La Esposa Compartida Capítulo 1
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La Esposa Compartida

La Esposa Compartida

Por Deva Nandiny

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Capítulo 1

Papá siempre fue mi mayor referente. Lo quería con una intensidad difícil de explicar y lo admiraba por encima de cualquier otra persona.

Era un hombre hecho a sí mismo, capaz de levantar desde la nada una empresa que hoy daba trabajo a cientos de personas.

Bastaba con que entrara en una habitación para que las conversaciones se apagaran.

Inspiraba respeto. Y, en ocasiones, también miedo.

Conmigo, sin embargo, era distinto. Desde que tengo memoria fui su ojito derecho, su «princesita», como le gustaba llamarme. Nunca me faltó una palabra de cariño, un abrazo o una mirada de orgullo. Durante muchos años crecí convencida de que no existía hombre mejor que mi padre.

Mantener su cariño y seguir siendo la preferida de sus tres hijos terminó convirtiéndose en el eje de mi vida.

Mis dos hermanos mayores competían por llamar su atención en la empresa familiar; yo lo hacía de otra manera.

Necesitaba creer que estaba orgulloso de mí.

Cada sobresaliente, cada medalla y cada pequeño logro perseguían el mismo objetivo: contemplar ese brillo en sus ojos que me hacía sentir invencible.

Mi mayor miedo nunca fue fracasar. Era decepcionarlo.

Por eso aprendí a destacar en todo cuanto hacía.

Fui la mejor del equipo de natación sincronizada, la voz principal del coro de la parroquia y, años después, terminé la carrera de Derecho con el mejor expediente de mi promoción.

No porque aquellas cosas me apasionaran especialmente, sino porque cada éxito me regalaba unos segundos de la aprobación que tanto necesitaba.

Sonreía cuando debía, elegía cada palabra con cuidado y vestía exactamente como se esperaba de mí.

Todo en mi vida parecía cuidadosamente calculado para no desviarme ni un milímetro del camino que mi padre había imaginado.

Con el tiempo comprendí que llevaba tantos años persiguiendo sus sueños que ya no sabía distinguirlos de los míos.

Hasta que llegó Julián.

Casarme con él, años después, sería la primera vez que me atrevería a desafiar la voluntad de mi padre. Para él fue una decepción insoportable, un golpe directo contra el futuro que llevaba años construyendo para mí.

Pero aquella tarde de sábado todo eso aún quedaba muy lejos. Yo seguía siendo su hija perfecta.

Acababa de graduarme con un expediente impecable y tenía prácticamente asegurada una plaza en Valverde, Llorente él, apenas diecinueve.

Y antes incluso de cruzar una palabra con él, pensé, con una arrogancia casi inconsciente, que acabaría siendo mío.

Poseía una belleza limpia, imposible de ignorar.

Ojos azules de una transparencia casi irreal, rasgos marcados y una expresión tan noble que resultaba difícil apartar la vista de él.

Era alto, delgado y tan joven que el uniforme del club parecía quedarle ligeramente grande.

Parecía esforzarse por hacerlo todo bien, como si llevara sobre los hombros una responsabilidad mucho mayor que servir cafés.

Me acerqué a la barra con la tranquilidad de quien llevaba toda la vida sintiéndose en casa.

En cuanto reparó en mí, levantó la cabeza y un leve rubor le coloreó las mejillas.

La forma en que evitaba sostenerme la mirada me pareció tan enternecedora como divertida.

—Es... es mi primer día de trabajo —se apresuró a decir, como si necesitara disculparse antes incluso de cometer un error.

Su voz era más grave de lo que esperaba. Mientras hablaba, intentaba domesticar la cafetera exprés con unas manos que delataban sus nervios.

—Tranquilo. No tengo nada mejor que hacer en todo el día —respondí con una sonrisa, apoyando los codos sobre la barra.

Cuanto más nervioso se mostraba, más curiosidad despertaba en mí.

Durante la sobremesa apenas entró nadie en la cafetería y poco a poco consiguió relajarse.

Me contó que vivía en un pequeño pueblo cerca de la ciudad, que los estudios nunca habían sido lo suyo y que estaba terminando un módulo de electricidad.

Aquel trabajo solo era una forma de pagarse sus gastos sin depender de sus padres.

Después, con esa sinceridad ingenua que parecía formar parte de su carácter, me habló de su novia. Llevaban juntos tres años. Era una chica de su pueblo.

Yo pertenecía a otro mundo muy distinto del suyo.

Uno de colegios privados, urbanizaciones exclusivas, clubes sociales y fiestas donde todos teníamos apellidos distinguidos.

Si mi padre hubiera sabido que estaba perdiendo la tarde hablando con aquel camarero, probablemente habría sonreído con condescendencia antes de recordarme que había nacido para moverme en otros círculos.

Pero, por algún motivo, aquella diferencia no me alejaba de Julián. Me atraía todavía más.

La existencia de su novia tampoco me importó. Al contrario. Me confirmó la impresión que había tenido desde el primer momento. Era un buen chico. Leal. Noble. De esos hombres que piden perdón antes incluso de pensar que han hecho algo mal.

Mientras limpiaba distraídamente la barra, completamente ajeno a la forma en que yo lo observaba, Julián ignoraba que, por primera vez en mi vida, el deseo de complacer a mi padre empezaba a competir con otro mucho más egoísta.

No quería enamorarme de él; solo quería comprobar si aquel chico aparentemente incorruptible sería capaz de perder la cabeza por alguien como yo. Llevaba toda la vida consiguiendo cuanto me proponía y estaba convencida de que él no sería una excepción.

¡Qué poco sabía entonces de la partida que acababa de empezar!