26. Siete años #2
—Eso es un matrimonio, un hijo que le hace la transferencia a su madre, una empresa que paga por su dueño y catorce que no sabemos qué son. —Pasó una hoja—. Y hay que llamarlos a todos antes del viernes a las dos.
—¿A los mil cuatrocientos?
—A los mil cuatrocientos veinte.
—¿Y cuántos lleváis?
—Trescientos ochenta.
Miré la sala. Tres portátiles, cuatro personas, once de la noche.
—Yo puedo llamar.
Candela levantó la vista por primera vez y se quedó un segundo mirándome.
—Tú no.
—Candela.
—Tú no, Álex, y no es un castigo. —Volvió a la pantalla—. Si llamas tú, la mitad se pone a llorar y la otra mitad te pide una foto, y estas llamadas duran cuarenta segundos o no terminamos.
—Vale.
—Puedes traer café.
Traje café tres veces. Terminaron a las cinco y diez de la mañana. Les faltaban ciento sesenta llamadas, que hicieron el viernes entre las nueve y las once.
De los mil cuatrocientos veinte, se cayeron nueve.
Aquella semana yo también hice una cosa, y la cuento porque es lo único que hice.
El lunes veinticuatro por la mañana, Santi me llamó y me pidió que publicara.
—Un vídeo. Cuarenta segundos. Tú, en el campo, sin música. «Quedan cinco días, faltan un millón cien.» Nada más.
—No.
—Álex, tenemos ocho millones de personas.
—Tenemos a Candela y treinta y ocho asambleas hechas.
—Es que el millón cien no depende de asambleas, depende de una condición que se cumple en una junta. Tú lo sabes.
—Ya lo sé.
—Entonces no pierdes nada. No estás pidiendo dinero nuevo. Estás explicando una cosa que es verdad y que la gente no entiende.
Y ahí tuve que pararme a pensar cómo se explica esto. Yo tampoco lo tenía claro del todo. Y Santi no es tonto y llevaba razón en las tres cosas.
—Santi, si yo saco un vídeo el lunes pidiendo un millón cien mil euros, ¿qué pasa el martes?
—Que la gente lo comparte.
—Que hay veinte mil personas mandando dinero que no llega a tiempo y que hay que devolver en septiembre, con Candela y cuatro chavales al teléfono.
Que hay cuatrocientos periodistas escribiendo que el capitán ha salvado el club en cuarenta y ocho horas.
Y que una señora en Valdesalas que puso doscientos euros el once de agosto piensa que lo que ella hizo no contaba.
—Eso es mucho suponer.
—Es exactamente lo que pasó el once de julio.
Me quedé callado un segundo.
—Y en julio me pareció bien y lo hice a propósito.
Santi estuvo un rato sin decir nada.
—Vale.
—Vale.
—Álex, para que conste: yo sigo pensando que ese vídeo funcionaría.
—Ya lo sé. Yo también.
Y ese mismo lunes, a las once de la mañana, Altura ejecutó la rescisión.
Bernardo me mandó dos líneas por mensaje. La primera decía que estaba hecho. La segunda decía que me llamaba si quería.
No contesté ninguna de las dos.
La quinta cosa fue el miércoles veintiséis y es la que se cuenta en el vestuario desde entonces.
A las cuatro de la tarde había veintitrés versiones del acuerdo marco circulando por correo entre seis despachos.
Veintitrés.
Los nombres de los archivos, y esto lo tengo porque Santi me mandó la lista para que me riera y me reí, eran: ACUERDO_v9, ACUERDO_v9_REV_MAURO, ACUERDO_v9_REV_MAURO_2, ACUERDO_v9_REV_MAURO_2_bis, ACUERDO_FINAL, ACUERDO_FINAL_REV_NORTHbrIDGE, ACUERDO_FINAL_2, ACUERDO_FINAL_BUENO, ACUERDO_FINAL_BUENO_2, ACUERDO_FINAL_AHORA_SÍ, ACUERDO_FINAL_AHORA_SÍ_2 y así, sin faltar ninguno, hasta ACUERDO_FINAL_AHORA_SÍ_7.
Mauro devolvió el AHORA_SÍ_5 con ciento dieciocho cambios marcados en control de cambios y dieciséis comentarios al margen.
Ciento diecisiete de los cambios eran de fondo y estaban bien.
El ciento dieciocho decía que en la cláusula de gastos de la junta ponía «cafetera» donde debía poner «catering», y llevaba un comentario que decía: «Salvo que la intención sea comprar una cafetera».
A las cinco y media entró Candela en la sala grande. Estábamos cuatro personas mandándonos archivos a dos metros unos de otros. Cogió el portátil de Santi, lo cerró y dijo:
—Se acabó.
—Candela…
—No sale otra versión de este edificio hasta que alguien me demuestre que se ha leído la anterior entera. Y por «demuestre» quiero decir que me la cuente en voz alta.
—Es que Northbridge está esperando el AHORA_SÍ_8.
—Northbridge está esperando en la sala de al lado desde las once de la mañana y ha pedido dos veces un café que no le ha traído nadie, porque estamos todos mandándonos archivos con nombres que dan vergüenza ajena.
Se sentó en la cabecera y puso las manos encima de la mesa.
—Traedle un café. Y luego lo leemos en voz alta, uno por uno, empezando por la cláusula que dice cafetera.
—¿Entero? Son sesenta páginas.
—Entero. Y el que se salte una línea la lee dos veces.
Tardamos cuatro horas y diez minutos.
