28. Antes de responder
Mediados de octubre
Seis semanas y tres días.
Los cuento porque los conté, no porque llevara una cuenta atrás. Son cosas distintas y en aquellas seis semanas aprendí la diferencia con bastante detalle.
Lo que hice fue lo siguiente.
Jugué siete partidos y marqué dos goles, los dos de cabeza, los dos en jugadas que empezaron por la izquierda.
El equipo estaba undécimo a mediados de octubre, con once puntos.
El míster seguía poniéndome veinte metros más atrás de donde me pusieron toda la vida.
Yo ya no lo discutía. Ni en el vestuario ni en prensa.
Los cuatro fichajes debutaron el trece de septiembre, los cuatro el mismo día, y el central rumano jugó ochenta minutos y sacó dos balones bajo palos.
Nico marcó tres en cinco partidos. En el vestuario le empezaron a llamar «el renovado», que es la clase de mote que se le pone a alguien cuando se le tiene aprecio.
Él y yo hablamos de fútbol todos los días y de lo otro ninguno.
En septiembre me preguntaron cuatro veces por lo de agosto en rueda de prensa.
Las cuatro contesté lo mismo: que era una cuestión personal y que no iba a hablar de ella.
La cuarta vez el periodista insistió dos veces más.
Le dije que no iba a hablar de ella ni ese día ni ninguno. No me lo han vuelto a preguntar.
El nueve de septiembre fui a Madrid a una reunión con once futbolistas y dos abogados.
La montó un central del Rayo que tiene treinta y cuatro años y que en junio se quedó sin equipo, sin marca y sin saber qué era. Lo dijo así en la primera media hora: «sin saber qué soy».
Hablamos cuatro horas de tres cosas.
Qué firmas cuando firmas un contrato de imagen y qué te puede pedir una marca dos años después amparándose en una cláusula que leíste una vez en un despacho a los veintitrés años.
Qué pasa con tus mensajes, con tus fotos y con tu vida el día que el que los tiene deja de trabajar para ti.
Y qué haces el día que dejas de existir a los treinta y cinco.
No me hicieron presidente de nada, entre otras cosas porque yo no quería y porque lo dije en el primer minuto.
Me tocó ir a por sillas, porque en la sala había nueve y éramos trece.
Volvimos a vernos el veintiocho de septiembre y el once de octubre. En la tercera reunión éramos veintiséis y hubo que cambiar de sala.
Uno de los veintiséis era un portero de treinta y siete años que llevaba dos años sin equipo. Preguntó en el turno de palabra si aquello iba a servir para algo. O si era «una asociación de las de hacerse una foto».
Le contesté que todavía no lo sabíamos.
Se quedó. Y en la cuarta reunión trajo a otro.
El veintitrés de septiembre me llamaron de un programa de las noches para ofrecerme una entrevista larga. Cincuenta minutos, en plató, sin límite de temas, con la promesa de que la preguntas las veríamos antes.
Contar mi versión de agosto entero.
Dije que no y colgué en dos minutos. No lo supo nadie. No había nadie delante y no se lo conté ni a Bernardo.
El seis de octubre pasé en coche por la marquesina de la avenida de la Estación. La campaña de otoño de Altura, con la cara de un chaval del Betis que tiene veintiuno.
Está bien la campaña. Es mejor que las que hacía yo. El chaval es mejor que yo delante de una cámara. Y se le nota que le hace ilusión, que es lo que se ve y lo que se paga.
Paré en un semáforo y la estuve mirando los cuarenta segundos que dura un semáforo.
Y no le escribí ni una sola vez.
Lo intenté catorce veces. Catorce exactas: las guardé todas en la carpeta de borradores y una noche de finales de septiembre las conté antes de borrarlas.
Había de todo.
Había una que decía «¿estás bien?», que es la peor de todas porque no es una pregunta, es una llamada a la puerta.
Había una de cuatro párrafos explicando lo del directo. Con la cronología, las horas y hasta el nombre del programa. El mismo error otra vez, con otro formato.
Había una que decía «vi el partido, jugaste bien», que ni siquiera tiene sentido porque ella no juega y porque estaba escrita a las tres de la mañana.
Había dos que eran una sola palabra.
Y había una en la que le contaba lo de Altura. La escribí a las tres de la mañana del catorce de septiembre. Estuve nueve minutos con el dedo encima de enviar.
Esa fue la que más me costó, y esa es la que estuve más cerca de mandar.
No la mandé por lo mismo que le dije a Bernardo el veinte de agosto y que no he tenido que repetirme desde entonces.
Subió un miércoles a las seis y media de la tarde.
Llamó al portero automático y dijo su nombre completo. Los dos apellidos. Eso solo lo hace la gente que no sabe si la van a reconocer.
Le abrí. Subió los dos pisos andando. Abrí la puerta antes de que llamara porque la oí en el rellano.
—Hola.
—Hola.
Llevaba la ropa del trabajo, el pelo recogido y no traía nada en las manos.
Ni bolso, ni carpeta, ni ordenador, ni el móvil a la vista. Es la primera vez en toda mi vida que la vi sin nada en las manos, y me di cuenta antes de decir hola.
—¿Puedo pasar?
—Claro.
Pasó tres pasos y se quedó en el pasillo. A metro y medio de la puerta y sin llegar al salón. Exactamente donde me quedé yo el diecinueve de agosto en su casa.
No sé si lo hizo a propósito y nunca se lo he preguntado.
