26. Siete años
Ocho días.
Voy a contar seis cosas, porque las otras ciento veinte fueron correos y porque de aquella semana lo único que recuerdo entero son seis escenas y un cajón.
La primera fue el sábado veintidós, en la sala de arriba, cuando Irene Ward dijo que el veintinueve por ciento estaba condicionado.
Habíamos empezado a las diez de la mañana y llevábamos hora y media hablando de calendarios y de plazos administrativos.
—Mi comité suscribe diez coma ocho millones por el veintinueve por ciento —dijo—. Con una condición suspensiva, y quiero que quede escrita hoy y no el jueves: que Bahía de Todos suscriba los nueve coma siete millones íntegros por el veintiséis.
—¿Y si se quedan en ocho coma seis? —dijo Sonia.
—Entonces no entramos.
—¿Así, sin más?
—Sin más. Y volvemos a la oferta de dieciocho y medio por el cincuenta y uno, que sigue viva, que sigue firmada y que ustedes van a aceptar el treinta de agosto por la mañana porque no van a tener otra cosa encima de la mesa.
Nadie dijo nada.
Candela dejó el bolígrafo.
—¿Por qué? —dijo—. Y no me conteste con una frase de comité, que llevo seis semanas oyendo frases de comité.
Irene Ward la miró y tardó un poco en contestar, que en ella es raro.
—Le voy a explicar por qué, para que no parezca crueldad y para que no piensen ustedes que es un capricho de negociación.
—Adelante.
—Si la asociación se queda en el veintitrés por ciento, no bloquea nada.
Y si no bloquea nada, la única persona que le puede garantizar a esta ciudad que el escudo no se toca soy yo.
Con mi firma. Delante de un comité que está en Londres, que tiene siete miembros y que cambia de gente cada tres años.
—¿Y no puede?
—No. —Cerró la carpeta—. Yo no puedo garantizar eso y nadie puede garantizarlo.
Yo estaré aquí cuatro años, cinco con suerte.
El que venga después no habrá estado nunca en este edificio, no habrá visto una asamblea en Valdesalas y verá una línea en una hoja que dice «activo infrautilizado: derechos de denominación».
Se recostó.
—Prefiero que lo garanticen ellos, con un veintiséis por ciento y unos estatutos que no se pueden cambiar sin ellos. Es más barato para mí, es más limpio y es lo único que funciona a diez años.
Sonia llevaba veinte minutos callada.
—Señora Ward.
—Dígame.
—Yo entro en esta operación con el setenta y uno por ciento de una sociedad que compró mi padre en 1979 con el dinero de unas obras. —Tenía las manos juntas encima de la mesa, como siempre—. Y salgo con el treinta y uno coma noventa y cinco.
—Sí.
—Y usted y una asociación de aficionados suman el cincuenta y cinco.
—Sí.
—O sea que el sábado veintinueve de agosto, a las tres de la tarde, esta familia deja de mandar en este club después de cuarenta y ocho años.
Irene Ward no lo suavizó y yo se lo agradecí, aunque no fuera para mí.
—Sí, señora Vidal. Eso es exactamente lo que pasa.
Sonia asintió una vez.
—Muy bien. Solo quería oírlo dicho por alguien que no cobrara de mí.
Cuando salimos al pasillo, Candela dijo, sin dirigirse a nadie en concreto:
—Es la primera vez en siete semanas que alguien de fuera dice algo verdad.
La segunda fue el domingo veintitrés, en Elche, y duró noventa minutos.
Jornada dos, fuera de casa, con dieciséis fichas y cuatro tíos viéndolo por la tele desde su casa, porque los que no tienen ficha ni siquiera viajan.
Perdimos dos a cero.
El primero nos lo hicieron en el veintiséis. Error de un juvenil de dieciocho años. Llevaba tres partidos de lateral derecho porque no había otro y no había jugado de lateral en su vida.
Se lo comió un extremo brasileño de veinticuatro. Dos veces en la misma jugada.
El segundo fue en el ochenta y cuatro. Un córner. Yo estaba en el área pequeña marcando a un central de metro noventa y cuatro, porque no había nadie más alto en el campo.
Salté. No llegué. Le llegué al hombro y el balón entró por el centro de la portería.
En el autobús de vuelta, cuatro horas por la autovía con dos paradas, Nico se sentó tres filas por detrás. Con los auriculares puestos. No se los quitó hasta Albacete.
Nadie habló mucho. El míster no dijo nada en toda la noche, que es lo peor que puede hacer un entrenador después de perder dos a cero.
Y en la segunda parada, en una gasolinera con luz blanca y sin nadie, Toni se sentó a mi lado. En el escalón de la puerta, con un café de máquina.
—Oye.
—Dime.
—El jueves firmaste una cosa.
—Sí.
—¿Lo sabe alguien del vestuario?
—Lo sabéis tú y Bartra.
—Vale. —Bebió y puso una cara—. Pues que lo sepan el treinta y no antes.
—¿Por qué?
—Porque si lo saben el lunes, tenemos veintitrés tíos jugando el sábado para despedirte. —Tiró el vaso a una papelera y falló—. Y eso, Álex, en un uno a cero en el ochenta y ocho, se pierde.
Recogió el vaso del suelo y lo metió en la papelera con la mano.
La tercera fue el martes veinticinco y fue Mauro.
