nunca atendieron mis razonamientos.
Bastaba con verla regalarle una sonrisa a cualquiera de ellos para que el estómago se me retorciera como un trapo viejo.
¿Qué hacía una mujer como Carmen Valcárcel perdiendo el tiempo con un muerto de hambre como yo?
Vivía convencido de que aquello era un capricho con fecha de caducidad.
Tarde o temprano despertaría y regresaría al lugar al que realmente pertenecía.
Durante aquellos días aprendí a mentirle a todo el mundo.
A mis padres, a mis amigos, pero sobre todo a Lydia.
Para poder escapar con Carmen después del cierre, me inventaba que el encargado me obligaba a quedarme recogiendo la cafetería.
Lydia se tragaba cada excusa con una confianza limpia que me hacía sentir aún más villano.
Nunca dudó de mí. Nunca me sometió a un interrogatorio, nunca me puso mala cara.
Mientras mi novia estaba convencida de que me estaban explotando en el Club de Hípica, yo permanecía encerrado en el coche de Carmen, dejando que fuera ella quien dictara las reglas del juego: adónde íbamos, cuándo nos marchábamos y en qué momento exacto debía regresar a mi vida de siempre.
Cada mentira hacía más difícil el camino de vuelta.
Y, aun así, al día siguiente volvía a abrir la boca para mentir.
Porque en la cama, Carmen no pedía, devoraba.
Era una fuerza de la naturaleza, un torbellino salvaje que parecía alimentarse de mi propia desesperación.
Me desquiciaba cuando reclamaba el mando y se montaba sobre mí; se movía con la precisión perturbadora de una contorsionista, buscando cada ángulo, cada milímetro de profundidad capaz de hacerme perder el juicio.
Recuerdo cómo arqueaba la espalda hasta convertir su cuerpo en un arco, dejándose caer sobre mí con determinación. Sus pechos voluptuosos seguían el ritmo frenético de sus caderas mientras de su garganta escapaban gritos crudos, desprovistos de cualquier pudor.
Aquello no tenía nada que ver con hacer el amor, con esa suavidad casi mecánica que compartía con Lydia. Lo de Carmen era otra cosa: un acto atávico, un incendio instintivo donde la única regla era la entrega absoluta a la carne.
—Te encantan, ¿verdad? No has quitado los ojos de mi escote en toda la maldita tarde: se me mojan las bragas cuando noto que me estás mirando —me siseaba con la mirada encendida, desorbitada, echando la cabeza hacia atrás mientras sus gemidos inundaban el aire del coche, empañando los cristales—.
Vamos, muérdelas. Cómetelas, ahora son tuyas —ordenaba sin frenar el ritmo de sus caderas, hundiéndose contra mí, ofreciéndome el pecho.
Yo suspiraba ante aquellas provocaciones, apretando los puños, intentando concentrarme al máximo para no eyacular antes de tiempo y arruinarle el juego. Pero era imposible mantener el control cuando se ponía así de salvaje.
—Joder, Carmen… me tienes desquiciado. Llevo todo el día deseando esto —gemí, perdiendo el control, aferrándome a sus caderas mientras la devoraba, completamente desbocado bajo su peso.
—¡Córrete conmigo, ya me viene... ¡Ah...! ¡Me corro, Julián! ¡Me corro! —chillaba clavándome las uñas en la carne del pecho, arañándome con una desesperación animal, hundiéndose con tanta fuerza sobre mí que parecía querer exprimir hasta el último gramo de mi energía.
La adicción era tan brutal que, cuando regresaba al pueblo y me acostaba con Lydia, cerraba los ojos en la penumbra y solo podía ver a Carmen: empapada, gritando mi nombre, devorándome y pidiéndome más.
Lydia no había cambiado. Seguía siendo la misma chica alegre y cariñosa de la que me había enamorado.
El que había cambiado era yo. Después de conocer a Carmen, todo lo que antes me hacía feliz empezó a parecerme demasiado pequeño.
Nuestras charlas sobre música y series pasaron a resultarme infantiles, planas, insoportables.
Mi obsesión por Carmen me había corrompido el cerebro; y ya no quedaba nada en el mundo que me importara más que el sudor de su piel.