La Esposa Compartida Capítulo 3
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Capítulo 3

Durante la semana siguiente, mi rutina se redujo a una sola cosa: Julián.

Con las clases terminadas y un verano que se presentaba tan cómodo como aburrido, empecé a refugiarme cada tarde en el club de hípica.

Ni siquiera pasaba por las cuadras para ver a mi yegua o al alazán que papá me había regalado por mi cumpleaños. Todo aquello dejó de tener importancia.

Mi único objetivo era ocupar siempre el mismo taburete de la barra, cruzar las piernas y observar cómo su seguridad se desmoronaba en cuanto me veía aparecer.

Disfrutaba de su torpeza, de la forma en que las manos le temblaban al servirme un café y de aquellos ojos azules que intentaban esquivarme una y otra vez, aunque siempre terminaban buscándome cuando creían que yo no miraba.

Poco a poco comprendí que Julián no era consciente de lo transparente que resultaba.

Cada sonrisa lo desconcertaba. Cada pregunta conseguía que bajara un poco más la guardia.

Yo no tenía ninguna prisa. Me encapriché de él del mismo modo que cuando veía unos zapatos en un escaparate y sentía la necesidad de comprármelos.

Siete días después, decidí que había llegado el momento de pasar a un nivel superior de las miradas y sonrisas.

Sabía que iba y venía en autobús y decidí aparcar justo al lado de la marquesina. Esperé a que terminara su turno. El aparcamiento trasero del club permanecía casi a oscuras, envuelto en un silencio que solo rompía el zumbido lejano de las farolas.

Cuando salió por la puerta del personal y me vio apoyada contra mi coche, se quedó inmóvil. Durante un instante dudó si acercarse o seguir caminando.

—¿Me estabas esperando? —preguntó con una sonrisa nerviosa.

Me encogí de hombros.

—¿Tú qué crees?

Se acercó despacio, con las manos hundidas en los bolsillos. Cada paso parecía costarle un mundo.

—Carmen… esto no debería…

Acorté la distancia entre los dos hasta que apenas nos separaban unos centímetros.

—¿El qué? ¿Te molesta que una mujer te espere al salir del trabajo?

Bajó la vista un instante antes de volver a mirarme.

—Me gustas mucho, pero…

Lo dijo casi en un susurro, como si reconocerlo en voz alta lo hiciera todavía más peligroso.

—¿Pero qué? —pregunté, conteniendo la respiración.

—Me atraes más de lo que debería. Pero no quiero problemas… Necesito el trabajo y además está Lydia.

No pude evitar que una sonrisa divertida asomara a mis labios.

—Qué curioso…

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué tiene de curioso?

Incliné apenas la cabeza, sin dejar de sostenerle la mirada.

—Que me hables de ella precisamente ahora. ¿Tanto la quieres que no puedes ni olvidarte de esa chica de tu pueblo ni un solo segundo?

Guardó silencio. Sus ojos buscaron una respuesta en el suelo antes de volver a encontrar los míos.

—No es tan sencillo.

—Claro que no —respondí con calma—. Si lo fuera, no estaríamos teniendo esta conversación.

Le aparté con suavidad un mechón de pelo que le caía sobre la frente. Sentí cómo contenía la respiración.

—Dime una cosa, Julián.

—¿Qué?

—Si Lydia no existiera… ¿también me dirías que no?

Sus labios se entreabrieron, pero ninguna palabra llegó a salir. Vi cómo tragaba saliva y comprendí que ya conocía la respuesta.

Sonreí despacio.

—Eso pensaba.

Le acaricié la mandíbula con la yema de los dedos. Tenía la piel caliente y la respiración cada vez más acelerada.

—No deberías hacer eso… —murmuró, aunque ya no sonaba convencido.

—Lo sé.

Di el último paso que nos separaba y rocé sus labios con los míos.

Fue un beso breve. Casi una pregunta.

Julián permaneció inmóvil durante un par de segundos, luchando consigo mismo. Después cerró los ojos, dejó escapar lentamente el aire que llevaba conteniendo desde que me había visto aparecer y respondió al beso con una torpeza tan sincera que me hizo sonreír contra sus labios.

En ese instante comprendí que ya no había marcha atrás.

Un rato después, estábamos completamente desnudos en el asiento trasero de mi coche. Los cristales empañados ocultaban el descampado cercano al club al que habíamos escapado buscando intimidad, mientras el aire del habitáculo se había vuelto irrespirable.

Julián me besaba con una intensidad que desmentía por completo al muchacho tímido que había conocido detrás de aquella barra.

Me excitaba ver su uniforme del club abandonado sobre el asiento delantero, arrugado, como si hubiera dejado allí al camarero inseguro para convertirse, por fin, en el hombre que llevaba una semana imaginando.

El contraste entre su cuerpo joven, firme y todavía inexperto y el mío me resultaba embriagador.

Era deseo en estado puro, sin artificios, sin cálculo, entregándose a mí con una intensidad que ni él mismo parecía comprender.

Sentir el peso de su cuerpo sobre el mío y la fuerza con la que me atraía hacia él terminó de hacerme perder la cabeza.

Cuando se hundió dentro de mí, lo hizo con una fuerza implacable, casi desesperada, haciéndome arquear la espalda mientras yo le clavaba las uñas en la piel, ahogando mis gemidos directamente en su cuello para no romper el silencio de la noche.

—Dime que te morías por follarme desde que me viste la primera vez —le exigí, ahogando un grito y retorciéndome de placer bajo cada una de sus embestidas.

Él ni siquiera fue capaz de articular una frase completa.

Tenía la mirada desenfocada, completamente rendido al deseo.

Solo dejó escapar un gruñido ronco, un «sí» roto y animal contra mi boca, dándome la razón mientras golpeaba mis caderas con una fuerza bruta que me hizo perder la cabeza por completo.

—Córrete dentro —exigí, con la voz quebrada.

—¿Estás segura? —preguntó, clavando sus ojos en los míos mientras luchaba por contenerse un segundo más.

—Sí. No te preocupes, no me voy a quedar preñada.

Se corrió dentro de mí temblando, clavándomela hasta el fondo con una rabia violenta, como si quisiera romperme en dos por haber aparecido en su vida y ponerla patas arriba.

Se aferró a mis caderas, hundiéndose en mi carne como si aquello pudiera salvarlo, o como si supiera perfectamente que follarme de esa manera, con esa furia salvaje y ciega, iba a complicarle la vida para siempre.

Mientras me vestía y me limpiaba en la penumbra del coche, sonreí para mis adentros. Creía conocerme mejor que nadie. Pensé que Julián acabaría ocupando el mismo lugar que todos mis antiguos caprichos: un recuerdo agradable del que dejaría de acordarme en cuestión de días.

Estaba convencida de que, una vez saciada mi curiosidad retorcida, volvería sin esfuerzo a mi vida de siempre: ser la «princesita de papá».

Pero no fue así.

Acostarme con Julián no apagó el deseo. Lo multiplicó. Durante los dos meses siguientes vivimos una relación clandestina, intensa y cada vez más difícil de controlar. Nos acostumbramos a mentir, a ocultarnos y a convertir cualquier rincón en un refugio donde poder estar juntos.

A ojos de los demás, yo seguía siendo la impecable hija de Álvaro Valcárcel.

Julián no era más que el nuevo camarero del club.

Nadie podía imaginar que, cuando terminaba su turno, dejábamos de pertenecer a aquellos dos mundos para convertirnos, simplemente, en un hombre y una mujer incapaces de mantenerse alejados el uno del otro.