27. De promesa a dinero #3
—Y después ha conseguido que una cuarta parte de ese capital sea de cuarenta y cuatro mil personas de esta ciudad que no pueden vender sus acciones ni aunque quieran, ni aunque se arruinen, ni aunque se lo pida un fondo con un cheque encima de la mesa.
Cerré el bolso.
—Eso es todo lo que ha hecho. Por eso el escudo va a seguir ahí dentro de veinte años, cuando ninguno de nosotros esté en este club.
Uno de ellos empezó a preguntar algo.
—Y por eso hoy no hay ningún final feliz para nadie —dije—.
Hay un club que existe, siete años de crecimiento comercial vendidos, cuatrocientos mil euros gastados en pedir tiempo y una cooperativa de siete personas de esta ciudad que se ha quedado sin un contrato. Escriba eso también, si tiene sitio.
Y me fui a la grada.
El partido lo vi desde la tribuna, en la fila catorce, entre Santi y una señora con una radio pegada a la oreja que iba comentando en voz alta lo que decían por la radio, que era distinto de lo que estaba pasando.
Los cuatro fichajes estaban otra vez arriba, en la lateral, con el polo del club.
Tenían la inscripción aprobada en condición y no tenían ficha, porque la ficha se registra el lunes y porque LaLiga no habilita márgenes un sábado por la tarde.
Jornada tres. Cero a cero durante ochenta y ocho minutos de un partido de finales de agosto entre dos equipos cansados, con treinta y un grados a las siete y media y con el césped duro.
Nosotros tuvimos dos. Ellos, tres.
En el sesenta y siete, Bartra sacó una con el pie que la señora de la radio celebró como un gol y que hizo levantarse a media tribuna.
Y en el ochenta y cuatro, el míster quitó a un centrocampista y metió a otro delantero, que es lo que se hace cuando ya no se sabe qué hacer.
El gol fue así.
Un balón que sale por la derecha, cruzado, un poco largo, de esos que uno mira y da por perdido antes de que llegue.
Álex arranca desde el centro hacia el primer palo con dos centrales detrás, corriendo los tres, y levanta el brazo derecho pidiéndola.
Y no la toca.
La deja pasar entre las piernas.
Los dos centrales van con él, porque llevan noventa minutos yendo con él y porque su cuerpo entero les ha dicho durante tres segundos que la va a rematar.
Y detrás, en el segundo palo, entrando solo, sin nadie a cinco metros, con todo el arco vacío, está Nico Rey.
La empujó con la izquierda.
Uno a cero, minuto ochenta y ocho.
La señora de la radio me dio un golpe en el brazo sin darse cuenta y me pidió perdón cuatro veces, dos de ellas mientras el equipo todavía celebraba.
Se levantaron veinticuatro mil personas.
Y algunas de ellas sabían, porque lo había publicado el club a las seis de la tarde en una nota de cuatro líneas que casi nadie leyó, que el hombre que acababa de arrastrar a esos dos centrales había firmado nueve días antes un papel en el que ponía la fecha exacta en que se iba, y que ese papel había caducado hacía dos horas y trece minutos.
Santi, a mi lado, no se levantó.
Se quedó sentado con las manos en las rodillas mirando el campo, y cuando se lo pregunté después me dijo que llevaba desde julio sin ver un partido y que no se había dado cuenta hasta ese momento.
El gol no pagó nada.
No pagó los sesenta y cuatro millones, ni los siete años de Northbridge, ni la cooperativa Duna, ni el estudio de 2033, ni los cuatrocientos mil de la comisión, ni los dos años de Arista.
Lo único que pagó fue lo de Nico, y lo pagó en la única moneda en la que se puede pagar eso.
LaLiga recibió el cierre documental a las diez y cuarenta de la noche, en un envío de ciento ochenta y dos páginas que preparamos entre cuatro personas en la sala pequeña mientras el estadio se vaciaba.
El margen se habilitó a las once y cuatro.
El primer documento que presentó el Atlético Bahía, a las once y seis minutos del sábado veintinueve de agosto, fue la renovación de Nico Rey hasta 2029, con la subida que le habían prometido de palabra en abril, con el míster y el director deportivo delante, y que llevaba cinco meses sin poder registrarse.
Detrás fueron los cuatro fichajes, por orden de llegada al club, y el último se subió a las once y veintiuno.
Yo firmé la certificación a las once y media.
Bajé al aparcamiento a las doce menos veinte.
Estaba vacío salvo dos coches y una furgoneta de la empresa de limpieza.
Me senté al volante, no arranqué, y estuve un rato con las manos en las rodillas, que es una postura que le había visto a Santi hacía cinco horas.
Habíamos salvado el club por cien mil euros y por un millón cien mil que llevaba trece días quieto en una cuenta de la calle Alcalá.
Habíamos vendido siete años.
Y en algún sitio de ese edificio había un hombre que el jueves veinte de agosto, a las ocho de la mañana, había dicho que no a cuatro coma dos millones de euros para no volver a contar mi vida.
Y que a las ocho y cuarto de la tarde de ese mismo día, con doce horas de diferencia, había firmado sin que se lo pidiera nadie la manera exacta en que se iba a ir.
Ninguna de las dos cosas me la había dicho.
Arranqué y me fui a casa.