EPÍLOGO — UN AÑO DESPUÉS
El Atlético Bahía acabó la temporada pasada duodécimo, con cuarenta y siete puntos. A nueve del descenso y a veintiséis de Europa.
Es exactamente el sitio en el que uno quiere estar cuando ha estado donde estuvimos.
Ganamos catorce, empatamos cinco y perdimos diecinueve.
El día que nos salvamos matemáticamente, contra el Elche en casa, un señor de Preferencia Alta se puso a llorar en la fila de delante de mi madre. Ella le dio un pañuelo de papel y le dijo que no fuera exagerado.
Northbridge gana dinero.
Cobra lo suyo cada trimestre, revisado al IPC. Se lleva su porcentaje del crecimiento. Y explota las giras, los patrocinios de fuera de España y el contenido en inglés y en español de América.
Quedan seis años.
En julio hicimos la primera gira bajo su gestión.
Diez días, tres partidos, Ciudad de México y Guadalajara.
Todo salió bien, todo salió puntual y todo salió mejor organizado que cualquier gira que haya hecho este club en trece años.
Los hoteles eran mejores. Los horarios se cumplieron. Había un fisioterapeuta más.
Y en el vídeo oficial de la gira, que dura cuatro minutos y que está bien hecho, no aparece el nombre de nadie de esta casa.
Lo hizo una productora de Londres que nunca ha estado aquí y que hizo un trabajo correcto.
El estudio propio de contenidos sigue previsto para 2033.
La cooperativa Duna, que son siete personas de aquí y que sigue existiendo, sigue sin ese contrato. En marzo hicieron un documental de cincuenta minutos sobre el ascenso del 98 que se estrenó en la sala del ayuntamiento con doscientas personas y que no cobró nadie.
Santi fue. Yo también.
En febrero, la dirección comercial propuso cambiar los colores de la segunda equipación.
Verde en vez de azul marino. Una línea internacional que se llamaba «Bahía Away». Traía una presentación de treinta y una diapositivas y un estudio de mercado de cuarenta páginas hecho en Londres.
Es una tontería. Es una camiseta que se pone quince veces al año y que la mitad de la gente ni compra.
Bahía de Todos convocó referéndum el veintiuno de febrero.
Estuvo abierto cuatro días. Se podía votar por internet, en el bar de mi madre y en catorce locales de peña con una urna de cartón y dos personas de mesa.
Votaron catorce mil ochocientas doce personas de cuarenta y cuatro mil, que es un treinta y tres por ciento y que pasa el quince de quórum con margen.
Ganó el no con un setenta y uno.
La asociación votó en contra en la junta de marzo y la propuesta no salió. Para cambiar los colores hace falta el setenta y cinco por ciento del capital. Ellos tienen el veintiséis.
Y ya está. Duró once minutos.
El punto se leyó, Candela dijo que votaban en contra por mandato de un referéndum, el notario lo apuntó y se pasó al punto siguiente.
Northbridge protestó por escrito, con tres folios. Y las razones eran buenas: que la segunda equipación no forma parte de la identidad histórica del club y que en 1981 fue amarilla.
Y es verdad que en 1981 fue amarilla. Lo comprobó Emilio, que se ofendió mucho y que se pasó una semana enseñando fotos.
Irene Ward me mandó un mensaje aquella tarde que decía: «Enhorabuena por su camiseta. Nos cuesta cuatrocientos mil euros al año».
Y luego, veinte minutos después, otro que decía: «Sigo prefiriendo esto a lo otro».
No le he contestado a ninguno de los dos y ella no ha vuelto a escribir, y creo que las dos cosas están bien así.
Mauro Ferrés va a todos los consejos como observador.
Hace una pregunta por cada punto del orden del día, ni una más ni una menos, y las lleva escritas en una libreta pequeña de tapas negras.
En marzo consiguió que se auditara un contrato de mantenimiento del césped de ciento diez mil euros anuales que llevaba nueve años renovándose solo.
No encontró nada. El contrato estaba bien y la empresa hace bien su trabajo.
