La empollona y el crack 27. De promesa a dinero
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27. De promesa a dinero

La junta general extraordinaria empezó a las diez y cuarto de la mañana en la sala de socios del estadio.

Noventa y un accionistas presentes o representados sobre trescientos veintiuno.

Un notario. Tres abogados nuestros. Irene Ward con dos.

Candela Sanz en representación de Bahía de Todos, con un poder firmado la tarde anterior a las siete y media, con la tinta prácticamente fresca.

Elvira Cepeda al fondo, sin voz y sin voto, mirando y tomando notas en un cuaderno pequeño.

Y una temperatura interior de veintiséis grados, porque el aire acondicionado del estadio se apaga los días de partido en casa para no resecar el césped, cosa que aprendí aquella mañana a las diez y veinte y que sigue pareciéndome increíble.

El partido era a las siete y media.

El contrato inglés vencía a las 23:59.

Íbamos con dos horas de margen sobre un plazo de ocho días.

Los cinco primeros puntos del orden del día eran trámite y se despacharon en cincuenta minutos, con dos intervenciones.

La primera fue de un accionista de la fila tres que quiso saber si la sociedad se iba a llamar igual después de la ampliación. Se le contestó que sí, tres veces, y a la tercera se dio por satisfecho.

La segunda fue de una señora que preguntó, sin micrófono y desde su asiento, si aquello quería decir que a partir del lunes el club era de un fondo inglés.

Sonia le contestó ella misma.

—No. A partir del lunes este club es de un fondo con el veintinueve por ciento, de cuarenta y cuatro mil personas de esta ciudad con el veintiséis, de mi familia con el treinta y dos y de trescientos veinte accionistas como usted con el trece.

—¿Y quién manda?

—Nadie —dijo Sonia—. Ese es el punto.

Northbridge sacó los derechos de denominación a las once y veinte.

No lo sacó Irene. Lo sacó uno de sus abogados, que era la manera educada de que no lo dijera ella y de que ella pudiera ceder después sin quedar mal con su comité.

—Punto siete del orden del día, materias reservadas. Nuestra posición es que la cesión de derechos de denominación del estadio no debería figurar entre las materias sujetas a mayoría reforzada del setenta y cinco por ciento.

Candela cerró la libreta de golpe.

—Ni de broma.

—Señora Sanz.

—Ni de broma, y se lo digo antes de que siga usted hablando para que no gaste saliva ni tiempo, que hoy no tenemos.

—Es un activo comercial de primer orden que ustedes no están explotando y que en el mercado europeo se mueve entre uno y tres millones anuales para un club de este tamaño.

—Es el nombre de un campo que se llama igual desde 1957 y en el que la mitad de esta sala ha estado por primera vez con su padre. —Se puso las gafas—. Y ahora le voy a dar el argumento que le va a interesar más que el mío, porque el mío ya sé que no le sirve.

—La escucho.

—Un millón cien mil euros de los que hay en esa cuenta están depositados por cuatro mil doscientas personas que pusieron una condición por escrito, marcando una casilla, y la condición dice nombre, escudo, colores, estadio y cantera.

Si el estadio sale de esa lista, el millón cien se devuelve entero el lunes por la mañana.

—Es una condición de una asociación privada, no de esta sociedad.

—Es una condición que está en el documento informativo, en la primera pantalla del formulario y en el acta notarial del martes dieciocho.

—Cerró la libreta otra vez—. Y sin ese millón cien ustedes no tienen un veintiséis por ciento enfrente.

Tienen un veintitrés que no bloquea nada, diecinueve coma cuatro millones de fondos propios y un club en concurso el martes.

El abogado miró a Irene.

Y ahí hablé yo.

—Puedo ofrecerles otra cosa.

Lo tenía preparado desde el miércoles por la noche. Se llama Bahía Global, son seis folios y los había escrito tres veces, la última el jueves a las dos de la mañana.

—Ustedes no quieren el nombre del estadio. Ustedes quieren un activo internacional que puedan explotar y, sobre todo, que puedan enseñarle a su comité en una diapositiva en enero.

—Le escucho —dijo Irene.

—El nombre del estadio, además, es el peor activo internacional que existe. Nadie fuera de esta provincia sabe cómo se llama. Y el día que lo cambien, tendrán ustedes tres años de campaña pagada para que alguien lo llame por el nombre nuevo, que además nunca ocurre del todo.

—Eso es discutible.

—Es discutible y hay siete casos en Europa que dicen lo contrario. Están en el anexo dos, con los años y con las cifras.

Empujé los folios hacia el centro de la mesa.

—Le doy cinco cosas. Agencia exclusiva de patrocinios de empresas con sede fuera de España.

Venta de inventario digital dirigido a retransmisiones internacionales, con el inventario definido pieza por pieza en la página tres.

Un torneo de verano con su marca en el nombre, que además les cuesta a ustedes lo que quieran gastarse y no un euro más.

Producción de contenido oficial en inglés y en español de América.

Y la gestión de las giras internacionales de pretemporada, que ya la tienen.

—Eso ya lo tenemos casi todo.