Nueve horas. De diez de la mañana a siete de la tarde, con dos descansos de veinte minutos y un sándwich cada uno de una bandeja que trajo alguien de la oficina.
Yo estaba porque alguien de la plantilla tenía que estar. Y porque me lo pidió Sonia el domingo por la noche, por teléfono, después del partido. Con una voz que no le había oído nunca.
De las nueve horas, seis fueron sobre el informe de valoración.
Y de esas seis, dos fueron sobre una sola cosa que yo no entendí hasta la hora de comer y que después me pareció la más importante de todas.
—El método —dijo Mauro—. Antes de hablar de quién lo hace y de cuándo lo entrega, quiero saber con qué método se va a valorar esta sociedad.
—Eso lo determinará el experto —dijo uno de los abogados de Northbridge.
—No. Eso lo determina quien redacta el encargo, y el encargo lo redactan ustedes.
Aitana intervino.
—¿Qué método prefiere usted, señor Ferrés?
—No prefiero ninguno. Quiero que se usen dos y que se publiquen los dos.
—Explíquese.
—Si valoran ustedes por descuento de flujos, esta sociedad no vale nada, porque no genera caja y porque las proyecciones las hace quien las hace.
—Levantó un dedo—. Y si valoran por múltiplo de ingresos comparables con otros clubes, vale bastante más de lo que le están pagando a mi gente por sus derechos.
—Los dos métodos son legítimos.
—Los dos son legítimos y dan cifras distintas, y la que salga es la que va a cobrar una señora de ochenta años de Alicante. —Se recostó—. Así que se hacen los dos, se publican los dos y en el informe se explica en tres párrafos por qué se elige uno.
Se hizo un silencio.
—¿Y si el que le conviene a usted es el bajo? —dijo Aitana.
—Entonces cobro menos y me callo, y en el acta constará que pedí los dos. —Se ajustó las gafas—. Yo no estoy aquí para ganar, doctora. Estoy aquí para que dentro de dos años nadie pueda decir que a los pequeños se les coló un método.
Aitana escribió durante bastante rato.
—Aceptado —dijo.
Lo que consiguió Mauro, y lo consiguió él solo, contra cinco personas, sin levantar la voz y sin amenazar más de una vez, fue esto:
Los dos métodos de valoración, publicados los dos.
Cinco días de plazo para leer el informe, no cuarenta y ocho horas.
Que el experto independiente lo eligiera él, de una lista de tres firmas que propuso Arista, y que la lista no la pudiera vetar Northbridge.
Un informe de equivalencia de precio que compara, punto por punto, lo que paga Northbridge y lo que paga la asociación, publicado íntegro en la web del club.
Y un observador de los minoritarios en el consejo, con derecho a documentación, sin derecho a voto y con mandato de cuatro años.
A cambio, retiró la impugnación.
Y lo dijo así, exactamente, a las siete menos diez de la tarde, con la chaqueta ya puesta:
—Retiro la impugnación de la exclusión del derecho de preferencia. Que quede en acta con esas palabras y no con otras. No retiro nada más, no me comprometo a nada más y no voy a firmar ningún documento en el que ponga que estoy conforme con el conjunto de la operación, porque no lo estoy.
Sonia dijo:
—¿Con qué parte no está conforme?
—Con que hayamos llegado aquí. —Cogió el maletín—. Si en marzo esta señora vuelve a hacer lo que hizo el año pasado con los avales, yo estoy en el consejo mirando y con acceso a los papeles.
—Cuento con ello.
Y a las siete de la tarde, cuando ya se iba, Mauro se paró en la puerta y dijo una cosa que a mí me duró toda la semana y que me sigue durando.
—Que conste que yo no vendo mis derechos porque me hayan convencido ustedes, ni porque me caiga bien nadie de esta sala.
—Entendido —dijo Sonia.
—Los vendo porque a un precio justo, con dos valoraciones publicadas y con cinco días para leerlas, es lo que le conviene a la gente que me ha dado su representación. Catorce personas.
Abrió la puerta.
—Dos de ellas tienen ochenta años. Una está en una residencia en Alicante y su hijo no me coge el teléfono desde marzo, y he tenido que ir en coche el jueves pasado, ciento sesenta kilómetros, a que me firmara delante de una notaria que se desplazó a la habitación.
Se ajustó el puño de la camisa.
—Ustedes llevan siete semanas hablando del veintinueve por ciento como si fuera un enemigo. Es la pensión de una señora de Alicante.
La cuarta fue el jueves veintisiete a las once de la noche y no la vi entera.
El Consejo Superior de Deportes había mandado el miércoles un requerimiento de documentación adicional sobre titularidad real de los aportantes.
Yo no sabía lo que era eso. Me lo explicó Santi en el pasillo con dos frases. Que detrás de cada euro tiene que haber una persona con nombre. Y que si alguien ha pagado por otro, hay que saber quién es el otro.
En cuarenta y cuatro mil aportantes.
Subí a la sala pequeña a las once de la noche a llevar unas llaves.
Estaban Candela, dos chicos de camiseta amarilla y una mujer de la entidad de pago que había venido desde Madrid en el tren de las siete.
Tenían tres portátiles y una lista.
—Mil cuatrocientos veinte casos —dijo Candela sin levantar la vista—. Gente que ha pagado con una tarjeta que no está a su nombre.
—¿Y eso es malo?