La empollona y el crack 25. Ocho coma seis #2
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25. Ocho coma seis #2

Irene Ward fue la segunda.

—Yo no voy a mover los siete años.

—No se lo he pedido.

—Se lo digo antes de que me lo pida, para que no gastemos veinte minutos. —Cerró la carpeta—. Mi comité repreció el seis de agosto por riesgo de calendario, y el riesgo de calendario, doctora, ha empeorado desde entonces. Hoy tenemos ocho días y una autorización administrativa sin presentar.

—Lo sé.

—Es una decisión de comité, no mía. —Y añadió una cosa que no tenía que añadir—. Y si le sirve de algo, le diré que a mí me habría gustado más la otra. Era mejor operación para todos, incluidos nosotros.

—A mí también.

—Ya lo veo.

Y la tercera fue Candela.

Cerró la libreta de cuadros, se quitó las gafas de la cabeza y las dejó encima de la mesa, que es lo que hace cuando va a decir una cosa que ha pensado.

—Yo llevo desde el cinco de agosto en cuarenta y una asambleas diciéndole a la gente de esta ciudad que ponga dinero en una cosa que no entiende del todo.

—Lo sé.

—Y he podido decírselo, y he podido mirarles a la cara mientras se lo decía, porque yo sí la entendía.

—Lo sé.

—Y les he dicho, con estas palabras, en Valdesalas, en Los Palmeros, en Santa Rita y en un salón parroquial con veintidós sillas: si hay algo que no sé, os lo digo. Lo he dicho cuarenta y una veces.

—Candela.

—Usted lleva diecisiete días sabiendo cómo se salva esto.

—Sí.

—Y me ha dejado ir a treinta asambleas sin saberlo.

—Sí.

—Pues eso es lo que quiero que me diga aquí delante de esta gente. —Se puso las gafas otra vez—. Y no lo del comité de Northbridge, que eso lo arreglan los abogados.

—Tiene razón.

—Ya lo sé que tengo razón. —Abrió la libreta—. Bueno. ¿Por dónde empezamos?

Y ese «bueno, ¿por dónde empezamos?», a las nueve y cuarenta de la mañana de un viernes, es lo más generoso que ha hecho nadie por mí en veinte años de profesión.

Hubo un momento, hacia el minuto cuarenta de aquella reunión, que voy a contar aunque sea el único que no consta en el acta.

Mauro estaba explicando, con toda la razón del mundo, que el consejo de administración de esta sociedad llevaba nueve años tomando decisiones que pagaban otros. Estaba mirando a Sonia mientras lo decía, sin crueldad, y Sonia lo estaba aguantando con las manos juntas encima de la mesa.

Y yo me quedé sin argumentos durante unos segundos, porque no los tenía.

Y busqué los ojos de Álex.

No lo pensé. Levanté la cabeza y lo busqué al fondo de la sala, junto a la puerta, y él ya estaba mirando.

Fueron treinta segundos. Los conté después, y los conté porque en un momento de aquella reunión me di cuenta de que estaba contando.

Él sabía, porque se lo había contado yo en una cama y con la luz encendida, que hay una razón por la que yo no enseño documentos sin terminar. Sabía lo de 2015, lo de las cuatro series, lo del portátil y lo de los once días.

Le habría bastado con levantar la mano y decir cuatro frases.

Que esta mujer perdió una carrera por enseñar un expediente antes de tiempo. Que lo que ustedes están llamando ocultación tiene un nombre distinto. Que no la juzguen sin saber lo que le pasó la última vez.

Habría funcionado. Con Candela habría funcionado seguro. Con Sonia, también.

Y a mí me habría destrozado, porque habría sido otra vez él contando mi vida en una sala para arreglar una cosa.

No levantó la mano.

Me sostuvo la mirada treinta segundos, no hizo nada, y yo volví a mi hoja y le contesté a Mauro lo que había que contestarle, que era que tenía razón.

Salí al pasillo a las once y veinte a por agua.

Candela salió detrás con dos carpetas debajo del brazo y una cara de fastidio que no era conmigo.

—Le tengo que decir una cosa y me da rabia decírsela.

—Dígame.

—Santi ha metido en el paquete de impacto comercial la revisión del contrato de vallas de Altura. Doscientos veinte mil al año, tres vallas y un panel. Y ha metido el motivo de la revisión, porque el motivo es lo que la explica.

—¿Qué motivo?

—Que Altura ha rescindido el contrato personal del chico. —Cambió las carpetas de brazo—. Cuatro coma dos millones, tres temporadas. Cláusula de conducta pública, por el directo y por lo del catedrático.

—Ya.

—Y hay un párrafo debajo, en el mismo folio, que dice que la marca le ofreció retirar la rescisión si daba una entrevista de doce minutos.

Bebí agua del vaso de plástico.

—¿Sobre qué?

—Sobre que usted estaba de acuerdo con la relación y con la cronología. —Candela me miró por encima de las gafas—. Dijo que no el jueves a las ocho de la mañana. Está fechado, porque el abogado lo comunicó por correo con acuse.

—El jueves a las ocho de la mañana.

—Diez horas antes de firmar el papel del traspaso, sí. Yo también he hecho la cuenta.

No dije nada.

—Se lo cuento porque va en un expediente que van a leer nueve personas el lunes y prefiero que no se entere usted en una mesa con Irene Ward delante. —Se dio la vuelta—. Y no me haga preguntas, que yo de esto no sé nada y no quiero saber.

Volví a entrar a las once y veinticinco.

Él seguía de pie junto a la puerta, exactamente en el mismo sitio, con la mochila en el suelo.

Pasé por su lado a metro y medio y no lo miré.

Me senté, abrí la carpeta y dije: «Punto cuarto. Derechos de suscripción preferente y calendario de cesiones».

Porque acababa de confesar a las nueve y veinte delante de nueve personas, y él había dicho que no a cuatro coma dos millones de euros el jueves a las ocho de la mañana, y las dos cosas habían ocurrido con veinticinco horas de diferencia sin que ninguno de los dos supiera nada de la otra.

Y eso es lo único de toda esta historia que no le debo a nadie.