—Lo tienen desintegrado en cuatro cláusulas de un acuerdo marco de sesenta páginas y con dos remisiones a un anexo que hasta el miércoles no existía.

Puse la mano encima de los folios.

—Se lo estoy dando empaquetado, con nombre propio, con inventario cerrado y con una base de ingresos auditada sobre la que calcular su doce por ciento sin discutir cada trimestre con este club, que es lo que van a estar haciendo si no.

—¿Y la diferencia práctica cuál es?

—Que esto se puede vender a un tercero y aquello no.

Irene levantó una ceja.

—Ustedes son un fondo —seguí—. Dentro de cuatro o cinco años esto se lo van a querer vender a alguien, y el que venga querrá saber exactamente qué compra. Lo que tienen ahora no se puede empaquetar. Lo que le ofrezco, sí, y sale en una línea del contrato de venta.

Irene Ward levantó la mano hacia su abogado antes de que contestara.

—¿Exclusiones?

—Expresas y en el mismo folio, no en un anexo y no en letra pequeña. Nombre del estadio. Escudo. Colores. Patrocinador principal doméstico. Entradas y abonos. Y cantera.

—¿Cantera por qué? La cantera es contenido y es de lo que más funciona fuera.

—Ya lo sé. Es de lo que más funciona.

—¿Entonces?

—Porque si ustedes explotan comercialmente la cantera, dentro de cuatro años esta ciudad tiene una fábrica de jugadores y no tiene un club.

—No aparté la vista—. Y porque en esa sala de ahí fuera hay noventa personas y el noventa por ciento tiene un hijo, un sobrino o un nieto que ha pasado por ahí a los ocho años.

Irene se quedó mirando los seis folios unos veinte segundos.

Después miró a su abogado, que hizo un gesto muy pequeño con la boca.

—Lo firmo.

Las materias protegidas se aprobaron a las doce y cuarenta.

Noventa y uno por ciento del capital presente a favor, dos abstenciones y ningún voto en contra.

Nombre, escudo, colores, estadio, denominación del campo, cantera y el color de la segunda equipación, que sigue en la lista, que se aprobó por aclamación en una asamblea de aficionados un martes de agosto y que a mí me parece muy bien que siga.

Setenta y cinco por ciento para tocar cualquiera de esas siete cosas.

Y a partir de esa votación, el veintiséis por ciento es una llave.

Sonia votó a favor de su propia dilución a las doce y treinta y ocho, levantando la mano como todo el mundo, sin decir nada y sin mirar a nadie.

Las cesiones de derechos se formalizaron entre la una y las dos y veinte.

Trescientos veintiún accionistas.

Doscientos noventa y uno habían firmado ya, por correo certificado, ante notario o en persona, durante los ocho días anteriores.

Veintinueve firmaron aquella mañana en una mesa del pasillo, con dos empleadas de la notaría, una impresora que trajo Candela de la asociación y una cola que en un momento dado tuvo once personas.

Uno de los veintinueve era un hombre de unos cincuenta y cinco años que llegó a la una y media con una carpeta de gomas y con las acciones de su padre, que había muerto en abril y cuya herencia no estaba repartida.

Estuvo cuarenta minutos con la notaria y firmó a las dos y diez.

Cuando terminó, se quedó de pie en el pasillo mirando la carpeta vacía.

—¿Está usted bien? —le pregunté.

—Sí. —Cerró las gomas—. Es que mi padre compró esto en el noventa y dos con lo de la paga extra y en casa se rieron de él. Y ahora resulta que valía para algo.

Uno de los trescientos veintiuno no firmó nunca y no contestó a nada. Sus derechos caducaron a las dos y veinte.

El Pacto del 11 cedió sus derechos al precio del informe de equivalencia, que Mauro había leído entero, había anotado en veinte sitios y había discutido dos veces por teléfono el jueves.

Firmó el primero de los catorce, con su propia estilográfica, y después se sentó en una silla del pasillo, enfrente de la mesa, a mirar cómo firmaban los otros trece, uno por uno, sin decir nada y sin levantarse ni una vez.

Cuando firmó el último, se levantó, le dio la mano a la notaria y se fue sin despedirse de nadie más.

Y a las dos y cuarenta, el notario dijo que quedaba aprobado el aumento de capital.

Northbridge, diez coma ocho millones, veintinueve por ciento.

Bahía de Todos, nueve coma siete millones, veintiséis por ciento.

Sonia Vidal y su sociedad familiar, treinta y uno coma noventa y cinco.

Minoritarios históricos, trece coma cero cinco, con el Pacto del 11 dentro, en cuatro coma noventa y cinco.

Pero el dinero de la asociación todavía no estaba.

El agente de escrow es una entidad de pago con licencia y una oficina en la calle Alcalá, y trabaja con un procedimiento que se llama liberación por lotes.

Habíamos remitido la certificación notarial de las materias protegidas a las dos y cuarenta y siete, junto con la autorización previa del Consejo Superior de Deportes de la tarde anterior y con el certificado de cumplimiento de la condición suspensiva firmado por Candela como presidenta.

Yo me quedé en la sala pequeña, la de al lado, con Pilar, con Candela y con el portátil de Pilar abierto encima de la mesa.