27. De promesa a dinero #2
En la pantalla había una tabla con cuatro columnas y una cifra grande arriba.
8.620.000 € VERIFICADO Debajo, en la columna de al lado: DEPOSITADO CON CONDICIÓN: 1.080.000 €
Estuvimos diecisiete minutos sin que pasara nada.
Diecisiete minutos son mucho tiempo en una sala de cuatro metros por tres con tres mujeres y un portátil.
Candela se levantó dos veces y fue hasta la ventana las dos. Pilar no se movió y no dijo nada, y a los diez minutos sacó de su bolso un táper con fruta cortada y se lo comió con un tenedor de plástico, y a mí aquello, no sé por qué, me tranquilizó más que cualquier cosa que hubiera podido decirme.
—¿Es normal que tarde? —dijo Candela a los catorce minutos.
—Es normal que tarde entre diez y treinta.
—¿Y si no llega?
—Llega.
—¿Y si no?
—Entonces mañana a las nueve estamos aquí otra vez y ustedes tienen un problema. —Pinchó un trozo de melón—. Pero llega.
A las tres y cuatro minutos entró el primer lote.
Doscientos doce mil euros.
8.832.000 €
Candela no dijo nada. Se puso las gafas.
Segundo lote a las tres y siete. Trescientos cuarenta mil.
9.172.000 €
—¿Por qué van por lotes? —dijo Candela.
—Porque agrupan por entidad ordenante y por tramo de importe —dijo Pilar, sin levantar la vista de la pantalla—. Es un procedimiento antifraude. Tarda unos tres minutos por lote, no se puede acelerar y no se puede saber cuántos lotes quedan.
Tercero a las tres y once. Cuatrocientos ocho mil.
9.580.000 €
Y el cuarto a las tres y catorce minutos, ciento veinte mil euros, y la cifra se paró en
9.700.000 €
y debajo, en la cuarta columna, que llevaba siete semanas en cero desde que Pilar la creó el catorce de julio y que yo había mirado no sé cuántas veces, apareció por primera vez un número.
CAPITAL LIBERADO: 9.700.000 €
Voy a explicar lo que pasó ahí, porque no pasó nada y pasó todo, y porque es lo único de aquel verano que sigo contándome igual.
No entró un solo euro nuevo. Ni uno.
Ese millón cien mil llevaba depositado desde el dieciséis de agosto, trece días, en una cuenta bloqueada de una entidad de pago de la calle Alcalá.
Lo puso gente que dijo, cuando lo puso, que solo lo daba si se cumplía una condición.
La condición se cumplió a las doce y cuarenta de aquella mañana, en una votación, en una sala con moqueta verde y sin aire acondicionado, con noventa y una personas levantando la mano.
Y a las tres y catorce el dinero cambió de columna.
Eso es todo lo que ocurrió.
Cuarenta y cuatro mil personas hicieron una promesa en julio y en agosto, y la promesa se convirtió en capital porque alguien montó una estructura en la que era seguro cumplirla.
Ni una sola de esas cuarenta y cuatro mil personas hizo nada aquel sábado.
No hubo una campaña de última hora, ni un vídeo, ni una llamada, ni un empujón final.
Lo habían hecho todo antes, en asambleas de treinta personas, en bares, en videollamadas a las once de la noche con Ecuador y en una mesa de plástico en la puerta cuatro con treinta y dos grados.
Candela se quitó las gafas y se apretó los ojos con dos dedos durante unos segundos.
—Bueno —dijo.
Y nada más.
Pilar cerró el táper, lo guardó en el bolso y empezó a imprimir la certificación.
Los fondos propios nuevos sumaron veinte millones quinientos mil euros.
Los cuatrocientos mil de la comisión de mantenimiento de oferta del club inglés se pagaron esa misma tarde, por transferencia, a las cuatro y veinte, como coste de transacción.
Veinte coma uno.
El banco pedía veinte.
Elvira Cepeda firmó la refinanciación a las cinco y diez con un bolígrafo que sacó de su propio bolso, y cuando terminó se quedó un momento mirando su propia firma.
—Por cien mil euros.
—Por cien mil euros —dije.
—Doctora, en dieciséis años no he visto nunca a nadie cumplir un covenant por cien mil euros. Y no lo digo como un elogio.
—Ya lo sé.
—Si el jueves hubieran caído dos aportaciones grandes en la depuración, hoy estaríamos hablando de otra cosa.
—Cayeron nueve el viernes por la mañana. De ciento noventa euros de media.
Cepeda me miró.
—No vuelva a hacerlo.
El contrato de transferencia caducó a las cinco y cuarenta y siete, cuando el abogado del club inglés confirmó por escrito, desde Manchester, que la condición suspensiva no se había cumplido y que la operación quedaba sin efecto.
Fueron cuatro líneas y una de ellas decía «good luck with your season».
Faltaban una hora y cuarenta y tres minutos para el partido.
En el pasillo, camino de la salida, había ocho o nueve periodistas esperando a que saliera alguien de la sala.
Uno de ellos, joven, con el móvil en la mano y con una acreditación de una web que yo no conocía, dijo en voz alta, medio en broma, para nadie y para todos:
—Bueno, pues final feliz para la empollona y el crack.
Álex estaba a cuatro metros, con la bolsa al hombro, y lo oí coger aire.
Contesté yo antes.
—Le voy a decir lo que ha hecho la empollona, que llevo siete semanas oyendo esa palabra y hoy me apetece usarla.
Se hizo el silencio de golpe, que es lo que pasa cuando alguien contesta a un chiste en serio.
—La empollona ha escrito unos estatutos que exigen tres cuartas partes del capital de esta sociedad para tocar el nombre, el escudo, los colores, el estadio y la cantera de este club.
Nadie dijo nada.