Encontramos, además de la cafetera, tres cosas. Dos remisiones a un anexo que no existía. Una fecha mal puesta en la cláusula de cierre: ponía veintiocho donde tenía que poner veintinueve. Y un párrafo duplicado que llevaba tres versiones ahí.
Y salió el acuerdo.
Y la sexta fue el viernes veintiocho por la tarde, y no tuvo gracia ninguna.
Llegaron dos cosas con veinte minutos de diferencia.
La primera, del Consejo Superior de Deportes: autorización previa a la asociación para alcanzar hasta el veintiséis por ciento y a Northbridge para el veintinueve.
Condicionadas a la aportación de la escritura, con requerimiento de documentación adicional en quince días. Y con dos párrafos sobre la titularidad real que Candela leyó tres veces y aceptó sin discutir. Venían de las mil cuatrocientas veinte llamadas de la noche anterior.
La segunda, de LaLiga: validación condicionada del plan.
El margen de inscripción se habilita cuando se acredite el cierre documental y la entrada efectiva del capital. Ni un día antes. Ni un minuto antes.
Y después de eso, Irene Ward abrió su carpeta y dijo que quería dejar por escrito, y leído en voz alta, el alcance de los siete años.
Estuvo doce minutos leyendo una lista.
Gestión de las giras internacionales de pretemporada durante siete veranos. Las dos que ya estaban planificadas para 2027 y 2028, Ciudad de México y Buenos Aires, pasaban a ellos con efecto inmediato.
Agencia exclusiva de patrocinios de empresas con sede fuera de España. Siete años, con un mínimo garantizado y un doce por ciento sobre el crecimiento.
Producción y explotación del contenido oficial en inglés y en español de América. Siete años.
Venta de inventario digital dirigido a retransmisiones internacionales. Siete años.
Un millón doscientos mil euros anuales de honorarios de gestión, pagaderos por trimestres vencidos y con revisión al IPC.
Cuando terminó, Santi levantó la mano.
—Una pregunta operativa.
—Dígame.
—Nosotros teníamos previsto montar un estudio propio de contenidos para Latinoamérica en 2031. Cuatro personas, un plató pequeño y dos cámaras. Está en el plan a cinco años y lo aprobó este consejo en febrero por unanimidad.
—Con este contrato, en 2033.
—Vale. —Escribió—. Segunda. Hay una cooperativa audiovisual de aquí, de la ciudad, que se llama Duna. Siete personas, cuatro de ellas menores de treinta. Tenemos firmado un preacuerdo con ellos para los clips internacionales a partir de enero.
—¿Firmado firmado?
—Preacuerdo. Sin penalización para nosotros.
—Eso entra dentro del ámbito exclusivo.
—O sea que no.
—O sea que no. —Irene no lo suavizó y no apartó la vista—. Lo siento, señor Pardo. Es exactamente el tipo de cosa que compramos cuando compramos exclusividad, y si le dijera que sí no le estaría vendiendo nada a mi comité.
—¿Y si se lo pedimos como excepción?
—Entonces mi comité me pregunta qué más he regalado.
Santi asintió, cerró el portátil y no volvió a hablar en toda la reunión.
A las nueve de la noche, cuando bajábamos, lo vi en el pasillo de la planta uno delante de un armario archivador, metiendo una carpeta en un cajón.
—¿Qué haces?
—Guardar la propuesta de Duna.
—¿En qué cajón?
Giró la etiqueta hacia mí. Estaba escrita a rotulador negro, encima de otra etiqueta antigua que se transparentaba y en la que se leía 2019.
2033
—La he escrito yo hace cinco minutos —dijo.
—Santi.
—Ya sé lo que me vas a decir, y sí, seis años pasan volando. —Cerró el cajón—. Pero es que a esta gente le dije en junio que sí. Con un correo. Y en junio me creyeron.
Y luego bajamos los dos a la calle sin decirnos nada más.
Yo, esa semana, tuve dos veces las palabras en la boca y no las dije.
La primera fue el sábado veintidós. Irene puso los siete años encima de la mesa, Candela preguntó si no había margen y ella contestó que el margen se perdió hace tres semanas.
Yo sabía por qué se perdió el margen.
Lo sabía desde el viernes veintiuno a las nueve y veinte de la mañana, porque lo había dicho ella misma en esa misma sala, delante de nueve personas y sin que nadie se lo preguntara.
Y podría haber dicho: dos de estos siete años son porque alguien no mandó un correo el cinco de agosto.
Es verdad. Es exacto. Y son dos años de giras. Dos veranos de archivo. Un estudio que pasa de 2031 a 2033. Y siete personas de una cooperativa de esta ciudad que se quedan sin un contrato que ya les habían prometido en junio.
La segunda vez fue el martes, con Mauro, cuando dijo que la información se la habían negado durante seis semanas.
Ahí también.
No lo dije ninguna de las dos veces, y no fue por generosidad ni fue por amor.
Fue por el martes dieciocho de agosto a las ocho y cincuenta y dos.
Yo tenía dos horas. Una razón que me parecía buenísima. Un programa a punto de emitir una infamia sobre ella. Y quinientas treinta mil personas mirándome.
Y conté una cosa que era verdad y no era mía.
Si el sábado veintidós hubiera levantado la mano en aquella sala para explicar que el retraso era de ella, habría estado haciendo exactamente lo mismo. Con un argumento igual de bueno, delante de menos gente y con mejor letra.
Lo único que he aprendido en tres semanas es que la calidad del motivo no cambia absolutamente nada.