Lo audita otra vez este año y ya pidió los papeles en junio. Alguien del consejo le preguntó por qué lo auditaba otra vez si el año pasado estaba bien. Contestó que precisamente por eso.
Nico Rey renovó hasta 2029.
Jugó treinta y cuatro partidos, marcó nueve y dio seis asistencias. En enero le salió una oferta de un equipo italiano de mitad de tabla que rechazó él solo, sin consultarme, sin decírmelo antes y sin pedirme opinión.
Me enteré por la prensa, como todo el mundo, que es exactamente como tiene que ser.
Se lo dije en el vestuario al día siguiente y me contestó «ya» y siguió atándose las botas.
En el vestuario le llaman «el renovado» desde septiembre. En marzo, cuando llevaba seis goles, empezaron a llamarle también «el que no se fue a Italia», y eso le gusta más.
Su madre viene al campo desde noviembre. Se sienta en la fila once de Preferencia, con dos amigas, y ha dejado de subir fotos.
Aitana dirige desde enero la unidad de gobernanza participativa de Arista.
Cinco personas, tres mandatos abiertos.
Uno es una cooperativa agroalimentaria de Huesca con cuatrocientos socios. Llevaba dos años en pérdidas. En junio aprobó un plan con el ochenta y ocho por ciento de los votos, después de once reuniones en cuatro pueblos.
Otro es una fábrica de León con doscientos noventa empleados. El comité no quería sentarse con ella al principio. En abril pidió por escrito que fuera ella y no otro.
El tercero no me lo puede contar y no se lo pregunto.
En mayo la llamaron de una escuela de negocios para dar una clase de tres horas sobre el caso del Bahía. Dijo que sí, la dio, y volvió a casa diciendo que la mitad de los alumnos habían preguntado por el fútbol y que solo dos habían preguntado por los estatutos.
Los dos eran mujeres de más de cuarenta años y una de ellas trabaja en una cooperativa de Navarra.
No es socia.
La convocatoria es en 2029. No hemos vuelto a hablar de eso desde octubre, y no porque sea un tema prohibido. Es que no hay nada que decir hasta 2029.
Yo he anunciado que esta es mi última temporada.
Lo dije en julio, en tres líneas. Sin vídeo, sin rueda de prensa y sin frase de despedida. El club sacó una nota que decía lo mismo con dos adjetivos más.
Hubo tres días de reacciones y al cuarto empezó la pretemporada.
No tengo marca de ropa.
Altura sacó en septiembre la campaña con el chaval del Betis y este año la ha renovado por dos temporadas más. No me han llamado, no van a llamarme y Bernardo tenía razón en todo, incluso en el tono con el que me lo dijo.
Juego con unas botas que compro yo, que es una cosa que no hacía desde los diecisiete años y que al principio me pareció rarísima y ahora no.
Trabajo dos días al mes con la asociación de futbolistas. Ahora tiene un nombre largo que no se me queda, doscientos y pico socios, una abogada a media jornada y una oficina prestada en Madrid.
Me ocupo de la parte de imagen y de privacidad, porque es de lo único que sé algo, y lo sé por el peor motivo posible.
En junio atendimos el primer caso de verdad: un chaval de veinte años de Segunda cuyo representante le había hecho firmar una cesión de derechos de imagen por diez años.
Diez.
Le sacamos de ahí en cuatro meses y le costó dinero.
El sábado ganamos uno a cero en casa la primera jornada, con gol de Nico en el sesenta y tres, de cabeza, en un córner.
Yo jugué setenta y dos minutos y toqué cuarenta balones.
Y después fuimos al bar de mi madre, como el año pasado y como todos los años.
Mi madre cierra al público a las nueve los días de partido en casa desde que yo tengo memoria. El día que deje de hacerlo será que se ha muerto.
Había cincuenta y tantas personas.
Estaban Candela, que llegó la última porque venía de una asamblea.
Emilio, con la carpeta, porque Emilio siempre viene con la carpeta.
Media peña del Minuto 93. Dos chavales del filial que no sabían muy bien qué hacían allí.
Nico con sus padres. Rita, que se jubila en enero.