—No he venido a arreglar nada —dijo—. He venido a hablar y no sé cuánto rato.
—Vale.
—¿Te viene mal?
—No.
—¿Tienes algo?
—Tengo que cenar en algún momento.
—Vale.
Nos sentamos en la cocina, que es donde acaba sentándose la gente en mi casa porque el sofá es incómodo desde 2018 y porque nunca lo he cambiado.
Le puse un vaso de agua que no tocó en dos horas.
Empezó ella y empezó por donde no me lo esperaba.
—Sé lo de Altura desde el veintiuno de agosto a las once y veinte de la mañana. Me lo contó Candela en un pasillo, con fastidio, porque estaba en un expediente que iban a leer nueve personas y no quería que me enterara en una mesa con Irene Ward delante.
—Ya.
—No he venido por eso.
Puso las dos manos en la mesa, abiertas.
—Si hubiera venido por eso, habría venido el veintidós.
—Vale.
—Es importante que lo entiendas, Álex, porque tú y yo tenemos una manera muy fea de hacer las cosas y consiste en pagarnos.
—Ya lo sé.
—Tú no me debes cuatro millones. Yo no te debo dos años. —Los dedos quietos encima de la mesa—. Esto no funciona así, y si funciona así, yo me bajo hoy y no pasa nada y seguimos viéndonos en reuniones dos veces al año.
Me quedé mirando la mesa un rato.
—Entonces, ¿a qué has venido?
—A decirte tres cosas y a preguntarte una.
Se apartó el pelo de la cara, que es lo que hace cuando va a decir algo que ha ordenado antes.
—La primera. Yo tuve la estructura desde el tres de agosto y me la callé diecisiete días. Eso lo dije el veintiuno delante de nueve personas, y dije que el motivo era mío y que no rebajaba nada, y lo sigo pensando.
—Aitana, no hace falta.
—Sí hace falta. —No levantó la voz—. Lo dije delante de nueve personas y a ti no te lo he dicho nunca. Y a ti te lo debo, porque tú eras el único de esa sala que sabía por qué lo hice y el único que no podía preguntármelo.
Se quedó un segundo callada.
—El tres de agosto por la mañana me quitaron dos años de carrera por haber hecho las cosas bien. A las once y cuarenta. Y el tres de agosto a las trece cuarenta y siete, dos horas y siete minutos después, tuve delante una idea a medio hacer que valía veinte millones de euros.
—Y no la enseñaste.
—Y no la enseñé.
Movió el vaso dos centímetros y no bebió.
—Y no fue un cálculo. Yo creí que era un cálculo. Llevo dos meses convencida de que fue un cálculo, porque el argumento era bueno y porque cualquier profesional de mi oficio lo habría firmado sin pestañear.
—¿Y qué era?
—El cinco de agosto, a las doce y cuatro de la noche, cerré un correo que llevaba escrito desde el lunes por la noche.
Levantó la vista.
—Escrito, Álex. Cuatro párrafos, con el destinatario puesto y el asunto puesto. Lo único que faltaba era darle a un botón, y estuve cuarenta segundos mirándolo.
—Ya.
—Eso no es un cálculo. Un cálculo se hace en una hoja.
Eso es miedo. Y me costó dos años de crecimiento comercial de un club que no es mío, ocho días de plazo a trescientas veinte personas, dos giras y una cooperativa audiovisual de siete personas que se ha quedado sin un contrato de enero que les habían prometido en junio.
—Vale.
—Ya está. Esa es la primera.
Movió el vaso otra vez.
—La segunda es que no te he perdonado.
Levanté la cabeza.
—Estoy aquí y no te he perdonado, y las dos cosas son verdad al mismo tiempo, y no sé cómo se llevan juntas porque no lo he hecho nunca y porque nadie me ha explicado nunca cómo se hace.
—Vale.
—Lo del dieciocho no se me ha quitado. Sigo mirando dos veces antes de decir mi nombre por teléfono cuando llamo a un sitio nuevo. En una gestoría, la semana pasada, di el apellido de mi madre.
—Joder.
—En septiembre me escribió una periodista de Barcelona para hacerme un perfil. Uno bueno, de los que se hacen bien, con tiempo y con dos meses de trabajo. Y tardé cuatro días en contestar que no, y todavía no sé si acerté, y eso también me lo has hecho tú.
—Ya.
—No te lo digo para hacerte daño. Te lo digo porque si te digo que sí y me hago la fuerte, dentro de tres meses te lo tiro a la cara en una discusión sobre otra cosa. Sobre una tontería. Sobre la cena o sobre unas llaves.
—Es mejor así.
—¿Sí?
—Sí. —Me pasé la mano por la nuca—. Yo tampoco me lo he quitado.
Y ahí me tocaba a mí.
—Yo tenía dos horas —dije—. Eso ya lo hemos hablado y no lo voy a repetir, porque cada vez que lo repito suena un poco más a excusa. Lo que no he dicho nunca en voz alta es la otra parte.
—¿Qué otra parte?
—Que funcionó.
Me miró.
—El directo funcionó, Aitana. A las nueve y media de la noche, la mitad de España pensaba que aquel programa era una vergüenza y que tú eras la persona más decente de aquel club. Al día siguiente tuvieron que sacar un comunicado y a la semana el presentador estaba en otro programa explicándose.
—Lo sé.
—Y eso lo hice yo. Y lo hice bien, y lo hice deprisa, y con dos horas.
—Ya lo sé.