La empollona y el crack 28. Antes de responder #2
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28. Antes de responder #2

—Y en algún sitio de mi cabeza, durante veinte segundos, me sentí muy bien. Como después de un partido bueno.

No dijo nada.

—Y eso es lo que no se me quita a mí. —Me quedé mirando el grifo, que gotea desde julio—. Que no fue un error. Los errores son otra cosa: los errores son cuando te equivocas, cuando calculas mal, cuando no lo ves. Yo lo vi. Yo cogí una cosa tuya porque me servía y porque se me da bien, y me salió.

—Sí.

—Y el precio lo pagaste tú. Y ninguna urgencia hacía que eso fuera mío.

Dejó pasar bastante rato.

—Vale —dijo al final.

—Vale.

—La tercera cosa. —Se enderezó en la silla—. Yo quiero intentarlo.

—Vale.

—No quiero volver, porque volver es otra cosa y no se puede volver a un sitio del que te han echado con razón. Quiero intentarlo, con dos condiciones, y las he pensado, y son concretas, y no son un castigo. Si te parecen un castigo, dímelo hoy y las cambiamos o me voy.

—Dime.

—La primera. Si algún día vuelve a haber dos horas, me llamas y esperas las dos horas.

—Vale.

—Espera, que no la he acabado. Aunque yo no lo coja. Aunque tenga el teléfono apagado. Aunque lo que vaya a salir sea peor que lo del dieciocho. Aunque tengas razón, que es la parte difícil.

—Sí.

—No digas «sí» tan rápido.

—Aitana, llevo seis semanas sin escribirte catorce veces. —Me encogí de hombros—. Sé esperar. Es lo único que he aprendido en seis semanas y me ha costado bastante más de lo que parece.

Se quedó quieta.

—Vale. La segunda es más difícil y es mía. —Bajó la vista un momento, que en ella no pasa nunca—. Va a haber cosas que no te pueda contar. Por el trabajo, y por otras.

—Ya.

—Y yo no sé decir «no te lo puedo contar». Yo lo que hago es no contarlo y que parezca que no existe. Y lo hago tan bien que ni yo me doy cuenta hasta tres semanas después.

—Ya me he dado cuenta.

—Entonces la condición es esta: yo te digo que existe. No lo que es. Que existe. Y tú no preguntas.

Y ahí me di cuenta de que era lo que le dije yo a ella el once de agosto. A las dos y media de la mañana, con la luz apagada y sin tocarnos.

Llevaba dos meses sin acordarme de que lo había dicho.

—Eso lo dije yo primero —dije.

—Ya lo sé. Por eso lo he elegido.

—¿Y la pregunta?

Y ahí, por primera vez desde que había entrado en aquella cocina, se quedó sin ordenar la frase.

—¿Tú quieres?

—Sí.

—No la he acabado.

—Da igual. Sí.

Nos quedamos un rato en aquella cocina sin decir nada.

La ventana abierta. La calle haciendo el ruido de las siete de la tarde de un miércoles de octubre, que es un ruido bueno: gente volviendo, una persiana, un niño, un coche que arranca mal.

Y en algún momento ella corrió la silla hacia atrás y se levantó, y yo también.

Lo que pasó después fue de día.

Eran las siete y veinte y la persiana estaba subida, y ninguno de los dos fue a bajarla, y esa es la primera cosa que fue distinta.

—Álex.

—Dime.

—Pregúntame.

—¿Qué quieres?

Y contestó en el sitio.

Sin dos segundos de nada, sin buscar la manera de decirlo, sin convertirlo en una instrucción, sin bajar la voz y sin pedir perdón por pedirlo.

Contestó tres cosas. Seguidas y en primera persona. A la tercera se le puso un poco de color en la cara y no se corrigió.

Yo la escuché entera y no me moví hasta que terminó. Eso es lo que había aprendido. Me había costado seis semanas y catorce mensajes borrados.

Y después hice exactamente lo que había dicho.

Fue más lento que en agosto y fue al revés.

En agosto empezamos deprisa, chocando con una encimera y con un cajón que no cierra, y acabamos despacio.

Aquella tarde empezamos despacio y no aceleró en ningún momento.

Hubo un rato largo. Muy largo. No pasó nada más que su cara contra mi cuello y mi mano abierta en su espalda. La luz de la calle entrando entera por la ventana. La gente pasando por la acera de abajo.

Yo he tenido las manos tontas toda mi vida.

Es una cosa que se me nota en las fotos, en los actos, en las salas de espera y en los funerales.

Nunca sé dónde ponerlas. Cuando estoy incómodo se me van solas a los bolsillos o a la nuca.

Hay un vídeo de 2018 en el que se me ve buscar sitio para las manos durante cuarenta segundos delante de un micrófono. Me lo han mandado veinte veces.

Aquella tarde no me pasó eso ni una sola vez.

A mitad, ella dijo:

—Espera.

Y esperé.

No fueron cinco segundos.

Fue casi un minuto, con ella con la frente apoyada en mi hombro y sin decir nada, respirando de una manera que no era la de antes ni la de después.

Y yo no pregunté qué pasaba.

No dije «no pasa nada». No dije «tranquila». No le aparté el pelo de la cara. No le besé la sien. No le puse la mano en la nuca. No hice ninguna de las cosas que se hacen para que un silencio se acabe antes de tiempo.

Un minuto es muchísimo.

Después levantó la cabeza y siguió ella.

Y ya no paramos.

De lo que vino después no voy a contar casi nada, porque hay una diferencia entre lo que se cuenta y lo que se enseña, y me ha costado un verano entero aprenderla y me la han enseñado a base de bien.

La primera es que en algún momento le dije que la quería.

Con la voz normal. Sin que fuera una llave inglesa. Ni una declaración. Ni una manera de arreglar nada. Ni el final de una discusión a la una menos veinte de la mañana con un folio entre los dos.

Ella dijo «ya lo sé».

Y luego, un rato después, con la persiana todavía subida y la luz de la calle ya cambiada, lo dijo también.

Y la segunda es que a las nueve de la noche estábamos los dos tumbados con las luces de la calle encendidas y ninguna de dentro, y ella dijo:

—Hay una cosa que existe.

Me quedé quieto.

—Vale.

—No es de trabajo. Es de 2015.

—Vale.

—Y no te la voy a contar hoy.

—Vale.

—¿Ya está?

—Ya está.

Se giró un poco hacia mí.

—Es rarísimo —dijo.

—Ya.

—Funciona, pero es rarísimo.

Y no dijo nada más, y yo tampoco, y no encendimos ninguna luz de las de dentro durante bastante rato.