La señora de Valdesalas, que se llama Puri, que tiene setenta y nueve años y que viene desde el año pasado en el autobús de la peña.
Y Santi, que ya no trabaja en el club desde febrero y que ahora lleva la comunicación de una empresa de logística. Viene igual. Se pasa media noche mirando el móvil por costumbre y la otra media disculpándose por mirarlo.
La cesta estaba en la mesa alta de la entrada.
Es la misma cesta.
Ahora tiene dos asas. En junio se le rompió una y mi madre, en vez de comprar otra cesta, le puso el asa de otra que tenía en el trastero desde hace veinte años.
Quedó con dos asas distintas. Una más clara que la otra y un poco más corta.
Candela la lleva desde marzo.
Fue una decisión de mi madre, no la consultó con nadie, no la ha explicado nunca y nadie se ha atrevido a preguntarle por qué.
—Teléfono.
—Candela, que soy yo.
—Teléfono.
—Que soy yo, que juego aquí.
—Teléfono.
Lo dejé.
Aitana llegó a las diez menos veinte, del tren de las ocho y media. Con el traje del trabajo y una bolsa de fin de semana.
Lo primero que hizo, antes de saludar a nadie y antes de soltar la bolsa, fue dejar el móvil en la cesta.
Candela lo apuntó en una libreta, porque Candela apunta.
—¿Para qué lo apuntas? —le preguntó Puri.
—Para saber cuántos hay.
—¿Y para qué quieres saber cuántos hay?
—Para que al final estén todos.
Comimos tortilla y croquetas. Las croquetas las hace mi madre, le salen mal desde hace cuarenta años y se las come todo el mundo igual.
Y unas gambas que trajo Emilio y de las que dijo tres veces que las había traído él. La tercera, dirigiéndose a una mesa entera.
A las once alguien puso música desde un altavoz pequeño que se quedó sin batería a las doce y que hubo que enchufar.
Hubo gente bailando encima de unas baldosas que se han quedado pegajosas de cuarenta años de bares y que mi madre friega todas las noches sabiendo que no se van a despegar.
A las doce menos cuarto le pregunté.
—¿Te puedo hacer una foto?
—Sí.
Se la hice.
Sale ella. Sale Puri con la boca abierta diciendo algo. Sale media peña. Sale Emilio de espaldas señalando el techo. Sale una parte de la barra con dos vasos. Y en la esquina de la derecha sale el brazo de mi madre con el trapo.
Se la enseñé.
—¿La puedo publicar?
—No.
—Vale.
Y ya está.
No hubo nada más. No puso cara, no me explicó por qué, no me dijo «ya sabes por qué» y no me pidió que lo entendiera. Y yo no le pregunté, porque la respuesta la sé desde hace un año y porque «no» es una respuesta entera.
Volvimos a lo que estábamos haciendo, que era nada.
La imprimimos el lunes en la papelería de la esquina, en papel normal, tamaño diez por quince, y costó ochenta céntimos.
Mi madre la pegó con celo detrás de la barra. Entre una entrada del play-off de 2011 y una factura de un proveedor de 2019 que no quiere archivar porque dice que ese hombre le debe una explicación.
La semana pasada, un señor que estaba en la barra preguntó quién era la de la foto.
Mi madre le dijo que una amiga.
Aitana baila mal.
Baila mal de una manera muy concreta: va medio tiempo por detrás, lo sabe, y le da exactamente igual. Y cuando se da cuenta de que va por detrás no corrige. Sigue.
Puri le enseñó tres pasos a la una menos veinte y ella los aprendió mal y los repitió mal seis veces y se rieron las dos.
Yo estuve mirándola un rato desde la barra con un trapo en el hombro.
No me acerqué a enseñarle nada. No hay nada que enseñar, a mí tampoco me enseñó nunca nadie y desde la barra se ve mejor.
A la una menos cuarto, mi madre me llamó desde la cocina para que la ayudara con la plancha. Me echó a los diez segundos porque lo estaba haciendo mal.
Salí, cogí el trapo otra vez y me quedé detrás de la barra, que es donde llevo estando desde los once años.
Emilio pidió una caña.
Se la puse.