Capítulo 2
El viaje en autobús desde mi pueblo hasta la urbanización donde se encontraba el club de hípica duraba casi una hora, aunque aquella mañana tuve la sensación de que no iba a terminar nunca.
Llevaba el estómago encogido desde que salí de casa.
No era miedo a trabajar; era miedo a no estar a la altura.
El uniforme del club —el polo blanco impecable y los pantalones chinos oscuros— me quedaba ligeramente grande. Mi madre había pasado buena parte de la tarde anterior planchándolo con un cuidado casi exagerado, como si de aquellas dos prendas dependiera mi futuro.
—Es un sitio de gente importante, Julián. Tienes que causar buena impresión. Y, sobre todo, sé educado. No hables más de la cuenta.
Todavía recordaba cómo me recolocó el cuello antes de salir de casa.
Mi madre siempre conseguía hacerme sentir que todo iba a salir bien, aunque ella estuviera casi tan nerviosa como yo.
Mi padre, en cambio, era un hombre de pocas palabras.
Antes de salir de casa, me dio una palmada en el hombro y dijo simplemente:
—Trabaja duro y aprende. El resto llegará solo.
Aquellas siete palabras me acompañaron durante todo el trayecto.
En cuanto crucé la verja del club, comprendí que acababa de entrar en un mundo completamente distinto al mío.
Allí todo parecía impecable: los jardines, los edificios de piedra, las cuadras, los coches de lujo aparcados frente a la entrada.
Hasta la gente caminaba de otra manera. Nadie parecía tener prisa, nadie levantaba la voz.
Era como si todos hubieran nacido sabiendo exactamente cómo comportarse en un lugar así.
Yo, en cambio, avanzaba procurando no llamar la atención, con la incómoda sensación de que cualquiera podría descubrir de un vistazo que aquel chico estaba allí por trabajo y no porque perteneciera a ese mundo.
Mi único objetivo para aquel primer día era sencillo: preparar bien el café, limpiar la barra sin meter la pata y conservar el empleo.
Necesitaba aquel sueldo. No quería seguir siendo una carga para mis padres ni pedirles dinero cada vez que necesitaba comprar una herramienta para el módulo de electricidad.
En casa nunca había faltado un plato de comida, pero tampoco sobraba nada.
Cada euro tenía un destino antes incluso de entrar por la puerta.
Llevaba apenas media hora trabajando cuando apareció ella.
La cafetería estaba casi vacía. Al principio solo vi una figura acercándose desde la terraza, pero bastaron unos segundos para comprender que no se parecía a ninguna de las chicas que yo conocía.
Caminaba con una tranquilidad que no nacía de la arrogancia, sino de la costumbre.
Como si llevara toda la vida moviéndose por lugares como aquel.
No parecía una clienta más. Daba la impresión de que pertenecía a ese mundo de una forma tan natural como yo pertenecía al mío.
Vestía con una elegancia sencilla, sin necesidad de llamar la atención.
Todo en ella desprendía una seguridad que me impresionó al instante.
Era el tipo de chica que yo solo había visto de lejos, bajándose de un coche delante de un restaurante caro o paseando por las calles más exclusivas del centro.
Era guapa. Mucho. Calculé que sería unos cuantos años mayor que yo.
Levanté la vista apenas un instante.
Fue suficiente.
Nuestros ojos se encontraron y no fui capaz de sostenerle la mirada. Bajé la cabeza casi por instinto. Justo entonces el portafiltros se me escapó de las manos y el café recién molido quedó desparramado sobre la bandeja.
«Empiezas bien, Julián.»
Noté cómo el calor me subía hasta las orejas.
—Lo siento. Es… es mi primer día de trabajo… —balbuceé.
Ni siquiera sabía por qué me estaba disculpando. Ella no era mi jefa. Ni siquiera la conocía. Pero llevaba toda la vida sintiendo la necesidad de justificarme cuando cometía un error, como si pedir perdón antes de tiempo pudiera evitar que los demás pensaran que era un inútil.
Esperaba encontrarme una sonrisa burlona o esa expresión de superioridad con la que algunos clientes miraban a quien les estaba sirviendo un café. Sin embargo, ocurrió justo lo contrario.
—Tranquilo. No tengo nada mejor que hacer en todo el día.
Sonrió mientras se apoyaba sobre la barra y siguió observándome con una tranquilidad que me desconcertó todavía más. Intenté concentrarme en la cafetera, procurando no volver a equivocarme, pero notaba su mirada sobre mí.
Nunca nadie me había observado de aquella manera. No era la mirada impaciente de quien espera que lo atiendan ni la curiosidad fugaz de una chica que encuentra atractivo a un desconocido. Era como si intentara averiguar quién era yo antes incluso de que hubiera terminado de preparar su café.
Y, aunque entonces no podía imaginarlo, aquel sería el primer día del resto de mi vida.